Viene de Parte I: http://www.igooh.com/notas/dos-uruguayos-en-el-delta/
Luego de pasar un rato conociendo la morada de los Ramírez, de recorrer sus plantaciones de tomates, morrones y papa, de caminar por sus plantaciones de álamos, árbol mediante el cual ahorran para el futuro, llegamos a la conclusión que hay que saber caminar por los montes del Delta.
Hay muchos mosquitos. Luis es alérgico y no se puede poner repelente, está todo picado. Pero ellos ya están acostumbrados. María comenta… "en invierno hace mucho frío, pero dentro del campo no sentís, en vez de estar muriéndome de frío al lado de la salamandra, vengo al campo a ayudar cuando puedo".
Mientras se enriquece la charla, comemos las ciruelas maduras que acabamos de sacar del árbol de ciruelas… dulces… muy ricas, con un gustito distinto que tiene comer la fruta arrancada del árbol, realmente tiene otro sabor.
Y va llegando la hora de emprender la travesía. Luis está construyendo un quincho con cañas para un restaurante en el Puerto de Frutos. “Todo solo, yo solito” dice. “Yo voy al monte, corto la caña, yo las limpio. 200 cañas, al hombro, las traigo con el agua arriba de los pajales. Y es momento de ir a buscar otras 50 cañas monte adentro para completar el quincho.
Ya en la lancha nos damos al arroyo, luego al Paraná, para recorrer una naturaleza que se nos viene encima pero está firme custodiando nuestro andar. Hay una paz reveladora, se escucha el ruido de los pájaros, los árboles y su sinfonía con el viento. Me cuentan historias de ahogados y salvados en el río. Tienen muchas historias… siempre tienen. “A mi cuando el agua está brava me da mucho miedo cuenta una isleña vecina”. “Hay que ir cortando la ola la previene su hijo, es la manera de navegar”. Y María se explaya… “sabe Dios si me va a pasar una desgracia, me va a pasar… así que no me pongo salvavidas porque si hace frío me muero igual. Muchos me dicen que soy masoquista, pero una es como es. Prefiero morirme rápido” dice. Y de fondo se sigue escuchando el silbido de las casuarinas.
Con las cañas arriba de la lancha, nuevamente arranca el motor y seguimos viaje. Nos acomodamos de manera de equilibrar el bote con las cañas y partimos al puerto de Tigre. Nos espera un camino por el arroyo Andresito al cual no accede cualquiera. “Mirá que hemos pasado por acá y nos gusta” cuenta Luis… “siempre venimos, es un camino más rápido, desde las chicas eran chiquitas que pasamos por acá”. Observo a María y me pregunto qué pensará navegando esos caminos por enésima vez… tanta historia de su vida navegante grabada en su retina.
Ella me guía, me cuenta… sabe mucho sino todo. Tiene una explicación para cada cosa que hay alrededor, algo para compartir, y siempre lo comparte. Aguas espejadas, por momentos agitadas, por momentos en silencio, recorremos el caudal de ese pasillo cúbico que nos envuelve con todo ese verde a su alrededor. María preparó tres sándwiches con el fiambre que le quedaba en la heladera, los envolvió en servilletas prolijamente, y en un momento del camino los desenvolvió y nos dio uno a cada uno. Tan rico que quedó con gusto a poco, pero significó mucho.
De golpe bajamos la velocidad, es por cortesía siempre que se cruza una embarcación, sobre todo si el bote va cargado… cuanto más peso, más ola levanta. Viene una chata, le tenemos que dar paso y nos ponemos al costado del camino, casi sobre los juncos, y la chata pasa, y se intercambia un saludo de lado a lado. María parece como una nena, lo disfruta como si fuese la primera vez… pero es una experiencia que vive a menudo. Luis anuncia que vamos a pasar una curva cerrada y María grita woowwwww… como si estuviese subida a una montaña rusa y se sonríe. “Lo que pasa es que no tiene que morirse esto, no tiene que morir el monte, desaparecer. Este pedazo de Tigre tiene que quedar así como está… virgen. Si dragan el canal esto estaría lleno de casas de fin de semana. Acá hay nutrias, carpinchos, algún ciervo de pantano”. Y casitas escondidas que pos su colorido llaman la atención.
Llegando al puerto se observan los barcos amarrados que esperan turno en el astillero para ser reparados. Mientras dormitan a la vera del río y son despabilados cada vez que alguna embarcación mueve las aguas del río Luján.
Hasta allí este viaje donde Luis descarga su carga y continúa con su viaje de todos los días, junto a su amor y compañera María.
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