Por Uriel Bederman
Uno de los tantos mitos populares argentinos y acaso globales, indica que todo mal que acontece y persiste en el tiempo, tiene en su trasfondo una planificación y por tanto, un grupo determinado de personas o agrupaciones a las cuales beneficia, aunque las consecuencias del hecho sean catastróficas para muchos.
Los cultores de esta mitología crítica indican que “la ambición no conoce límites”, y que por poder (entiéndase cargos políticos, dinero, petróleo, posicionamientos estratégicos y demás) algunos traicionarían hasta a su propia madre.
Un caso específico supone la hipótesis que los laboratorios farmacológicos retardan la salida de ciertos elíxires, tal como la cura para el HIV, ya que la venta de cócteles representa sumas multimillonarias que por el momento algunos no pretenden resignar. Ejemplos más globales indican que la ola de robos, la pobreza y la falta de educación benefician directamente a estratos de poder, para quienes la desdicha de otros es condición necesaria.
La regla, se sabe, no es excluyente. Muchos podemos, acaso con ingenuidad, creer que algunas panaceas no salen a la luz por su evidente y simple ausencia tras cientos y miles de experimentos que la buscan sin descanso. Esta fe en la raza humana no anula el pensamiento crítico: en los tiempos que corren, ni siquiera el más ingenuo se atrevería a enunciar la ausencia de corrupción en el conjunto de los ámbitos humanos.
Los noticieros cuentan las consecuencias del temporal sobre Capital Federal. En el barrio de Palermo el agua sobrepasó el metro de altura y se informa que cientos de autos fueron tapados por el agua. Retratan la imagen de un hombre que cruza en bote la paqueta avenida Santa Fe. Las regadas entrevistas anuncian lo repetido del asunto, que parece no tener solución. Un porteño advierte ante las cámaras que “por algo nadie quiere solucionar estos asuntos” y se marcha atravesando un caudal correntoso en medio de la urbe.
Pero si acaso esta mitología crítica y escéptica de bondades anida la más pura verdad y todo hecho perjudicial y repetido aloja una calculada intención: ¿a quién beneficia que los arroyos y napas que corren por debajo de la ciudad porteña exploten cada vez que hay una tormenta? La única respuesta plausible que hallo es la que supone que la desmoralización es determinante para la sumisión. Ya lo dijo doña Rosa en el mercado: “ese parece un pollito mojado”.
Otras tardes, cuando se pasa la bronca y me pongo unos pantalones secos y recién planchados, pienso que otro de los males que nos aqueja es la ineptitud para resolver ciertos asuntos. Un triste consuelo para creer que no todo en el mundo es pura corruptela.