Por Ralf Pascual
Iba a ser un yacimiento millonario, con un espectacular oleoducto de Burgos a Bilbao. Pero, al cabo de los años, los vecinos del páramo de la Lora se han encontrado, nunca mejor dicho, su gozo en un pozo. Ésta es la historia de la mini-Texas española.
Un charco negro y viscoso en mitad de un patatal. Así empieza la historia del yacimiento de petróleo más prometedor que ha tenido España. Una bolsa del Jurásico en un páramo de Burgos con un potencial de cien millones de barriles que apenas ha servido para que el cura de Sargentes de la Lora encienda gratis las lamparillas del altar desde los años 60. Un cuento de la lechera que se resiste a recibir el colorín colorado por una mezcla de nostalgia y empecinamiento. Que el precio del barril esté en máximos históricos (76 euros) no quita el sueño a los 14 empleados de la explotación petrolífera más antigua de España y, quizá, la más curiosa del mundo. Da igual que Irán amague con sus delirios nucleares, que la tensión en el Líbano ponga los mercados internacionales al borde de la taquicardia o que los príncipes de Arabia Saudí abran o cierren a su antojo el grifo de sus exportaciones. Nada turba la paz en Valdeajos, la Lora y Ayoluengo, una modesta y raquítica Texas en miniatura made in Spain.
Primero llegaron los ingenieros. Hicieron sus cálculos y prospecciones. La geología invitaba a soñar. ¡Y de qué manera! Un área de 460.000 hectáreas rica en gas natural (un indicio casi inequívoco de que el oro negro estaba cerca). Después acudieron los políticos. Era el año 1963 y el régimen, con don Manuel Fraga como ministro de Información y Turismo, vendió a bombo y platillo la idea de una España energéticamente autosuficiente. La púa más sangrante en la balanza de pagos del país (la factura de la gasolina) saldada de una vez y para siempre. Por último llegaron los periodistas. ¡Paren las rotativas! Los reportajes del NO-DO de la época son de un optimismo tan eufórico que, vistos en la distancia, hacen sonreír. La telefonista del pueblo se las veía y deseaba para dar línea a las llamadas internacionales. La Lora recibió la visita de los entonces príncipes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, que se manchó el abrigo con el preciado combustible.
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