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Thumbnail del usuario: sradecazau sradecazau  |  Posteado: 04/12/2008 | 18.40   

El celular de Hansel y Gretel

¡Qué tremendo! ¿no?

Tags:    hansel, gretel, celular, sradecazau

Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: "No importa. Que lo llamen al papá por el celular".

 

Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida, ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura —toda ella, en general— si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.

¿Ya está?

Muy bien. Ahora ponga un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?

La Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate.

Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.

Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.

Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.

Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.

Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.

Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.

Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler.)

Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:

 

M HGO LA MUERTA,

PERO NO STOY MUERTA.

NO T PRCUPES NI

HGAS IDIOTCES. BSO.

 

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción "Banda ancha móvil" de Movistar.

Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados. La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría 'Cien años sin conexión': narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el messenger.

La famosa novela de James M. Cain —'El cartero llama dos veces'— escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría 'El gmail me duplica los correos entrantes' y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, 'Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura', la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.

En la obra 'El jotapegé de Dorian Grey', Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico 'Blancanieves' no consultaría todas las noches al espejo sobre "quién es la mujer más bella del mundo", porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90€ la conexión y 0,60€ el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi.

Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa.

La telefonía inalámbrica —vino a decirme anoche la Nina, sin querer— nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?

No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador. ¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.

Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo —las escritas, las vividas, incluso las imaginadas— porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

 

Por Hernán Casciari

 



El celular de Hansel y Gretel fue publicada por sradecazau el 04/12/2008 a las 18.40 en Mi lugar. Ha sido marcada con los tags hansel, gretel, celular, sradecazau y recibido 7 comentarios.

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Compartí tu opinión Comentarios (7)

1 - kuma el 04/12/2008

Muy bueno ,¿ sabías que H. Casciari es el esposo de la autora de Bestiaria ?...muy buenos los dos escritores ,ella y él .
besos

Puntaje:


2 - pcazau el 04/12/2008

¿Qué nuevas sorpresas nos depararán los cuentos de hadas del futuro?
Es sólo cuestión de imaginación hacer malabarismos para incorporar al mismo tiempo la magia y los celulares.

Puntaje:


3 - sradecazau el 04/12/2008

kuma:

No sabía de ese matrimonio. Me lo mandaron y me gustó.

Pablo:

Gracias por comentar.

Besos a los dos.

Marta

Puntaje:


4 - MAD51 el 05/12/2008

Casciari es un genio de la escritura, gracias Marta por traerlo.
MAD51

Puntaje:


5 - djuna el 05/12/2008

Me divertiste y me dejaste pensando sobre alguna historia con celulares descompuestos haha, besos

Puntaje:


6 - kuma el 05/12/2008

El estigma de Kate
Sección: Naturaleza femenina

Del web blog de Carolina Aguirre ,Bestiaria ,les recomiendo entrar , es la mujer de Casciari ,y su blog ganó el premio BOB
(yo voté )

Durante años ocupé todas mis tardes en investigar y espiar a las mujeres con la tierna esperanza de desglosar sus misterios. Hice varios borradores totales. Las clasifiqué de acuerdo a la forma de su cuerpo, las agrupé considerando el volumen de su risa, y las catalogué teniendo en cuenta su relación patológica con el sexo opuesto, pero sólo conseguí dibujar un esquema parcial de una estructura demasiado compleja para entender por medio de ejemplos.

Fueron años de estudio sacrificado y minucioso en supermercados, shoppings y reuniones familiares para acabar siempre en el mismo lugar: el de la clasificación entrecomillada y subjetiva. Todo era cierto pero a la vez relativo. Ninguna teoría las englobaba a todas, siempre alguna se quedaba afuera.

Agotada por especulaciones que no llegaban a nada, pensé en rendirme. Creí que jamás encontraría la fórmula secreta del comportamiento femenino. Sin embargo, hace poco más de un mes tuve una revelación. El tenis y la televisión, dos pasatiempos que me ocupan desde hace algunos inviernos, me ofrecieron una solución tan perfecta y redondita que parecía una epifanía.

En la primera mitad del año, la batalla por el primer puesto del ranking de tenis de la ATP, me dio la primera pista. Un poco por los medios y otro poco por su fisonomía, los jugadores Rafael Nadal y Roger Federer se presentaban como dos arquetipos de hombre completamente opuestos. El primero pelilargo, musculoso, expresivo y sensualmente español, y el segundo distinguido, medido, almidonadamente suizo. Nadal, con su vincha y sus gritos de festejo se parecía a un pirata, mientras que Federer, con su inmaculada vestimenta y autocontrol exquisito, era más similar a un lord.

Al mismo tiempo, la serie Lost también proponía otros dos estereotipos de galán. Jack (un médico impecable de pelo corto, nariz respingada y nobles principios que se dedica a salvar, ético y devoto, a la gente de una isla) y Sawyer (un estafador buscavidas, desprolijo y egoísta capaz de robar, matar y traicionar con tal de salvarse él mismo) funcionaban, de nuevo, como los dos polos opuestos del género masculino. Y no había mujeres que los quisieran a los dos de la misma manera. Estaban por un lado las fanáticas del primero, y de la vereda de enfrente las amantes del segundo.

La teoría se hizo, entonces, evidente e irreductible: están las mujeres que aman a Sawyer y están las que aman a Jack. Y eso es todo, lo demás son tonterías.

Las primeras, además suspiran por Nadal, prefieren el sex appeal de los Rolling Stones a la gracia Beatle, el lenguaje barroco de Cortázar a la poesía clásica de Borges, la sensualidad de Marlon Brando a la fina estampa de Paul Newman y el contorno de personajes como Hank Moody, John McLane o Jack Bauer por encima de un Robert Chiltern o un Charles Ingalls.

Las de Jack, en cambio, prefieren a los hombres clásicos, nobles, distinguidos. No les gustan ni los barbudos, ni los rockeros con problemitas, ni los escritores borrachos y oscuros. Piensan que las de Sawyer son adolescentes que se enamoran siempre de mujeriegos impresentables, que son adictas al rechazo y al maltrato, y que tienen problemas de autoestima. Y ambos bandos se miran con pena y ademán de superación, sin poder entender jamás las razones del grupo opuesto. Para unas, las otras son inmaduras, y para las otras, sus antagonistas son aburridas.

El estigma de Kate (la protagonista de Lost que no puede decidirse entre Jack o Sawyer) se presenta ahora ya no como el conflicto amoroso de una serie de acción americana, sino como el conflicto femenino universal por excelencia. Todas, de alguna forma u otra, alguna vez nos enfrentamos al mismo dilema. Jack o Sawyer. Sawyer o Jack.

De la misma forma que elegimos autos (un compacto simple y cómodo o un veloz descapotable colorado) o sillones (un mullido sofá de tres cuerpos o un chaise long lindo y duro), las mujeres nos balanceamos eternamente entre esas dos únicas elecciones. Para hombres o para sillones, siempre es el mismo enigma, el mismo estigma, la misma duda: el caballero perfecto o el galán imprevisible, un suizo o un español, un Beatle o un Rolling stone, un médico o un buscavidas.

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besos
kumis






Puntaje:


7 - sradecazau el 05/12/2008

MAD: Gracias por el comentario, me alegro que te haya gustado.

djuna: Hay tantas historias de celulares descompuestos. Me acuerdo cuando recién salieron, no todo el mundo los tenía y una vez iba un tarado con uno de juguete haciéndose el canchero, se desmaya alguien en la calle cerca de él y le pidieron el celular para llamar una ambulancia..................... te imaginarás el papelón que pasó. Y es cierto, hasta salió en el diario El Día de La Plata.

kumis: Hermoso lo que escribiste, ¡claro que me gustó!

Besos a todos.

Marta

Puntaje:


 

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