Por Ignacio Escribano
A principios de mayo de este año viajé a Arosa, Suiza, para asistir a un seminario que dio el líder espiritual y humanitario indio, Sri Sri Ravi Shankar, fundador de El Arte de Vivir, sobre el Ishavasya Upanishad.
Me siento sumamente afortunado de haber podido estar allí, en aquel lugar mágico, rodeado de aire puro y aguas de deshielo, montañas nevadas y valles reverdecidos, noches despejadas y amaneceres florecidos, escuchando el más puro conocimiento nada menos que directamente de los labios de mi adorado gurú.
De hecho, “Upanishad” -que está formado por la combinación de tres palabras: upa, que significa “próximo”; ni, “debajo”; y shad, “permanecer sentado”- podría traducirse como “permanecer sentado a los pies o junto al gurú”, con el fin de recibir sus enseñanzas.
“Upanishad -en palabras de Sri Sri Ravi Shankar- significa sentarse cerca del maestro, física y mentalmente. Al sentarse cerca del maestro se puede comprender lo inexpresable”.
Se calcula que existen más de doscientos libros bajo el nombre de “Upanishad”; sin embargo, los Upanishad reconocidos como tales son los que reflejan aspectos concretos del pensamiento védico y están, por tanto, relacionados con uno de los cuatro vedas: Rigveda, Yajurveda, Sámaveda y Atharvaveda.
El Ishavasya Upanishad es de los capítulos más cortos de todos los Upanishads. En la brevedad de sus dieciocho versos -entre los cuales se describe la naturaleza del Ser Supremo, o “Isha”- se resume la esencia más sublime del conocimiento védico.
El texto, escrito en sánscrito, enuncia una perspectiva del universo no dual (“El sabio ve la unidad donde sea que dirija su mirada”).
En uno de los pasajes del Ishavasya Upanishad, se lee:
“Todas las cosas de este mundo, orgánicas e inorgánicas, están llenas de Isha”; o Dios, o el Ser Supremo, al que se describe como “sin personificación”, omnisciente, intachable, por encima de toda crítica, puro, que “se mueve pero no se mueve”, que “está lejos pero muy cerca al mismo tiempo”.
“Todo lo permea/es lo más puro/no tiene cuerpo/es indestructible/no tiene músculos./Es inmaculado/sin pecado/lo ve todo/lo sabe todo/sin comienzo y sin fin/y se ha generado a sí mismo”.
“Dios no es una persona física sentada en algún lugar en el cielo -dice Sri Sri Ravi Shankar-; Dios es la energía omnipresente, el amor, el sustrato de toda la existencia. Todo el mundo está hecho de Isha, de Dios: cada célula del cuerpo, cada montaña, cada piedra, cada río, cada flor… El universo entero está vivo; aprender a ver la vida presente en cada partícula de la creación es una excelente manera de salir de la inercia”.
La visión inclusiva del mundo y su diversidad (abarcando los opuestos) es lo que verdaderamente hace que el Ishavasya Upanishad sea tan atractivo y encantador, como lo he vivido en carne propia, para todos aquellos genuinos buscadores.
Según Osho: “El Ishavasya Upanishad es tan corto que puede ser escrito en una postal y, no obstante, es el más excelso documento. En toda la historia de la Humanidad no existe otra escritura de una luminosidad, de una profundidad equiparable”.
En otro de los pasajes, se lee:
“El rostro de la verdad, de la luz más refulgente, se encuentra cubierto con una cortina de oro. ¡Oh, Señor! Apártala para que yo, buscador de la Verdad, pueda alcanzar lo Supremo”.
El enunciado -que, si se quiere, no es más que una versión refinada de aquel dicho popular que reza “todo lo que brilla no es oro”-, nos recuerda, a modo de plegaria, que solemos transcurrir por la vida obnubilados, atrapados con el papel envoltorio, pero que aún no hemos abierto el regalo.
De ahí la fuerza de la súplica, en la cual, a modo de oración, se le pide a Dios “que abra ese regalo para ser digno de ver la Verdad y el dharma”.
Aquí, “dharma” (dha, “mantener”; ma, “a mí”), hace referencia a “todo aquello que eleva el espíritu”.
Ahondar en cada uno de los dieciocho versos del Ishavasya Upanishad sería una tarea sumamente vasta y compleja, e implicaría escribir numerosas páginas. No obstante, y sin ser un académico sobre el tema, quisiera destacar y compartir un último verso del Ishavasya Upanishad, acaso el que probablemente más hondo me llegó durante aquellos días en Arosa.
“Tena tyaktena bhuñjitha”.
La traducción, del sánscrito al español, sería algo así: “Disfruta de las cosas de este mundo, renunciando a ellas”.
Sri Sri Ravi Shankar lo explica así: “Protégete, cuida de tu mente renunciando, ejercitando el desapego; disfruta del mundo pero con un sentimiento de desapego interior. ¿Y qué es renunciar? Ni más ni menos que estar al cien por ciento, totalmente, en el momento presente; algo que nada tiene que ver con un sentimiento de desinterés, apatía, abandono o depresión. La febrilidad por aferrarnos a las cosas de este mundo no trae más que miseria y sufrimiento. El acto de renunciar es la mejor protección para la mente humana. Por eso, aprender a dejar ir es la mayor fortaleza que uno puede tener y la mejor medicina para salvar el espíritu, la mente humana”.
“¿Qué aflicción o apego puede haber para un alma realizada, para un hombre de sabiduría, si todos los objetos del mundo, animados e inanimados, se han convertido en él mismo, si ve la unidad dondequiera que dirija su mirada?”
Recuerdo que hace unos años, en una entrevista con el sacerdote español Carlos Vallés, cuando le pregunté qué tenía para decir sobre el apego, el jesuita -que para aquel entonces llevaba ya más de cincuenta años viviendo en las tierras de Gandhi-, contestó: “Soltad las amarras y encontrarás la paz”. Y luego, agregó: “El desapego es la gran virtud india. Hacer lo que haga falta, pero con las manos abiertas. El apego implica, en cambio, agarrar, no soltar. Ese es el mayor obstáculo a la felicidad del hombre”.
Hay una historia, que se cuenta precisamente en la India, sobre un niño que se paseaba con su abuelo por la playa. Los abruptos cambios en la marea habían dejado varadas cientas de estrellas de mar. El niño, para salvarlas, hacía lo imposible por arrojarlas, una por una, nuevamente al océano. El abuelo lo observaba. Al cabo de un rato, riéndose, lo interrumpió: “Relájate, son cientos de ellas, no podrás evitar que mueran; qué diferencia hace, además, que salves a unas pocas”. Y el niño, con una estrella de mar todavía viva en su mano, le respondió: “Puede que no haga demasiada diferencia; pero para esta que tengo aquí, sí hace una gran diferencia”. Acto seguido, la arrojó con todo su entusiasmo al mar.
Del mismo modo, puede que las palabras que aquí escribo y comparto no hagan demasiada diferencia en el grueso de la sociedad; pero con que un poco de la belleza y la profundidad del conocimiento del Ishavasya Upanishad le llegue a unos pocos, a una sola persona incluso, entonces sentiré que en el mundo ya habrá habido una diferencia, un verdadero cambio para celebrar.