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Igooh | El mundo
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paulus | 17/02/2007 | 03:44 hs

ALADDIN

Dos días en Fez

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Fotos: Puerta de ingreso  a la medina; patio interior del palacio; Ala y Kate preparando el desayuno; torre de mezquita vista desde la terraza; vista de la terraza. 

 

ALADDIN

Una vez ya dentro del patio, después de haber ingresado por la puerta del muro que lo separaba de la calle, nos encontramos de repente solos y abrazados por un sol de mediodía que no daba clemencia. Hacía más de 40 grados. El patio, ese lugar casi sagrado para las familias marroquíes, ese lugar dónde durante siglos ha transcurrido gran parte de la vida de las mujeres y de los niños, a quienes se impedía cruzar el umbral, mientras los hombres trabajaban o tomaban te y fumaban en algún bar. Mucho calor, el silencio sepulcral de la siesta y un cielo azul como pocas veces se ve. El piso ha sido recientemente arreglado con cerámicos color pastel, con predominio del amarillo y pequeñas incrustaciones en azul, sobre los que se ha dispuesto una mesa de hierro con la parte superior también de cerámicos de idénticos colores y unas sillas, también de hierro con almohadones de finos hilos con dibujos de soles, estrellas y lunas. Con señas y algunas palabras en árabe que nunca comprendimos, la joven mujer nos hizo sentar y desapareció instantáneamente. Nos quedamos esperando, sin saber qué, mirando curiosos a nuestro alrededor. El silencio era sólo interrumpido por nuestra charla en voz baja, mientras nuestras miradas cómplices parecían preguntar adónde nos habíamos metido, aunque ninguno se animó a decirlo. El lugar olía a cemento fresco que provenía de unas bolsas que yacían contra la pared, indicando que algo estaba en construcción. El umbral que nos separaba de la calle ya desde adentro daba otra impresión, estaba recién pintado al igual que la pared externa del edificio que se presentaba esbelto hacia nuestro patio. De repente, desde una ventana ubicada a unos cinco o seis metros de altura sobre la pared del edificio, apareció un hombre, joven, delgado, de pelo oscuro y muy corto y fuertes rasgos marcados sobre un tono de piel mediterráneo. Nos habló en un ingles afectado por un fuerte acento árabe y nos pidió que lo esperáramos, esbozando una amable y amplia sonrisa, como anticipando una cálida bienvenida. Nos quedamos un poco más tranquilos. Minutos más tarde su figura surgió desde el pasillo que a modo de túnel nos separaba del interior del edificio. Se sentó a nuestra mesa, y nos ofreció dos vasos de agua. Se presentó como Alá. Ahí comprendimos que estábamos ante quien estábamos buscando.

Una hora antes habíamos bajado del tren que nos traía desde Rabat. Estábamos finalmente en la ciudad imperial, la ciudad de las mezquitas y sus minaretes rectilíneos y verdes, de su medina única, laberíntica, fascinante, interminable y misteriosa, con sus cientos de palacios y miles de personas que circulan de un lado a otro todo el tiempo, sin descanso, la ciudad de los palacios milenarios, la de las herencias arquitectónicas que dejó la ocupación francesa, la de su universidad que es la más importante del país en la enseñanza del árabe y del Islam. Habíamos llegado al mayor centro cultural y religioso de Marruecos: Fez.

En la estación tomamos un petit taxi, porque los hay también grandes. Fuimos trasladados a toda velocidad, como es habitual en Marruecos, en aquel viejo y desvencijado Fiat, y después de un corto trayecto que no habrá insumido más de 5 minutos, llegamos a una de las 8 puertas de la Medina, siguiendo las indicaciones del francés que habíamos conocido en el hotel de Marrakech, quien había insistido que en Fez no podíamos perdernos la experiencia de alojarnos en el Riad de Alá, como lo llaman sus vecinos, como si fuera un verdadero dios. Y no está lejos de serlo, al menos para sus pobres y necesitados vecinos. Alá se ha convertido en una especie de benefactor del barrio. Llegó desde lejos, tal vez desde muy lejos, porque Alá vino de Noruega, pero también vino de Siria y de Irán y de su Irak natal, desde donde debió huir escapando de la dictadura de Saddan Hussein en los tiempos en que éste paradójicamente era un aliado de los Estados Unidos, porque Alá estaba condenado por opositor al régimen, según nos contaría una noche. Alá escapó en camello y a pie por el desierto y por las montañas, hasta la frontera con Irán, adónde estuvo preso, porque los iraquíes nunca fueron bienvenidos en Irán. Eran los tiempos de la guerra entre ambos regímenes, los tiempos en que el régimen sunita de la Irak de Sadam combatía con los shiitas de la República islámica de Irán. De allíí, una vez dejado en libertad pasó a Siria, no sin antes ser robado, perdiendo casi todos los ahorros que llevaba consigo para el exilio, aunque algo pudo conservar en la suela de sus zapatos, lo que le serviría al menos para continuar su dramático periplo. Finalmente llegó a Noruega, el primer país que lo acogió como refugiado. En Noruega fue “adoptado” por una familia que lo ayudó y así pudo trabajar, estudiar y recibirse de arquitecto. En Noruega conoció a Kate, su bella y agradable esposa. Un día lo dejaron todo y se animaron. Se animaron a abandonar Noruega y la altísima calidad de vida de la que disfrutaban, para realizar un sueño. Se fueron a Marruecos y se instalaron en Fez y lo hicieron del otro lado de la puerta.

La puerta, una verdadera escultura en piedra, enorme grandiosa, nos separaba de un mundo totalmente diferente. Afuera, la “Ville Nouvelle”, como la llamaron los franceses cuando proyectaron y construyeron la nueva ciudad en tiempos de la ocupación. Del otro lado, la Medina, la ciudad antigua, milenaria, imperial, la ciudad cuyas puertas, en otros tiempos, se cerraban de noche para proteger a las familias decentes que allí habitaban, de los ladrones que venían del desierto.

Una vez que atravesamos la gran puerta, intentamos seguir las indicaciones de nuestro amigo francés, pero fue inútil. Al cabo de dos minutos ya estábamos perdidos, perdidos entre callejuelas que se dirigían hacia todas partes, entre una masa de gente que caminaba con apuro hacia uno y otro lado o hacia ninguna parte, perdidos entre pequeños puestos en los que se vende desde especias, hasta tronos nupciales, hermosas piezas de cerámica, artesanías de hierro y cuero estirado, artículos de bazar, dátiles, pastas al peso, dulces, productos farmacéuticos naturales, y todo tipo de cosas, desde las más usuales a las más extravagantes. Estábamos paralizados en una especie de esquina desde la cual partían muchas callejuelas en muchas direcciones, aplastados por ese sol instalado en un cielo que nunca se nubla y empalagados gustosamente por el inolvidable aroma de Fez que huele a especias, especialmente comino y canela, a cuero, a hierro fundido, a cerámica, a cemento fresco, a tierra seca, a burros cargados, a deliciosos couscous, a gente, a muchísima gente.  De pronto alguien se nos acercó, porque en Marruecos siempre se acerca alguien y nos preguntó en un rudimentario inglés, qué buscábamos. Mencionamos el hotel de Alá, sin tener la certeza de que se tratara de un hotel o de que existiera un verdadero Alá, humano, de carne y hueso. Ahí mismo nuestro ocasional guía nos pidió que lo siguiéramos con una seguridad como si le hubiéramos preguntado por la casa de su mamá, aclarando que debíamos guardar cierta distancia, no entendimos por qué. Luego aprenderíamos que en Marruecos muchos se ofrecen de guías, pero pocos son autorizados y si los descubren pueden detenerlos porque es casi un delito fastidiar al turista a quien protegen como si fuera petróleo. Así que seguimos a nuestro guía no autorizado con nuestras mochilas al hombro por el medio de la medina doblando a la izquierda y a la derecha en cada cruce por esas callejuelas atestadas de puestos y vendedores que te abordan a cada instante tratando de venderte lo que sea al precio que sea. Las calles se fueron estrechando y los transeúntes y los vendedores se fueron haciendo más escasos. De pronto nos encontramos transitando un verdadero pasadizo de no más de dos metros de ancho, enmarcado a un lado y al otro por muros ya sin puestos de venta, ni gente, hasta que nos topamos con el final, adónde ya no había salida. En el piso descansaban unos hombres, de aspecto triste y descuidado. Cuando pasamos frente a ellos abandonaron por un instante su letargo para clavarnos su mirada. Nos dio miedo, por qué no decirlo. Nuestro guía nos indicó una puerta sobre el viejo muro desvencijado y descascarado al margen izquierdo del callejón sin salida. Tocamos un timbre. Esperamos con impaciencia que alguien abriera, ante la mirada firme de nuestros observadores. Al cabo de unos interminables minutos la puerta se abrió. La chica árabe que no hablaba inglés ni francés, y que dejaba ver un rostro recién repuesto de una brusca interrupción de la siesta, nos hizo pasar y así fue como al cabo de unos instantes acabamos sentados en el patio.

Minutos después se presentó Aladdin. Conversamos un rato y nos contó que su “hotel” no estaba aun habilitado, que lo estaba terminando. Nos invitó con un vaso de agua fresca y luego nos invitó a pasar. Ante nuestra pregunta, nos dijo que lo más importante era que conociéramos su obra, que ese era su placer y que si nos gustaba y teníamos deseos de quedarnos luego hablaríamos del precio. Nos pareció la típica y vulgar estratagema de los vendedores marroquíes, pero no teníamos nada que perder, así que aceptamos la invitación a recorrer su casa. Luego tendríamos que arrepentirnos de nuestro pensamiento tan miserable, tan occidentalmente miserable. Atravesamos un pasillo y aparecimos en el patio central, dónde nos quedamos inmovilizados ante tanta espectacularidad arquitectónica. Estábamos en el patio central de un verdadero palacio marroquí de mil años de antigüedad. Los pisos, los marcos de las puertas, las ventanas, los zócalos, los techos, los detalles en hierro, en cerámica, en madera, todo era original y estaba impecable, todo era majestuoso. Alá es arquitecto y Kate diseñadora. Juntos, abandonaron su cómoda vida en Oslo, para invertir todo lo que tenían en un viejo palacio en ruinas emplazado en el corazón de la medina de Fez. Hacía unos años venían trabajando duramente para volver a darle la vida y el esplendor que supo tener en otros tiempos. Nuestro nuevo amigo Alá nos contó que su sueño había sido recuperarlo como un aporte arquitectónico y a la vez convertirlo en un Riad, nombre que se da a los hospedajes que funcionan en antiguos palacios o viejas casonas marroquíes. Y estaban cumpliendo su sueño. Tuvimos la suerte de llegar justo unos días antes de que la obra estuviera finalizada.

En el patio central se enfrentaban cuatro grandes puertas de madera de dos alas de unos 7 metros de altura por unos 3 de ancho, todas trabajadas a mano, con dibujos muy cargados y relieves importantes, con predominio del verde y el rojo. El palacio tiene sólo dos altísimos pisos con cuatro habitaciones en la planta baja y otras cuatro en el primer piso. Si el patio es espectacular, las habitaciones no lo son menos. Se trata de  verdaderos salones en los que no falta detalle, desde la cerámica de los pisos, los marcos de madera y las rejas de las ventanas y puertas, lo faroles que las iluminaban o las alfombras que dan calidez a los pisos, todo es tan espectacular que parece irreal, uno tenía la sensación de haberse convertido en un personaje de la vieja y anónima literatura árabe, tal vez en el propio despechado y cruel príncipe a quien Sherezada le pediría cada noche que le concediera un día más de vida para continuar el cuento que finalmente duraría  Mil y Una Noches.

Por interminables y estrechas escaleras se asciende al primer piso y luego a la terraza. La terraza es la única parte de la casa que no ha podido conservar los materiales originales destruidos por la exposición a la intemperie, pero Alá y Kate la han  convertido en un lugar muy especial. Esta terraza es un territorio aparte dentro del palacio, un lugar de contemplación, de meditación, que invita al pensamiento, a la charla distendida, a la introspección. Durante el día el sol y el calor la vuelven inhabitable, pero a la noche cobra vida. Y es justamente en el preciso momento en el que el sol se pone, cuando la terraza invita a disfrutar de la mejor vista que uno pueda imaginar de Fez. Como si el lugar hubiera sido estratégicamente elegido en el centro geográfico de la ciudad, rodeada por los minaretes verdes y ocre de las mezquitas de los que cinco veces al día, el muecín llama a los fieles a viva voz para que ofrezcan sus rezos a Alá, como marca el Corán. Más lejos, las montañas áridas del desierto. Mientras nos iba guiando por los distintos rincones de su palacio, Alá nos contaba que había comprado esa propiedad prácticamente en ruinas y que con su trabajo y el de kate habían conseguido, con mucho esfuerzo, recuperar casi todos los detalles originales. Nos mostró nuestras habitaciones, y como el lugar estaba casi vació nos dio libertad para elegir, ya que no había una igual otra. La elección no fue fácil. Dejamos nuestras cosas y le pedimos a Alá que nos recomendara un lugar para almorzar. Nos acompañó hasta la puerta, con una seña hizo venir a uno de esos señores que aun descansaban sentados en la calle, le dijo algunas palabras en árabe y éste nos hizo indicó que lo acompañáramos, pero guardando distancia. Alá nos despidió con un gesto como queriendo decir que no nos preocupáramos, que estábamos en buenas manos. Nuestro nuevo guía caminaba rápido y a unos cinco metros delante, volteando la cabeza cada tanto para cerciorarse de que lo siguiésemos. Caminamos doblando a la izquierda y a la derecha varias veces en cada cruce hasta que finalmente se detuvo frente a una pequeña puerta instalada en un muro sin ventanas. Era necesario agacharse para pasar por ella. Golpeó, esperamos unos minutos hasta que se presentó alguien que abrió y nos invitó a pasar. Nuestro guía ya había desaparecido. El ingreso era una escalera que descendía unos pocos escalones hacia un gran salón que era una especie de sótano. Las mesas estaban preparadas para recibir a ocasionales comensales, pero todo estaba a oscuras. De pronto se prendieron todas las luces como si se hubiera subido el telón y la función empezó. La música marroquí empezó a sonar, un camarero muy amable se acercó, nos llevó hasta una mesa ubicada en un rincón y nos indicó que nos sentáramos sobre esos almohadones multicolores y llenos de arabescos. En otra mesa había unos señores estirados sobres los almohadones, quienes parecían estar despertando de una siesta, todos vestidos con largas túnicas. De pronto comenzaron a hablar y su tono de voz se fue elevando hasta llegar a un nivel casi insoportable, creímos que la discusión terminaría mal, pero el camarero, sonriente, nos informó que nada más estaban conversando, que así conversan los marroquíes. De pronto en nuestra mesa aparecieron diez platillos de trabajada cerámica marroquí con exquisiteces de todo tipo a base de verduras, pescado, carne de cordero, acompañadas por distintas salsas y condimentado con sabrosas especias. Esto era sólo el comienzo ya que ni siquiera habíamos ordenado los platos principales. Como no podía ser de otra manera inauguramos nuestra estancia en Fez con un buen cous-cous de verduras y pollo y un tajin que ayudamos luego a digerir con el típico te de menta. La cocina marroquí es mundialmente famosa y pudimos comprobarlo. Quienes a nuestro lado discutían , o conversaban -según el camarero- eran los dueños, y unos amigos. Una vez que terminamos nuestro almuerzo, uno de ellos se presentó diciendo que tenía un museo de alfombras a unos pocos pasos del restaurante y que le daría mucho placer que lo conociéramos. Nos negamos varias veces, pero no lo suficiente. Al cabo de unos minutos estábamos sentados en un gran salón, rodeado de alfombras y vendedores que las desplegaban, una sobre otra, preguntándonos cuál nos gustaba. Por supuesto que no había tal museo, sino que habíamos caído en la típica “trampa” y fuimos conducidos a uno de los cientos negocios de venta de alfombras. Las alfombras eran maravillosas, pero la amabilidad de nuestro ocasional anfitrión se terminó cuando advirtió que no teníamos ninguna intención de comprar. Al salir, descubrimos que nuestro guía estaba ahí, esperándonos para conducirnos hasta la “casa” de Alá y Kate, no sin antes ser abordados por decenas de vendedores de todo tipo de artículos, a medida que transitábamos por la medina. Nuestras primeras horas en Fez ya habían sido intensas, porque en Marruecos todo es muy intenso, los colores, los aromas, la música, la comida, la gente, las charlas.

A nuestra vuelta nos esperaba Alá, quien se ofreció a acompañarnos a recorrer la medina. Nos mostró otras viejas propiedades en ruinas que él estaba ayudando a reciclar, transmitiendo todo lo que había aprendido cuando hizo su primera obra. Después nos presentó a unos artesanos que vendían lámparas de hierro y cuero estirado y hermosísimos artículos de la mundialmente famosa cerámica de Fez, indicándonos que si queríamos comprar algo ellos nos harían el mejor precio. Más tarde, ya sin la presencia condicionante de Alá, compramos algunos objetos después de eternos regateos y el reiterado comentario final de cada vendedor, como es habitual en Marruecos, de que con esta venta había perdido plata, pero que sólo lo hacían por el placer de vender, y con nuestra convicción de que algo menos deberíamos haber pagado. El regateo es parte de la aventura.

El sobrenombre de Aladdin, no parece casual. Alá es un personaje inolvidable. No es sólo el dueño de un Ryad. Alá es un ser extraordinario, inteligente, amable, cálido, solidario. La última noche nos invitó a cenar. Encargó un cous-cous a su vecina y Kate preparó la mesa en el patio, en ese patio que nos recibiera a nuestra llegada. Todos los huéspedes estuvimos presentes. Nos sentamos a la mesa, junto con la atractiva chica belga y su novio, el norteamericano de enormes lentes con aspecto de estudiante de antropología, y la misteriosa inglesa sesentona.

Conversamos todos muy relajados a la luz de las velas, saboreando cada exquisito bocado y disfrutando del vino tinto marroquí. Un rato más tarde, mientras compartíamos un melón, Alá nos contó su historia, su vida en Irak, el exilio y su largo periplo hasta Noruega, pasando por Irán y Siria, y finalmente de Noruega a Marruecos. La noche, las gruesas paredes de su palacio y los ocasionales huéspedes, fuimos testigos de su relato, mientras Kate y sus nórdicos ojos nunca cesaron de observarlo.

En la mañana, después de disfrutar del desayuno que Alá y Kate preparan cada mañana en la salita contigua a la terraza, llegó finalmente el momento de despedirse. Fez pasaría a ser un recuerdo, inolvidable. Preguntamos a Alá qué le debíamos por nuestra estancia, porque nunca habíamos hablado de precio. Nos miró fijamente y con la sinceridad con la que siempre se expresaba y con la misma sonrisa con la que nos había recibido el primer día, nos dijo que le resultaba muy incómodo hablar de este tema, ya que ahora éramos sus amigos. Finalmente nos pidió que el valor lo determináramos nosotros, que dejáramos lo que nos pareciera justo, que él lo destinaría para esos chicos del vecindario, de los cuales él y Kate se habían hecho cargo de solventar su educación.

Cargamos nuestras mochilas, cerramos la puerta y deshicimos el camino que habíamos andado el día que llegamos, hasta llegar a la estación, disfrutando de cada imagen, de cada aroma, de cada sensación que ya pasarían a formar parte de nuestros recuerdos.



ALADDIN fue publicada por paulus el 17/02/2007 a las 03.44 en El mundo. Y ha recibido 0 comentarios.

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