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Profetadeloobvio | 09/11/2009 | 23:51 hs

En Haedo también había un general

Cuento

Tags: general, infancia, travesti, haedo, cafe, bar, domingo, ciudad, falcon, verde, cuento
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El sol de agosto entibiaba la mañana mientras yo esperaba mi segundo cortado. Prefiero el jarrito de vidrio al de cerámica. Se puede apreciar la superposición de colores en tenso equilibrio; desde el espumoso blanco de la leche en la superficie hasta el terroso marrón de la borra en la profundidad del recipiente.

Definitivamente me gustan las mañanas de domingo, transitan pocos autos y el ruido urbano baja a decibeles casi imperceptibles. Suelo buscar un bar con mesas en la vereda y allí me instalo, a leer el periódico y a observar la calle.

Es una de las oportunidades en que siento pertenencia con esta ciudad que generalmente, se me presenta hostil.

También puedo percibirla cuando camino por Corrientes mirando librerías o paseo en bicicleta por los bosques de Palermo ó como ahora, cuando sentado a la mesa de un Bar observo su arquitectura.

En eso estaba, revolviendo el cortado con cuidado para no disolver la espuma y mirando de tanto en tanto alguna fachada, cuando lo vi.

No me costó reconocerlo, sin duda alguna era el general, pero si me sorprendió encontrarlo allí después de tantos años.

Estaba a pocos metros, en la vereda de enfrente como esperando algo o a alguien.

Miró su reloj y comenzó a caminar hasta la esquina, cruzo la avenida y se sentó en un banco que mira a la calle, en la plaza ubicada frente al Bar donde yo revolvía con cuidado mi cortado para no disolver la espuma.

“Mira… el general….” pensé; en ese diálogo mental que a veces tenemos con nosotros mismos. ¿Cuántos años habían pasado? ¿Veinte… tal vez veinticinco?

Aunque hacía años que no escuchaba hablar de él, la figura del general me retrotrajo inmediatamente a mi infancia; a los calurosos veranos en Haedo, en casa de mis tíos.

Las tardes casi eternas transcurridas en la calle, entre partidos de fútbol, juegos de figuritas, carreras repentinas, o simples charlas a la sombra de algún árbol.

La casa del general estaba a dos cuadras de la de los tíos y a una del baldío en el que con ayuda de los más grandes, habíamos armado una respetable cancha de fútbol que tenía los arcos hechos con tirantes de madera, que había conseguido el hijo del carpintero, al que apodábamos Tablita.

Era un chalet que ocupaba toda la esquina, con techo de tejas rojas y ladrillo a la vista. Al frente tenía un jardín que se caracterizaba por su prolijidad. Una pared que daba a una de las calles laterales albergaba la entrada para autos, de reja negra y con una lona verde para impedir la vista al interior.

Cada tanto la esquina se llenaba de autos, mayoritariamente de los que después pasarían a la historia como “falcon verdes” y hombres de bigotes espesos y anteojos negros ingresaban a la casa del general a disfrutar en apariencia de un asado organizado por el dueño de casa.

El general era un personaje en el barrio. Con el tiempo comprendí que era más temido que respetado. Desde siempre circulaban anécdotas que lo tenían como protagonista en situaciones ligadas a hechos de violencia y hasta se decía que tenía varias muertes en su haber.

Me pregunté mentalmente qué estaría haciendo por aquí mientras lo observaba. Si bien conservaba su aire soberbio y el rictus en la cara que siempre tuvo, sentado en el banco de la plaza se lo veía como empequeñecido, avejentado, no supe calcular cuantos años tendría pero me vino a la memoria una oportunidad en que lo tuve cerca.

Se inauguraba el nuevo edificio de la Sociedad de Fomento y casi todos los chicos del barrio habíamos asistido. Algunos llevados por sus padres y otros solos porque teníamos el dato que regalarían golosinas y así fue.

Teníamos los bolsillos abarrotados de alfajores, chupetines y caramelos, estábamos en el hall de acceso donde el Intendente había terminado su discurso, cuando el general pidió la palabra.

No recuerdo exactamente que fue lo que dijo pero si que se hizo silencio y el general comenzó a hablar. Felicitó al intendente por su discurso y por la gestión que llevaba adelante. Yo no estaba muy atento porque me dedicaba a contabilizar mi botín de golosinas, pero si tuviera que citar algunos párrafos podría decir que en algún momento el general mencionó valores cristianos, moral y costumbres del barrio. También se refirió a la manzana que pudre el cajón pero no entendía mucho de que estaba hablando.

En un momento presté atención. No voluntariamente sino obligado por la circunstancia. El general se había desplazado y quedó parado detrás de nosotros.

Sentí que una mano firme y pesada se posaba en mi hombro y me guiaba unos pasos hacia delante. Gire la cabeza hacia la derecha y me encontré con el rostro de Tablita, poco menos que aterrorizado.

El general nos había tomado por el hombro a los dos, en una especie de abrazo paternal y nos había llevado unos pasos hacia delante.

Creo que la situación no me generó tanto temor como a Tablita, por el hecho de no ser un habitante permanente del barrio como él.

Fue entonces que escuché las palabras del general que decía: “Es por ellos, nuestros niños que debemos extremar el cuidado de la moral. No podemos permitir que el barrio se llene de comunistas y maricas.  Es un deber de todos tomar las medidas necesarias, para expulsar de nuestras calles a los indeseables.”

Así como nos había tomado el hombro, nos soltó para abrazarse con el intendente, mientras la mayoría de  los presentes aplaudía.

Aproveche la ocasión para girar hacia Tablita, pero era tarde ya se había ido a toda velocidad.

En la cena pude comprender la intervención del general, cuando escuché charlar a mis tíos con mi prima que era mayor y ya casada.

Se había referido todo el tiempo a Marisa.

Marisa era una vecina que había llegado al barrio hacía unos meses, o quizá debería decir vecino ya que era hombre pero había elegido ser travestido. Se había instalado en la vereda de enfrente de la casa de los tíos; en la casa de Doña Julia que se había muerto.

“Se había muerto” pensé, es curioso, cuando somos chicos tomamos la muerte con mas naturalidad y crudeza, sin eufemismos, la mayoría de los adultos decimos “falleció” supongo que con el tiempo aprendemos a respetarla o a temerle.

Doña Julia no tenía hijos y en apariencia Marisa era su única heredera.

Todos esos datos, los escuché de boca de mi tía Cecilia que se la había encontrado varias veces en la verdulería e inclusive habían charlado alguna vez mientras barrían la vereda.

También dijo que era una barbaridad porque no molestaba a nadie, por el contrario era muy agradable y educada.

No fue esa noche la primera referencia que tuve de Marisa, ya me había enterado de su existencia y condición en la canchita de fútbol.

Era común que cuando jugaban los más grandes, miráramos el partido sentados a un costado de la cancha, con el secreto deseo que alguno se lastime, se canse o se tenga que ir y por fin nos digan a alguno de nosotros: “dale borrego entrá”.

Era todo un mérito que los mayores te invitaran a jugar con ellos.

Precisamente ese verano se había puesto de moda entre la barra de los más grandes, -cuando jugaban al fútbol- hacer referencia a ella. Cuando alguno jugaba mal o se equivocaba se podía escuchar que alguien gritaba: “que te pasa estas pensando en Marisa”, “Te agarro Marisa anoche” ó “Ahí va tu novia” cuando circunstancialmente Marisa pasaba por la vereda de enfrente.

La arenga del general tuvo sus efectos, un par de días después al levantarnos con mis primos escuchamos que mi tío se iba a trabajar y al despedirse de mi tía dijo: “que hijos de puta, es increíble”. La explicación la tuvimos cuando salimos a la calle, en el frente de la casa de Doña Julia se podía leer: “puto inmundo andante” escrito con aerosol.

La inscripción permaneció algunos días hasta que aparecieron dos pintores que la taparon al pintar el frente de la casa.

Pero no fue el único mensaje que recibió Marisa, a la semana el aerosol fue reemplazado por balas; una madrugada entre el paso veloz de un auto y el ladrido de los perros balearon el frente de la casa de Doña Julia.

Dejamos de ver a Marisa y sobre el final del verano cuando yo estaba por volverme a Capital vinieron a reparar y pintar nuevamente el frente, pero esta vez pusieron un cartel de venta. El general había triunfado.

Volví de mis pensamientos, sin darme cuenta había terminado el segundo cortado. Tomé un poco de agua para refrescar mi boca que se había secado.

Mire nuevamente al banco de la plaza pero el general ya no estaba, lo busque con la mirada y lo encontré, estaba cruzando la avenida que separaba la plaza del bar como viniendo directamente hacia mi.

Su paso era decidido pero algo lento, miraba insistentemente hacia la esquina donde  había estado parado, llevaba cruzada más de la mitad de la avenida cuando el semáforo comenzó a cambiar de color. El automóvil que estaba más cercano a la vereda del Bar demoró su arranque para que el general pueda terminar de cruzar, pero él ni siquiera percibió el gesto.

Pude ver nuevamente sus rasgos con mayor definición, tenía la corbata ligeramente torcida.

Un repentino ruido distrajo mi atención  y todo sucedió como en cámara lenta.

Era un chillido agudo que precedió a un automóvil azul, que apareció justo en el espacio que había entre el cordón de la vereda del Bar y el automóvil que había dado paso al general.

Pude ver como el cuerpo del general se adaptaba a la forma de la trompa del automóvil, permanecía así unido unos instantes y después salía despedido y levantaba vuelo.

Como hipnotizado seguí su recorrido con la mirada, cruzó la calle en el aire, pego contra el todo y cayó pesadamente sobre las herramientas y máquinas que se exhibían en la vereda de la ferretería de la esquina.

La misma esquina donde lo había visto esperar algo o a alguien hacía unos minutos.

Me paré instintivamente, se escuchaban gritos de histeria y desesperación. Pude distinguir entre el griterío las frases: “que horror” y “lo mató, lo mató”. Me abrí paso entre las mesas y crucé la calle; en el camino encontré la gorra del general y la levanté.

Cuando llegué al lugar varias personas rodeaban al general, no se si el morbo o la curiosidad me llevaron a pedir permiso. Un hombre me vio con la gorra en la mano y comenzó a gritar: “abran paso”; la gente se abrió dándome paso y lo vi.

Estaba tirado en el piso al lado de una carretilla volcada, parte de su cuerpo estaba sobre una escalera de metal.

Me agaché, estaba sangrando en varias partes del cuerpo, tenía un corte profundo en la frente, había perdido los zapatos y su brazo izquierdo estaba doblado en zigzag producto de la fractura.  Pero estaba vivo, aún con dificultad respiraba y en cada exhalación emitía un quejido. Espontáneamente le dije: “tranquilo general” pero no me animé a tocarlo.

Alguien se agachó a mi lado, era un policía que me dijo: “ya pedí un móvil y una ambulancia ¿sos familiar?” Le respondí que no, que lo conocía de vista.

No se si la palabra “familiar” del policía se escuchó más que mi aclaración, pero se empezó a escuchar un rumor a mi alrededor, en el que pude distinguir la frase “pobre muchacho… es el papá”.

Dije dos veces “no es mi papá” en voz alta pero nadie pareció escucharme, el morbo colectivo necesita que las tragedias sean lo mas dramáticas posibles.

Llegó la ambulancia, la gente abrió paso por orden del policía y una joven doctora con la ayuda de un enfermero comenzó a examinar al general con cara de preocupación.

Supongo que habrá escuchado el murmullo al llegar porque me preguntó si era el hijo.

Volví a aclarar lo mismo, la doctora me dijo: “no importa, acompañanos así nos ayudas a ubicar a la familia”. En segundos le pusieron un cuello ortopédico y lo montaron a la camilla. Lo estaban subiendo a la ambulancia cuando un hombre mayor se me acercó.

Traía en sus manos los zapatos del general y palmeándome el hombro me los entregó y me dijo: “fuerza pibe”.

Los tomé, iba a aclarar por enésimas vez que no era mi padre cuando el enfermero desde dentro de la ambulancia me gritó: “Dale subí que nos vamos”

La ambulancia arrancó, yo observaba en silencio el procedimiento médico; ya le habían puesto una mascarilla y suero. El enfermero le saco sangre y después vació la jeringa en un frasco con líquido, al cabo de unos segundos dijo: “0 positivo”.

La doctora se comunico a través del radio: “Móvil 7128 en traslado, accidentado para cirugía urgente y transfusión 0 positivo” del otro lado se escuchó un metálico “Oka 7128”

“¿Se lo sacamos?” preguntó el enfermero

“No se, hay que ver como esta, por ahora cortale el pantalón”

Ambos hablaban en voz alta por el sonar de la sirena.

El enfermero corrió una sábana que cubría al general hasta la cintura. Sólo entonces pude darme cuenta de algo que antes no había notado. Del costado del muslo derecho del general salía una varilla de aluminio que se había incrustado en su pierna. Inmediatamente pensé en la escalera de metal sobre la que había quedado tendido.

El enfermero cortaba con habilidad el pantalón del uniforme. Cuando terminó, de un tirón dejó la cadera del general al descubierto y los dos nos miramos con sorpresa.

El general no llevaba ropa interior, o mejor dicho no llevaba ropa interior de hombre, tenía puesta una bombacha roja de encaje que contrastaba con su piel blanca y lampiña.

El enfermero codeó ligeramente a la doctora que buscaba algo en un maletín, al ver ella al general, se miraron, después ambos me miraron por un segundo a mi, yo quedé mudo y  ellos rápidamente volvieron a su tarea.

Miré nuevamente la bombacha y miré la cara del general. Tenía el ceño algo deformado y fruncido, de pronto abrió los ojos o mejor dicho un ojo porque el otro lo tenía completamente cerrado por la inflamación que bajaba de su frente.

Su mirada era desesperada y me pareció que quería hablar.

La doctora y el enfermero manipulaban y estudiaban la herida; los iba a interrumpir pero no lo hice, acerqué mi oreja al general y levante ligeramente la mascarilla.

Pude escuchar que en un quejido dijo: “silencio… carajo”; solté la mascarilla que golpeó contra su boca y se empañó con su último aliento.

Ni la doctora ni el enfermero me escucharon cuando les dije: “el general se murió”



En Haedo también había un general fue publicada por Profetadeloobvio el 09/11/2009 a las 23.51 en Sociedad. Ha sido marcada con los tags general, infancia, travesti, haedo, cafe, bar, domingo, ciudad, falcon, verde, cuento y recibido 0 comentarios.

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