Por Ignacio Escribano
Nos guste o no, el fútbol es mucho más que un deporte. Ese jueguito, que a fin de cuentas no consiste en otra cosa que en la de chantar una esfera de cuero en el arco del rival, desvela a grandes y chicos, ricos y pobres, maquiavelos y estafaos…
Sí, aunque parezca mentira, en países como el nuestro -y en tantos otros-, el orgullo, la confianza, el honor y la mismísima autoestima de miles de seres transformados entra a rodar, y es puesta en juego, tras el pitazo inicial de cada disputa del equipo nacional. Hermanados bajo los colores de una camiseta hecha bandera, y por la módica suma de noventa minutos, pueblos enteros se hacen uno. Los jugadores son su estandarte. Quien los dirige, su embajador a imitar.
Las declaraciones de prensa que dio Maradona tras el partido con Uruguay -y aclaro, no me siento un periodista- me llenaron de tristeza y preocupación. Básicamente, por dos motivos.
Uno, por ver a un ser tan querido fuera de sí, fuera de su centro, henchido de una actitud desafiante y pendenciera, como orgulloso de su desdeñosa altanería. Dos, porque a pesar de todo el cariño que se le pueda tener a un semejante, más allá de quien sea, de lo que haya hecho o dejado de hacer, es inevitable reconocer que para ocupar un lugar de privilegio como el que a él se le ha otorgado, no basta con conocer de asuntos meramente futbolísticos. La vida es mucho más que un resultado y que veintidós jugadores tras un balón.
A Maradona, sólo por su verborragia de ayer, no se le debería renovar el contrato para continuar como director técnico de la selección. Por su bien, y por el bien de su pueblo.
Es imperioso volver a sentirnos orgullosos de una sociedad sin violencia y distinguir, en el cargo que sea o la disciplina que fuera, a todas aquellas personas competentes, claro, pero que nos lleven además hacia una nueva dirección de compasión, respeto, ecuanimidad…
La figura provocadora, jactanciosa, retadora, que busca riña, que se fanfarronea y vanagloria en la bravuconada como disciplina olímpica, no le es ajena al pueblo argentino. Maradona no es más, en suma, que la coronación de mucha de sus gentes. Lo corroborará el hecho de que continúe como DT en el mundial de Sudáfrica.
De lo contrario, con todo el amor, el dolor y el respeto que él, y cualquier ser humano se merece, se le dirá que por favor dé un paso al costado. Y, eventualmente, se le brindará todo el apoyo y la ayuda que fuesen necesarias.
Imaginemos una sociedad donde los chicos y grandes se sienten orgullosos de alguien, quienquiera que fuera, no precisamente por ser dúctil en insultos y atropellos, o por sus cualidades de matón, sino porque su sola existencia enaltece la vida. Imaginemos un país donde se valora más la sonrisa franca y la mano amiga que el ceño fruncido en provocación defensiva y amenazante.
Hemos perdido el orgullo en los valores humanos y lo hemos puesto en lo más degradante del ser humano. No hay malas personas. Detrás de cada culpable hay una víctima. Pero tampoco hay nada para festejar cuando aquello que llamamos triunfo no proviene de un espacio de paz, ni amor ni verdadera felicidad en el corazón.