Ayer, lunes 12 de marzo de 2007, leí la entreivsta que le hicieron al ex presidente Carlos Menem en el diario La Nación. Casi nunca leo la sección política, pero el título me tentó: "Kirchner no me llega ni a los talones". Y, ya que soy medio adicto al surrealismo, me adentré en esas aguas de tinta.
Les confieso que hacía rato no me reía tanto con un artículo. Que no me podía tomar en serio lo que leía. Que sencillamente me descompuse de la risa y, al mismo tiempo, no dejaba de asombrarme entre respuesta y respuesta.
Pensé en que en este escenario, este tablero llamado vida, donde en definitiva todo es un juego (aunque eso no signifique tenemos el derecho de destrozar la vida de los demás), siempre aparece un personaje que no deja de sorprenderme. A ustedes les debe pasar lo mismo.
Y a raíz de esa entrevista, les voy a contar una historia.
En el año 2002, yo estaba trabajando en el diario La Nación como redactor. Era plena crisis social, con Mr. Boring en el poder. O ya lo habían rajado a patadas. Ya ni me acuerdo. La cosa es que era todo un desastre.
En una reunión en la que se discuten los temas que írán en la tapa del diario del día siguiente se habló de una entrevista con Menem, y que le iban a dar un espacio importante. Al final la nota no fue a tapa, creo, pero sí se le dio un gran espacio en el cuerpo principal del diario.
Me dio bronca e impotencia que se le diera tanto espacio a alguien que le había hecho tanto daño a su país y a su gente; y que habiendo tanta gente talentosa, sana, pura, noble, honesta, divertida y bienintencionada, bueno, que no se mostrara la vida de todos ellos. Lamenté que las sociedades sean destrozadas apenas por unos pocos.
Justo el día anterior a esa reunión de la que les hablo, había leído una crónica, en la sección Espectáculos también de La Nación, que me había conmovido, enternecido. Fue una de esas pocas cosas "como la gente" que había leído esa semana. El corresponsal que escribía hablaba de un payaso al que habían pedido los chicos para el Festival de Jesús María, en Córdoba, pero que también hacía reír a los grandes. Una peculiaridad el pedido de la gente porque el Festival de Jesús María es de doma y folklore. La nota hablaba del afecto que despertaba este personaje en la gente cordobeza. De cómo los hacía reír a todos a carcajadas limpias y de que, encima, les enseñaba a amar y a cuidar el medio ambiente, la naturaleza. Y me dije: "Y por qué no entrevistar a este hombre que, en épocas de tormentas, al menos le lleva una sonrisa a la gente, en lugar de publicar la nota con Menem en la cual se repiten mentiras y sanatas una y otra vez? ¿Por qué no darle ese lugar destacado en los medios a gente así?"
Claro que no tuve quorum y que mis preguntas excedían la inocencia entre otras cosas. Pero, de todas formas, agarré el teléfono y hablé con el representante de este payaso (el de Córdoba) que ya era bastante conocido por los pagos de Ica Novo y que estaba haciendo sus shows en Villa Carlos Paz. Ellos me pagaron el pasaje, la estadía y las comidas en esos dos días que estuve en Córdoba. Me trataron de primera.
En la función del teatrito Carlos Paz lloré de la emoción entre la alegría de chicos y padres; ricos, pobres, cultos, no tan cultos... de todo había en esa sala.
Al finalizada la función, después de cenar, lo entrevisté a este Fabián Gómez, a cara lavada, en su auto, mirando las lucecitas que se reflejaban en las aguas mansas del lago San Roque. Los ojos del payaso se mojaban de tanto en tanto al recordar su propio pasado, el cariño de la gente y, sobre todo, cuando la gratitud se le subía hasta la garganta.
Una semana más tarde este señor de zapatos enormes y colorinches tenía su entrevista publicada en la sección Espectáculos de La Nación. Como se lo tenía merecido.
Meses más tarde me fui a vivir a Europa. Cuando volví al país, a principios de 2004, me encontré con que aquel payaso que se moría por llegar a Buenos Aires, un tal Piñón Fijo, era la figurita estrella en canal 13 de Buenos Aires, y que había zapatillas y no sé cuántos souvenirs con su cara y con su nombre.
Así fue como, gracias a don Carlos, lo conocí al Piñón: esa suerte de duende urbano que se bautizó a sí mismo de esa forma porque era tan pobre que, según él, no podía dejar de pedalear por nada del mundo para sacar adelante a su familia, que siempre tenía que seguir, sin parar de pedalear, como esas bicicletas de piñón fijo que en cuanto parás o pedaleás para atrás se frenan.
Les copio a continuación, ya que estamos, la entrevista con Fabián Gómez, alias Piñón Fijo, que tuvo lugar a orillas del lago San Roque, Córdoba.
Un payaso que hace reír a grandes y chicos
Por Ignacio Escribano “El único capital que no se devalúa ni pueden encerrar en un corralito es la alegría y los sueños de nuestros hijos.”
Piñón Fijo, el popular payaso cordobés que desde hace doce años viene pedaleando parejo por el noble camino de hacer reír, no permite que el ventarrón de la crisis se filtre por las ventanas multicolores de una escenografía de cuento de hadas. O que le arrebate los globos que él mismo transforma en flor, en avión o en la corona celeste que emociona a una tímida madre.
Nada de eso. Cada noche que se presenta en el teatro de Carlos Paz, la función se colma de familias enteras, que bailan y entonan de memoria las canciones “del Piñón”.
Sin más herramientas que algún títere o su saxo cloacal, este personaje que se reconoce como una suerte de “duende urbano”, y que es decididamente mágico, campea la realidad fiel a su nombre.
“Me bauticé así por las bicicletas de piñón fijo, en las que siempre hay que pedalear para adelante, sin aflojar, porque en cuanto le das para atrás, la rueda se traba”, explica, ahora a cara lavada, un Fabián Gómez de 36 años que pocos chicos reconocerían por la calle.
Sabe que su pequeña lucecita puede iluminar mucho más si se combina con la de otros. “Por eso, trato de que los padres que llegan apagados por la desesperanza disfruten de un simple momento de risas y juegos junto a sus hijos”, explica. Y recuerda, con sus ojos perdidos en la oscuridad del lago San Roque, las miradas y la “devoción de esas caritas, que son el combustible esencial de la magia del personaje”.
Piñón Fijo es consciente de que no puede darse el lujo de equivocarse con ellos; de que en sus corazones está depositando una semilla que va a florecer de acá a algunos años.
“Como lo han hecho conmigo Pepe Biondi, Pipo Pescador, María Elena Walsh... entonces, cuando recuerdo cuán fuerte ha calado esa gente dentro de mí, para mi alegría individual y mi sueño de alegría colectiva, siento que la responsabilidad que tengo es enorme”, dice.
Desde el escenario, con su gorro amarillo y sus peculiares zapatos que quién sabe dónde habrá conseguido, Piñón Fijo también enseña a cuidar el medio ambiente y a amar a la naturaleza.
“Disfruten del aire de la sierra: es todo para ustedes”, les dice a sus “piñoncitos”.
Mientras los divierte, y ellos copian cada gesto de su ídolo, el “señor Piñón” o “don Fijo”, como respetuosamente lo llaman algunos abuelos, les va haciendo guiños a los mayores. Al contarles, por ejemplo, que a Plazo Fijo, su papá, “lo tienen encerrado desde hace un mes y que, según parece, va para rato”. O al cantar “otra canción por la salud mental de los padres”.
“Mi desafío es el de hacer reír, pero sin distraer ni generar una risa boba, ciega o sorda”, advierte, sin compararse con nadie.
Piñón Fijo, que había trabajado de peón “en una cantidad de oficios habidos y por haber”, nació en medio de la hiperinflación del 89. El mismo día que se planteó si no debería invertir todas esas horas de insatisfacción y de mal pago en algo que le apasionara.
“¿Por qué no?”, lo alentó Karina, su mujer.
“Si yo soy el Piñón, mi mujer es el Fijo; mi mitad; con otra compañera no hubiera hecho ni una cuarta parte de lo que hago”, confiesa este artista que sueña con llegar a Buenos Aires, “pero defendiendo a rajatabla la esencia del personaje”.
No lo dudaron. De inmediato abandonaron el garage con baño compartido en donde vivían con sus dos bebés y partieron hacia a Mina Clavero, a dedo, con los pesos contados para pagar una noche de camping.
Allí lo contrataron para tocar la guitarra en una parrilla. Pero como la cosa no andaba, la dueña del restaurante, con ánimo valedor, le preguntó qué más sabía hacer.
Fabián Gómez, que después del colegio secundario había “picoteado” en varias clases de la Escuela de Arte, le contó de sus concurrencias en un par de talleres de mimo.
“Bueno, pintate, nomás, y salí a repartir volantes”, le ordenó la mujer.
Y con la cara pintada como lo había hecho tantas veces en la intimidad de su casa, “jugando frente al espejo”, salió al ruedo. A la calle. En donde aprendió a divertir a grandes y chicos; “porque en cuanto se aburre uno -señala-, te quedás solo”.
De una peatonal desierta a una esquina transitada, el talento de Piñón Fijo no tardó en llegar, de boca en boca, a las fiestas infantiles; y, algo más tarde, al teatro y a la televisión.
El año pasado, sus presentaciones en el show del Lagarto, un programa televisivo que se emite por canal 10 de Córdoba, y la edición de dos discos compactos, catapultaron su notoriedad en toda la provincia. Tanto es así, que un mes atrás fue invitado al Festival de Doma y Folklore de Jesús María como regalo de Reyes para los chicos.
“Mi mayor éxito lo logré el día que salí pintado de mimo por primera vez. Ese día había encontrado el lugar en el mundo desde el cual se puede dar y recibir, como una pelota de ping-pong rebotando infinitamente entre la gente y uno.
-Casi todas tus canciones hablan de la libertad, de volar, de “una ventanita sin rejas”...
Sí, y creo que por eso hago lo que hago. El tema de la libertad es muy serio. Todos los días trato de aprender algo no sólo para mi propia libertad, sino también para la de los demás; especialmente la de mis hijos, a quienes trato de respetar y no encerrarlos con las rejas de los miedos que tiene uno como padre. Y en eso, ¡huy!, hay tanto que aprender.
-¿Y es cierto que terminás llorando casi todas las funciones?
-Sí. Pero no de tristeza. No son las lágrimas de esa otra cara que se le suele atribuir a los payasos. Es de emoción. Por la realización de un sueño, de un acto de amor de ida y vuelta. Y cuando lloro, lo hago orgulloso de mi llanto, sin intención de retenerlo, porque allí está todo mi agradecimiento a la gente y a la vida misma.