Una de las cosas más molestas de la educación de uno mismo ha sido la percepción del límite, no porque sea evidente sino más bien porque nos lo han inyectado a palos.
¿Quién no se acuerda la manera como aprendimos a conocer que hay cosas que no se deben hacer, pensar, sentir o probar?
Algunas útiles, como “no metas el dedo en el enchufe”, otras imposibles como “no desearás a la mujer de tu prójimo” (¿aún cuando no sepamos si existe tal prójimo?)
De todas maneras en nuestro crecimiento todo eso pesó, y así transcurrimos a veces obedeciendo y a veces no. Falseando nuestro propio sentido empático cuando a la hora de “educar” a nuestros propios hijos nos hemos limitado a repetir –y a veces superar- los molestos mandatos que tanto odiábamos.
Lo que sí podemos asegurar es que, de una u otra manera, todo ha ido conformando ese ser moral personal que todos guardamos muy dentro y que nos lleva a actuar como actuamos.
Lo que no podemos negar es que se nos ha ido forjando así una personalidad prejuiciosa, que según de quién se trate nos configura como alguien molesto en función de las relaciones sociales. Porque es fácil bajar línea cuando se trata de hijos o personal dependiente, pero la cosa se complica cuando los interlocutores son supuestamente iguales a nosotros. Y entonces ahí, habrá que aguantar lo impiadosa que puedan llegar a ser las reacciones. Claro: si hay posibilidad de reaccionar.
Una de las diversiones favoritas de mucha gente -digamos chistosa- era hacer un llamado telefónico onda Tangalanga para tomarle el pelo al interlocutor en base al supuesto anonimato que daba la ausencia de registro posible. Una cuestión hoy casi desaparecida por obra y gracia de una tecnología distinta, que rastrea y te informa cómodamente cualquier llamado en su origen y contenido, tanto inmediato como histórico.
Desde la aparición del e-mail, sin embargo y hasta nuevo aviso, existe la posibilidad de enviar y recibir cantidades fantásticas de mensajes imprevistos y hasta sorprendentes. Como los presuntuosos PPS, esas presentaciones repletas de paisajes y frases convencionales, que pretenden cambiarte la vida con autoayuda no solicitada.
Igual que hacían nuestros padres, maestros, sacerdotes o pastores, políticos y hasta presentadores de tv, este “socialismo” producto de estar enredados gracias a las redes sociales, sistemas de mails y otras lindezas actuales nos han vuelto a recordar las ventajas que traería el “ser buenos, éticos y… en fin… portarnos bien”.
¿Puede haber alguien que todavía no los haya recibido? Con la misma impunidad, estos nuevos tangalangas se te meten en tu computadora para convencerte con su prédica.
Hace poco un amigo me envió un email algo ingenuo en el que osaba recordar que me envía cientos de PPS que él considera buenísimos. Agregó, por suerte, preguntar si no me molestaban. ¡Sí!, le contesté al toque; hace tiempo que no nos vemos pero sigo siendo el mismo gran descreído de siempre en cualquier tipo de credo o superstición, así que te pido que no insistas más transfiriéndome con tanta facilidad esa enorme cantidad de fórmulas para forzarme a ser aún más feliz de lo que ya soy con mi condición de incrédulo.
Una moda tal vez atada a gente que va ingresando en este curioso mundo de internet, sumada a gente que va aprendiendo todas las “cosas lindas” que puede hacer con el Power Point, un sistema que inventó la gente de Microsoft para facilitar las presentaciones orales de los expositores, y que algunos encontraron divertido para funciones tan contra-natura.
Para esto quedaría una solución anti-sistema: aprender Power Point y cambiar los contenidos aleccionadores por otros catastróficos, con música aberrante y fotos estrambóticas, como venganza. Claro que sería tristísimo comprobar el efecto contrario; que lo no logrado con nosotros si lo consiguiera nuestro trabajo con otros, y todos nuestros amigos se fueran convirtiendo en turros gracias a nuestra prédica…