Tal vez las bocanadas de aire lo cambien todo, de esa manera tan galopante cuya resultante no es otra que la imposibilidad de volver atrás. Ni más ni menos que el ridículo en estado puro como un cuarzo impoluto o dos sobres de torta Exquisita antes de ser hidratados por la leche y los huevos.
Ah, los balances, esa especie literaria tan detestable como los libros de conócete a ti mismo o la forma de reinventarse a pesar de la portación de la propia naturaleza. Esta raya trazada al final – imaginario e hipotético – de las sumas y restas gestadas a lo largo de un largo año plagado de lo que a estas alturas tienen los años: incertidumbres, desasosiegos y extensos circunloquios frente a la pantalla siempre cómplice y chupamedias de la computadora.
Con el tiempo hemos aprendido a ser descarnados con nosotros mismos, pero de una manera que nos parece que nos redime de esa postal tristona e irrecuperable; es así como soportamos haber malgastado los zapatos imaginarios de la conciencia y de la supuesta valentía en senderos que llevan adonde siempre, eso que es lo más parecido a una calle sin salida o a una rotonda que nos coloca en el mismo lugar de donde salimos. Airosos por la aparente esquivada al destino nos ufanamos de haberle hecho zancadillas a lo irremediable con la consiguiente consecuencia de tropezar con esa piedra que sigue en el mismo sitio y con la que nos topamos hace un instante nomás.
Qué poco de objetivo tiene el mirarse con ojos escudriñadores pretendiendo que uno va a ser ecuánime consigo mismo. Ni lerdos ni perezosos nos afanamos en tender mantos de piedad sobre hechos que son deleznables o ridículos, y ponemos en pedestales aéreos los dudosos lauros que supimos conseguir y que, tal vez, sean poco más que goles penosos convertidos en metegoles destartalados pero que, qué duda cabe, son gritados como el barrilete cósmico de Diego en el Estadio Azteca.
Así vamos, así nos va. Así serían las cosas.