Cuando a mediados de marzo el segmento público del mercado de arte local se encontraba listo para iniciar sus operaciones a través de las casas de subastas, el país tenía su atención puesta en los avatares del conflicto que enfrentaba, en inéditos niveles de confrontación, al sector agropecuario con el gobierno nacional. Poco oportuno parecía ser el momento para abrir la temporada, y así lo entendieron no solo los responsables de las empresas especializadas, sino también los propietarios de las obras.
No obstante, las circunstancias de una programación excesivamente sobrecargada, que no deja márgenes temporales para modificar fechas, la necesidad de quienes pueden verse forzados a desprenderse de sus obras y la confianza en el arte como valor refugio en momentos críticos hicieron que los operadores alzaran sus martillos. Por las tarimas porteñas comenzó el lento y efectivo desfile de los lotes a la venta.
Al cierre de esta edición se habían realizado siete subastas exclusivas de arte argentino y dos de contenidos más amplios, aunque en este campo de obras y objetos de arte internacional tampoco se movilizaron piezas de gran convocatoria.
Solo debemos lamentar la suspensión de la tradicional venta de carruajes y elementos rurales que anualmente realiza en abril la casa Saráchaga, en simultáneo con la exposición de caballos que se celebra en el predio ferial de Palermo de la Sociedad Rural Argentina. Resultan obvios los motivos de esta prudente suspensión, que ojalá se convierta en una simple postergación.
A la vista de los registros iniciales podemos afirmar que el mercado del arte, que venía de realizar en 2007 su mejor temporada con ventas por más de 21 millones de dólares, ha sobrellevado airosamente los factores negativos que pudieron haber signado en rojo sus primeros resultados.
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