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Ingrid | 31/10/2007 | 12:02 hs

Comunidad Wichí

Relato de viaje.

Tags: niños, servicio, wichi, escuelas rurales, wichí
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       4 comentarios

(Mariana Russi)

Junto a compañeros de la Asociación Niños de Hoy[1], fui a visitar una escuela rural de una comunidad Wichí en Salta, apadrinada hace seis años. Llegamos de noche y a la mañana siguiente, a eso de las ocho salí con la ilusión de encontrar niños con quienes jugar. Ellos andaban por el recinto alambrado de la escuela, pero no sólo no se acercaban, sino que ni siquiera me miraban. Jugaban con bolitas o moviendo la tierra, y recordé cuánto disfrutaba estos juegos en el campo. Estela, la maestra de plástica, me dijo "cuando vengo de la ciudad de Salta para acá siento que retrocedo en el tiempo". Con ese sentir de retorno, anduve con la mirada recorriendo el lugar. El suelo seco, duro, de color claro, y algunos arbustos lo suficientemente resistentes como para animarse a crecer un poco. Podía seguirse la planicie entre la escasa vegetación y las casas de adobe a lo lejos. Podían verse chanchos, cabritos y perros, todos con algo en común: la flacura y la constante búsqueda de comida. Ricardo me preguntó si me gustaba y respondí que sí... quedó mi respuesta resonando y queriendo averiguar si había sido sincera. Había algo nuevo en ese paisaje que me atraía descubrir; sabía que había una palabra para lo que me estaba inspirando y sin embargo el silencio me estaba penetrando, dejándome absorta. Caminando por los alrededores y despertada por un breve diálogo, surgió la palabra: desolación.
 
Izaron la bandera argentina y apenas la miré; el siguiente elemento elevado era un tanque de agua, instalado hace poco y su presencia me inspiraba seguridad. Llegamos a un lugar donde había algo parecido a un lago, la vista del agua y el aire fresco, me dio un descanso. Adivinamos cabezas de yacaré a lo lejos y ellos me devolvieron a los límites de las posibilidades de disfrutar de un baño. La naturaleza se presentaba inhóspita y me pregunté cuántos días podría permanecer allí sin perder la alegría. Me pregunté cómo sería la vida de quienes habían nacido y crecido en esos pagos, cómo los habría influenciado en su forma de sentir la vida y sus costumbres, cuánta esperanza se podía anidar en la aspereza de ese clima.
 
Ricardo me presentó a un grupo de mujeres como una tejedora igual que ellas, y les contó que estoy tejiendo frazadas para escuelas rurales donde hace frío[2]. Allí, con el calor incipiente, eso resultaba lejano, pero mostrando mi tejido y ellas el suyo, había algo cercano. Ellas también tejían crochet y además otras técnicas desconocidas para mí. Me mostraron carteras que hicieron con lana que les regaló Carlos[3], las fibras que extraen de una planta para urdir hilo, su telar, y me enseñaron, sin palabras, a tejer con dos colores. Su lengua me era completamente extraña y si bien nos entendían perfectamente, se limitaban a responder con un breve “sí” o un suave movimiento de cabeza indicando “no”. Me desconcertaba que escaseara la comunicación gestual, y al mismo tiempo sentía ganas de estar con ellas, aprender de ellas y compartir ese espacio que crea el tejido. A Zulema, que los visita regularmente, le regalaron una cartera que habían hecho con su nombre; su sorpresa y alegría fue grande, y mientras volvíamos, la miraba una y otra vez, siempre sonriendo. Más tarde, una mujer me regaló un cinto y lo inesperado del gesto me caló hondo.
 
Almorzamos y conocí al cocinero, me contó el menú semanal de los chicos, aliviada escuché variedad de platos nutritivos. El maestro agrónomo nos contó que el gobierno le había aprobado su proyecto de armar y mantener huertas con los alumnos en escuelas rurales en la zona, y luego conocimos la huerta que habían creado allí y el cultivo de lombrices. La maestra jardinera se había incorporado hace poco, y Estela nos contaba que era una gran ventaja: antes llegaban a la primaria sin saber español y ahora tendrían alguna base. También estaba el maestro traductor, el único que conocía los dos idiomas. Después de almorzar, nos pusimos con Zulema en la galería a tejer y las más jóvenes de la comunidad nos miraban y se reían; cuando les preguntábamos algo no nos respondían pero cada vez se sentaban más cerca.
 
Pablo, odontólogo, y Alfredo, como ayudante, acomodaron los instrumentos y una silla. Sin decir nada se acercó una mujer, se sentó y se entregó a las manos que la ayudarían a calmar sus dolencias. Luego, se pusieron a inflar globos con Ricardo que hacía comentarios que hacían reír a algunos niños. Con Zulema, Mariana y Estela nos fuimos a preparar sándwiches de fiambres y servir gaseosas para niños y madres. Fue una idea de Zulema, para compartir con ellos algo diferente, y me contó que la vez anterior habían hecho chocolate con facturas. Al servirles me sentí extraña: no pedían, ni miraban a los ojos, ni daban gracias, sólo extendían el vaso o miraban la comida y esperaban. Al ver que volvían con sus vasos una y otra vez, en ese intercambio de movimientos, me sentí parte y agradecida.
 
Cuando se terminaron las gaseosas y la atención volvió a dispersarse, Mario los llamó a los que más sabían español y me presentó diciendo que tenía una propuesta para hacerles. Les conté que quería escribir sobre ellos y que otros los conozcan, había personas que ayudaban a la distancia y no tenían la oportunidad de viajar, por eso la propuesta era grabar su voz y transmitir lo que quisieran compartir. El grupo me escuchó con atención y sentí aprobación, pero al momento de animarse a hablar ganaba la timidez. El más decidido fue Narciso y lo siguió Elba. Contaron que a los hombres les falta trabajo y las mujeres hacen artesanías tejidas -cintos, carteras y hamacas- pero hay pocos compradores y cuando los hay el pago no es bueno[4]. Dentro de poco sería tiempo de cosechar alguna fruta y algarroba con la cual hacen harina para consumo de la comunidad. El clima es muy seco y las posibilidades de cultivo son limitadas. Hay muchas necesidades y algunas son cubiertas por la Asociación.
 
Cuando se acercaba el atardecer, los habitantes de la comunidad se iban para sus casas, y algunos de los voluntarios debíamos partir, sólo quedaban Mariana y Julián por una semana más, para enseñarles a los chicos a sacar fotos y conocer algo de su mirada. No quería despedirme, había estado tan poco tiempo y había tanto para descubrir con ellos, se habían acercado tanto en sólo un día y me preguntaba cómo cambiaría su trato al pasar los días, cómo cambiaría yo al entrar en el ritmo de ellos y conocer otra forma de vida, cómo nos redescubriríamos todos en las diferencias y la cercanía. Sentí la tristeza de no poder quedarme y el consuelo que Mariana y Julián sí lo harían, y podrían compartir algo más de ellos con los que estamos lejos y atareados.

 

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[1] La Asociación apadrina a ocho escuelas rurales. Más información en http://www.ninosdehoy.org.ar/
[2] Más información en www.grupoamaicha.com.ar
[3] Carlos Albisu ha colaborado de múltiples formas en la Asociación desde sus inicios; gracias a él visité la escuela.
[4] Al escuchar sobre la venta de las artesanías, me acordé del movimiento de comercio justo y ahora estoy investigando distintas formas de organizarlo. Para introducirse en el tema: http://es.wikipedia.org/wiki/Comercio_justo



Comunidad Wichí fue publicada por Ingrid el 31/10/2007 a las 12.02 en Sociedad. Ha sido marcada con los tags niños, servicio, wichi, escuelas rurales, wichí y recibido 4 comentarios.

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1 - rijkaard75 el 31/10/2007

Ingrid, leerte es como haber estado ahí.
Hay cosas que son irreparables, pero es reconfortante saber que hay quienes tienen la fuerza y la sensibilidad para hacer algo.

2 - Ingrid el 04/11/2007

Recomiendo "Si no me vieras" de Mariana Russi (compañera de viaje):
http://www.igooh.com.ar/Nota.aspx?IdNota=14259

3 - rijkaard75 el 05/11/2007

Muy bueno "Si no me vieras", es estremecedor. Y un complemento perfecto para esta nota.

4 - Pato_m el 22/11/2007

Lindísimo lo que contas, cada día me sorprende más comunicarnos sin palabras... parece que cualquier distancia puede salvarse si nos entregamos totalmente... no?
Desde el cole de mis chicos, van todos los años a Las Lomitas y los que eligen ir conviviendo unos pocos días con los wichis, vuelven distintos...

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