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lisita | 18/02/2008 | 13:07 hs

El dilema moral de la foto de Kevin Carter

Esta nota sirve para debatir sobre el fotógrafo ganador del Pulitzer y su polémica imagen, y además abre una discusión más amplia.

Tags: etica, fotografia, kevin carter, sudán, africa, desnutrición, pulitzer, suicidio
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       10 comentarios

Foto ganadora del Premio Pulitzer, de una niña sudanesa rendida por el hambre mientras un buitre acecha.

Escrita por: John Carlin 18/03/2007 

 La imagen de ese buitre acechando a una niña moribunda en África le persiguió en vida. Con ella atrapó el Pulitzer, pero también la maldición de una pregunta: “¿Qué hiciste para ayudarla?”. A Kevin Carter, cronista gráfico de la Suráfrica del 'apartheid', la presión le empujó al suicidio. Un periodista testigo de aquellos años rememora su figura.

La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión

Un hombre blanco perfectamente bien alimentado observa cómo una niña africana se muere de hambre ante la mirada expectante de un buitre. El hombre blanco hace fotos de la escena durante 20 minutos. No es que las primeras no fueran buenas, es que con un poco de colaboración del ave carroñera le salía una de premio, seguro. Niña famélica con nariz en el polvo y buitre al acecho: bien; no todos los días se conseguía una imagen así. Pero lo ideal sería que el buitre se acercara un poco más a la niña y extendiese las alas. El abrazo macabro de la muerte, el buitre Drácula como metáfora de la hambruna africana. ¡Ésa sí que sería una foto! Pero el hombre esperó y esperó, y no pasó nada. El buitre, tieso como si temiera hacer huir a su presa si agitara las alas. Pasados los 20 minutos, el hombre, rendido, se fue.

No se debería de haber desesperado. Una de las fotos se publicó en la portada de The New York Times y acabó ganando un premio Pulitzer. Pero incluso así se desesperó. Y mucho. El hombre blanco era un fotógrafo profesional llamado Kevin Carter. A los dos meses de recibir el premio en Nueva York se suicidó.

Hay dos preguntas. La primera, ¿por qué se suicidó? La segunda, ¿por qué no ayudó a la niña? La respuesta a la primera es relativamente fácil. La respuesta a la segunda es más interesante. Remontemos.

Kevin Carter nació en Suráfrica en 1960, dos años antes de que Nelson Mandela empezara su condena de 27 años de cárcel. Al llegar a la adolescencia empezó a entender que ser blanco en Suráfrica significaba ser una de las personas más privilegiadas de la Tierra y, al mismo tiempo, cómplice de una atroz injusticia. Cumplidos los 24 años, Carter descubrió que el periodismo era el terreno donde libraría su guerra particular contra el apartheid.

Comenzó su carrera en 1984, cuando las poblaciones negras en las periferias de las grandes ciudades -como Soweto, que estaba al lado de Johanesburgo- se convirtieron en campos de batalla. Jóvenes militantes negros, cuya única fuerza residía en su ventaja numérica, lanzaban piedras a los policías y a los soldados, que respondían con gases lacrimógenos, balas de goma o balas de verdad. Cientos murieron, miles fueron encarcelados. Soweto ardía, y allá, casi permanentemente instalado, estaba Carter, fotógrafo novato de The Johannesburg Star, expiando su culpa.

La gran ironía de la historia reciente de Suráfrica es que cuando salió Mandela de la cárcel en 1990, cuando empezó el proceso de paz que condujo cuatro años después a la democracia, se desató una violencia mucho mayor. Durante casi la totalidad de aquellos cuatro años, Soweto y otra media docena de poblaciones negras en los alrededores de Johanesburgo vivieron una anarquía asesina demencial, nutrida por opositores al proyecto democrático, en la que murieron unos 12.000. Allí, una vez más, estaba Carter. Todos los días. Se presentaba temprano por la mañana a los campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a sus lugares de trabajo.

Yo también me presentaba allí, pero con menos frecuencia y más tarde. Siempre que llegaba a estos lugares, en pleno tiroteo o minutos después de una masacre, ahí veía a Kevin Carter, sudado, polvoriento, bolso sobre el hombro, cámara en mano. A él y a sus tres amigos fotógrafos, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva. Les llamaban a los cuatro “el Bang Bang Club”. Hacían fotos espeluznantes y se exponían a peligros extraordinarios. Yo había llegado a Suráfrica en 1989 tras seis años cubriendo las guerras de Centroamérica. Vi pronto que daba mucho más miedo estar en 1992 en un lugar como Tokoza o Katlehong, a escasos kilómetros de Johanesburgo, que en 1986 en los frentes del oriente de El Salvador o el norte de Nicaragua. Porque en los lugares donde los negros, animados por los blancos, se masacraban podía pasar cualquier cosa en cualquier momento y en cualquier lugar. Con un Kaláshnikov, una lanza, un machete o una pistola. Ahí trabajaba Carter. Ahí se pasaba desde las cinco de la madrugada hasta el mediodía haciendo fotos de gente matando y de gente muriendo.

Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional. No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión. Carter y sus tres camaradas dormían poco, además, y consumían drogas de todo tipo. Pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes. Si se hubiesen detenido un instante a reflexionar sobre lo que hacían, si hubiesen permitido que los sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo. El entorno era alocado, pero el trabajo era importante. Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia. Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.

En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vio a la niña y el buitre. Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida.

Por eso no hizo nada para ayudar a la niña. Porque si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto. Porque había llegado al límite de sus posibilidades.

El problema era que la gente normal, empezando por su propia familia, no lo entendía. Fuera donde fuera, le hacían la misma pregunta. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Se convirtió en un agobio, una pesadilla. Los únicos que no le hacían la pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.

En abril de 1994 le llamaron desde Nueva York para decirle que había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza. Toda la emoción reprimida a lo largo de cuatro años salvajes explotó. Carter se quedó destruido. Lloró como nunca y lamentó amargamente que la bala no hubiera sido para él.

El mes siguiente voló a Nueva York, recibió el premio, se emborrachó, incluso más de lo habitual, y volvió a casa. La guerra se había terminado. Mandela era presidente. Suráfrica tuvo su final feliz, pero la vida de Carter dejó de tener mucho sentido. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando, pero, perseguido por la muerte de su amigo y -ahora que se había quitado la coraza- la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Llegaba tarde a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho. Y tenía problemas en casa: deudas, desamor...

El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter se fue a la orilla de un río donde había jugado cuando era niño, antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia. Y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte.

 

 

Vía: http://www.elpais.com/articulo/paginas/fotografia/pesadilla/elppor/20070318elpepspag_10/Tes 

 



El dilema moral de la foto de Kevin Carter fue publicada por lisita el 18/02/2008 a las 13.07 en Cultura. Ha sido marcada con los tags etica, fotografia, kevin carter, sudán, africa, desnutrición, pulitzer, suicidio y recibido 10 comentarios.

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1 - LoboEstepario el 18/02/2008

Esta es la tercera vez (hasta donde tengo conocimiento) que se publica una nota sobre el tema de la fotografía. Yo mismo tengo un borrador que no llegué a terminar porque no podía encontrar las palabras adecuadas para expresarme. La primera, de Nico, (http://www.igooh.com.ar/Nota.aspx?IdNota=5983) transcribe un artículo publicado en la Nación por Esteban Peicovich; la segunda, de AnitaFernandez, (http://www.igooh.com.ar/Nota.aspx?IdNota=16932) , pide que ayudemos a los niños.

El tema que planteás sobre el dilema moral resulta por demás interesante y difícil. Se puede caer en el facilismo de lapidar al fotógrafo sin más; ví un título en Google donde lo llaman Judas...
Yo, si bien no puedo arribar a ninguna conclusión, no caería tan rápido en calificativos fáciles propios de un burgués que conoce la guerra solo por las películas. Cualquiera que ejerza el oficio de Carter tiene que tener una defensa alta contra el sufrimiento y la injusticia, un enorme inmunidad ante el atroz absurdo que representa el hombre para el hombre.
Si el fotógrafo estuvo veinte minutos esperando que el buitre abriera las alas para “terminar” la imagen, sin duda es muy lamentable, pero ¿quién puede saber que se siente y se piensa en esos escenarios? Hagamos el planteo mental de estar en esa situación u otras más aberrantes (por ejemplo: un niño serbio es clavado vivo a una puerta con la bayoneta de un soldado para que éste pueda violar cómodamente a la madre) y pensemos si podemos dar una opinión ecuánime.

Carter hacía un trabajo necesario, si tenía interés en el dinero o el Pulitzer no lo sé ni me importa demasiado, no se puede pedir todo de alguien que se juega la vida en dejar testimonio de la barbarie de la condición humana. Porque él, la niña y el buitre ya murieron, pero la foto sigue ahí ; la han visto millones de personas y hechos como el retratado se repiten a diario miles y miles de veces en los más variados lugares del mundo, lo que constituye el verdadero dilema moral del tema: que ni Carter, ni el cuervo, ni la niña hayan servido para nada más que generar un espanto intelectual que se olvidó a poco de dar vuelta la página.

Gracias por la nota.


PE: Lisita, si te interesa el tema, te recomiendo fervientemente la novela “El pintor de batallas” de Arturo Pérez-Reverte, nacida de sus años de reportero gráfico de guerra..

2 - lelolas el 18/02/2008

opino igual mi estiado lobo...no me quedaria tanto en el dilema moral del fotografo, quien estaba en un momento y lugar determinado, o de quienes entregan los premios. Debemos mirar mas alla, siempre dicen que una imagen vale mas que mil palabras, bueno...que nos dice esta imagen...!

3 - djuna el 18/02/2008

Gracias lisita por esta excelente nota.Y decis bien abre un gran interrogante nada menos que sobre los limites entre profesionalismo y posturas eticas.Necesito pensar un poco mas lo que se me ocurre,prometo no tardar demasiado.Excelente.Besos PS:tambien hoy posteo Alvaro una nota sobre la Africa violenta.

4 - AnitaFernandez el 18/02/2008

Un texto, para mi, revelador...... no sabia de la vida aproximada de este hombre.
Yo solo se, que no podria hacer ésta tarea si el costo es no ayudar... eso es lo único que me queda claro.
También me queda la frase de lobo.... la imagen sigue alli y la ven millones de personas (eso puede ayudar a entender el grado de sufrimiento muchos).
Pero.... dejar morir a alguien indefenso.. pudiendo ayudar...?... realmente alguno de nosotros puede tener tal duda ...?... No, esta respuesta no es simplista... es lógica dentro del amor....pimero el ser humano, luego... todo el resto.
Un saludo a todos....
Dani.

5 - Alita el 18/02/2008

De nuevo esta foto en Igooh...la vi antes en la nota de Dani que cita Lobo. No había leído la nota de Nico...gracias Lobo por el aporte...me pareció muy interesante, así como los comentarios que aparecen en ella.

Me indigna esta foto...no la soporto...me duele y me da vergüenza

Y lo que más me indigna es que en ese momento había un ser humano delante de esa niña, convertida en alimento de ese buitre, y que este ser humano estaba tras un lente...soportando esa visión.
No creo que se pueda ni que se deba tener estómago para resistir eso...por más explicaciones que uno encuentre, ningún argumento justifica esta imágen.
Me resulta rebulsivo y humillante para esa niñita...

Y me indigna más el saber que Carter no hizo nada por ella...a lo mejor si hubiera hecho algo por la niña después de tomar la foto, otra sería la discusión.
Alita

6 - LoboEstepario el 18/02/2008

AnitaFernández, ¿de qué amor podemos hablar si lo retratado sigue ocurriendo como antes del a foto? Y no quiero extenderme más sobre otros horrores aún peores, de los que dí un ejemplo. Carter pudo haber sacado la foto (hubiera ganado el Piltzer igual), matado al buitre y llevado a la niña al comedor, que según la nota de Peicovich estaba a cien metros. No lo hizo y pagó su desamor suicidándose. No lo juzgo. Punto.
Mi pregunta va más allá y tal vez me voy del tema de la nota. Juzgar la actitud de Carter es fácil, objetivamente es condenable. Pero lo mío es más profundo: esa foto juzga (y sentencia) a la humanidad entera en su triste condición. Porque que pasen esas cosas no le interesa a nadie con poder de decisión, es más, está dentro de los planes de las grandes potencias por más que se escuden detrás de organizaciones hipócritas.
Sería un riesgo que tantos seres hoy abandonados de todo tengan asegurada la supervivencia y ni que hablar la educación, no olvidemos que el "primer mundo" representa una ínfima cantidad de la población mundial y para mantenerse necesita "tener a raya" a aquellos que quieren una vida simplemente digna. Hay otras foto célebre donde un morochito de esos que quieren "invadir" España llega sin aliento a una playa, y un poco más lejos y fuera de foco hay dos señoritas en malla tomando sol en una reposera.
No sé ustedes, pero a mí suele avergonzarme pertener al género humano.
Podría seguir muchísimo más, pero lo dejo acá, tal vez luego me siga descargando, ya que como dije en mi comentario anterior, quise hacer un artículo sobre esa foto y no pude.

7 - djuna el 18/02/2008

Intente el ejercicio de imaginarme en esa situacion o en una menos cruenta y no hay profesionalismo, murallas de una supuesta objetividad que valgancomo excusa para la inaccion.Ante el horror solo hay un camino: abrazar a la niña y socorrerla.

8 - LoboEstepario el 19/02/2008

"Una muerte es una terrible tragedia, un millón de muertes un dato estadístico" - Benito Mussolini

9 - AnitaFernandez el 19/02/2008

Lobo... mire ... no se ponga mal... sabe que pasa .. el tema en si es complicado.. y ampliio... tiene muchos puntos.. muchas ramas... Como Ud dice... por ej... a nadie con poder de decisión le importa... y es verdad... y estoy de acuerdo y da muchisima bronca... que quiere que le diga... y cuando quiera seguimos esto porque no es solo Africa.. es el mundo.. bien nombra al hombre que llega a España.... y tenemos las pronvicias argentinas... y los paises subdesarrolados.. donde la gente muere..con mejores posibilidades de subsistencia.. y aún así lobo... no tienen comida.. no tienen medico.. no tienen nada.... y aqui estamos mas cerca incluso.
Ese tema.. y muchos que rodean al mismo tema que es la muerte y sufrimiento de grandes masas de personas... son de amplisimo espectro para conversar..

Ahora... vayamos a una simple acción humana lobo.. es una sola.. es simple es aislada.... es de una sola conciencia... Este hombre.. podria haber sacado esa foto.. y luego ayudado a la chiquita aunque muera mas tarde porque ya no daba mas... Bien, ese hombre, hubiera ayudado a la niña.... y a el mismo...
Finalmente... en cuanto a la profesión.. en estos terrenos... nunca se sabe si la nota de uno.. o la foto... o el video.. va a ayudar a alquien finalmente.. como saberlo...?.. Sin embargo.. una acción personal... es segura y real. aunque sea mínima...
Y de hecho.. si muchas acciones minimas se sumaran..... las cosas serian distintas..
Yo se.. que ud lobo.. no hubiera dejado de ayudar a esa niña... estoy segura.
Un saludo grande.. y lo quiero mucho.. no se enoje.. son temas complicados y hay muchas aristas para abordar.
besos para todos.
Dani.

10 - GARUS el 15/07/2008

Buenas tardes a todos.
Me acabo de dar de alta porque después de leer la historia de Kevin Carter y los comnetarios que ha provocado su foto se me vino una idea a la cabeza.
A nadie se le ocurrió pensar que después de tantos años de ver las cosas que vió Kevin a travéz de su lente la escena de la niña y el buitre no fué más que el motivo exacto para poder matarse ?
Yo creo que cabe la posibilidad de que ya no pudo manejar tanto dolor y tanta impotencia y solo pensó en esa foto como una ayuda de concientización de la gente ante el hambre y al mundo, y de paso el mismo daría motivo para tener un buen justificativo para poder quitarse la vida sin más ni más.
No olviden que detrás de esos fotógrafos hay un gran instinto destructivo o suicida, de otra manera no elegirían ese tipo de terreno en su trabajo.
En fin, sin lugar a dudas un tema que da para muchos cafés, pero solo quise esternar esa pequeña pero íntima posibilidad sobre el siempre triste final de un a persona.
Si la ayudó o no, no lo sabremos, si decidió darle mayor valor a la foto por una cuestión mundial y no ayudar, allá él y su alma, lo que sí tengo claro es que desde el puntos de vista que se mire todo este asunto, él y los que hacen esos trabajos son personas especiales y sin ellos no veríamos jamás las coas que ocultan los hombres poderosos que manejan y controlan al mundo.
Yo en lo peronal uso mucho esa imágen para enseñarsela a los amigos que muchas veces se quejan del trabajo, del dinero o de que algo raro le suena al coche.

Gracias.

Mariano

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