Por Ignacio Escribano
No todo es color de rosas cuando de Viagra se trata. Esa pastillita que permite, dicen, reconquistar el amor a primera dosis, puede ocasionar una alteración visual transitoria, tiñéndose los verdes de azul, misteriosamente, del mismo tono que el comprimido. Nada grave, por cierto. A lo sumo, la velada cobrará un extraño tinte azulado y concluirá, de producirse los efectos tan anhelados, sin abucheos ni contratiempos.
Sin embargo, al pobre sesentón malayo Ahmat Kassim, y a su flamante amiga Faziah Mohamed, de unos joviales cuarenta y dos, las cosas se les pusieron bien negras, años atrás, cuando oficiales del Departamento para Asuntos Islámicos irrumpieron en el temporario aposento que compartían -ambos son casados y de religión musulmana- ilegalmente.
Semidesnudos y sorprendidos por la denuncia de algún vecino, los fugaces amantes no atinaron a rescatar lo que sería una evidencia agravante y veraz, para la severa corte del Estado de Melaka, en Malasia: un frasquito de Viagra que descansaba, desenroscado sobre la mesa de luz, con dos comprimidos menos que los cuatro contenidos originariamente.
¿El veredicto? Seis días de arresto por haber cometido khalwat, un acercamiento físico demasiado próximo e inapropiado según las reglas del islamismo. Y todo hubiera concluido allí, de no haberse encontrado pruebas adicionales. ¿Consumaron esos infieles el acto prohibido? Imposible saberlo. Pero el frasquito traía cuatro y quedaban dos, reflexionó, seguramente, el juez. ¿Conclusión? Otro mes más de encarcelamiento y una multa de 4200 ringits (1200 dólares) para cada uno por “intentar contraer sexo ilícito”.
Con acento francés
Jean-Louis Galland, un cocinero de Saboya, en los Alpes franceses, también conoció el sabor agridulce de este medicinal asunto vinculado con las exaltaciones masculinas. Como buen chef, Galland sabía que el secreto de su éxito pasaría por la salsa. Al menos, en parte. Y así fue como en pleno furor del Viagra decidió anunciar el lanzamiento de una comida genial en la que, probablemente, se prestaría más atención en los manjares que se degustarían finalizado el banquete.
Por la módica suma de 33 dólares, el controvertido menú incluía: una ensalada de langostinos estuchados en pimientos rojos y, de segundo plato, piccata (escalope de buey con mantequilla y perejil) a la salsa Viagra. ¡Ah!, y de postre, un helado.
El menjunje, que requería una sola pastilla de 50 mg por cada cinco personas, apenas si lograría reavivar parcialmente algunas que otras flores de ayer. Igualmente, los efluvios salseros atrajeron no solamente algo de fama, dinero y nueva clientela, sino también a la Dirección Francesa de Consumo y de la Represión de Fraudes, cuyos agentes no tardarían en llegar. Confiscándole las vigorizantes píldoras, de importación y utilización prohibida en ese entonces, en Francia, todo lo que dejaron fue una citación judicial, el restaurante allanado y una causa legal abierta.
En tanto, tras el continuo asedio de los fabricantes del comprimido, la situación legal y económica del maestro culinario se espesaba todavía más. Pero él, siempre firme, se defendió como pudo. Aunque muchas veces lo hizo con aberrantes declaraciones. “No lo entiendo -llegó a decir- fabrican una droga para hacer mejor el amor, y me declaran la guerra”.
Por su parte, desde el laboratorio le respondían casi más absurdamente: “El objetivo de una medicina no es formar parte de una salsa”.
La historia del “menú Viagra” tiene un final más feliz que la de aquellos malayos.
Desde el comienzo del juicio, realizado recientemente en el tribunal francés de Thonon-les-Bains, la sensación del ridículo fue gradualmente invadiendo la atmósfera del auditorio. Al finalizar la sesión, y ya con un Galland absuelto de todo cargo en su contra, el público comenzó a liberar su risa, que se volvió carcajadas, y contagió, incluso, a los magistrados, que habían permanecido rígidos hasta ese momento.