Mi insomnio tiene un motivo preciso: no puedo renunciar a pensar ni siquiera estando en la cama. No es que no tenga sueño. Lo tengo, y a veces llega a ser fatal. Pero hay otra fuerza aun más poderosa que él. Yo le llamo “voz interna que me habla sin parar un solo minuto y no me dejar pegar un put.. ojo en toda la noche”. Así se llama.
Esto, obviamente, no implica que lo pensando –aquella voz interior- sea de tinte intelectual, refinado y/o profundo. Al contrario: mayormente se trata de monólogos banales, superfluos, de temas tales como “lo que no le he dicho a ella y en verdad he querido decirle”, el recuerdo de una reacción vergonzante en una reunión hace más de cinco años en la casa de una compañera del colegio, la melena gris de un gato que andaba por Teodoro García a las cinco y cuarto de la tarde, el turno para el dentista dentro de dos semanas y un día.
Pero a veces la voz me habla del amor y de las mujeres. Durante toda la noche debatimos sin
demasiado orden de parlamentos, acerca de las actitudes más convenientes a llevar a cabo. Ambos (la voz y yo) pensamos en ella y nos regodeamos en su imagen que aparece nítida y luego se esfuma del mismo modo que aquella voz que la nombra. Por entre el amor –aquel sentimiento nada vacuo- se filtra la disertación acerca de una milanesa a la maryland y también unas pizcas de la imagen de una señora que se acomodaba los dientes en la fila de la farmacia. Ello le resta cierta elegancia al asunto, lo amito. Pero no demuestra más que la importancia del matiz: el monólogo insomne se alimenta de la variedad.
Se hace muy tarde y casi amanece. Alguna mano perdida parecida a la de mamá, acaricia la cabeza de la vocecita, que lentamente va haciendo silencio y por fin se duerme, abatida. Eso cuando tiene suerte y no se escapa de la cama en la madrugada, se sienta a la computadora y escribe una tonta historia acerca del insomnio.