HOY RAJAMOS AL ADMINISTRADOR DEL CONSORCIO
por Carlygom
Hace varios años que escribo en igooh, y por lo tanto ya junté varios posts del tema coimas. Y que podría sintetizar en lo siguiente: “todos los argentinos somos coimeros”. Sé que es fuerte para muchos, y lo siento.
Pero tengo la esperanza de que algún día vamos a poder encarar los temas más espantosos con mayor franqueza, para si no resolverlos al menos intentarlo. Y uno de ellos va a ser este “plus” que representa tener que pagar unos pesos más para lograr algo. O tener que cobrarlos, como les pasa a algunos.
Todo esto viene a cuento de mi encuentro con Pablo, en el subte. Estoy cerca de los setenta años, y a esta edad a uno le vienen recuerdos de gente linda que conoció en el pasado pero que perdió de vista por mil y una razones. Pero cuesta un poco marcar el teléfono y correr el riesgo de enterarse de las verdaderas razones por las que uno no vio más a aquella persona.
Así que cuando se lo encuentra por casualidad y se da cuenta de que sigue igual, esto es una fiesta, y da para celebrarlo aunque sea con un café, un ratito nomás.
Pero Pablo no podía.
- Disculpame, Juanqui: voy corriendo a una reunión de consorcio, y no puedo faltar…
- ¡Uhhhh… reunión de consorcio!... si querés, te piso fuerte un callo así vas ya de arranque con suficiente mal humor…
- No va a ser necesario, porque hay una revuelta que ni te digo… vamos a sacar al administrador…
- ¡Noooo! Lo que se dice un clásico… ¿a que me imagino por qué?
- Lo pescamos coimeando…
Si el diálogo le suena familiar, es que no pretendía ser original en mi exposición. Mientras lee esto, cientos de consorcios están en la misma disyuntiva.
Pero ¿qué pasa? ¿es que ya no hay administradores que no coimeen?
Claro que puede dejar de leer esto, y correr a comprar una estampita de Lilita Carrió. Pero si sigue ahí, le voy a dar mi parecer.
Yo creo que un consorcio es un nido de gatos rabiosos, todos enfrentados entre sí por mil razones más que serias: el baterista del tercero hache, la “chica” que recibe clientes en el quinto efe, el marido que faja a su mujer en medio de grandes bataholas, el perro de la del segundo que aúlla lastimeramente cuando su dueña no está, las fiestas que arman los estudiantes del octavo, y la sangre en el ojo acumulada por cientos de pequeños actos como la rotura de vidrios en la puerta de entrada o la planta que decoraba el palier y que terminó misteriosamente desaparecida.
Este telón de fondo es el caldo de cultivo en el cual se sumerge cada reunión. Todos llegan dispuestos a cantar sus verdades, muchas veces opuestas o simplemente diferentes a las del resto de los consorcistas.
El misterio del administrador desconfiable
Mire: le voy a hacer un vaticinio. No va a pasar mucho tiempo sin que en su consorcio vuelvan a desconfiar del administrador actual. Que gasta mucho en lámparas, que no puede ser que se utilicen 50 litros de detergente por mes, que debería lograr bajar un poco el precio de los abonos, las reparaciones y los gastos. En fin…
Tarde o temprano estas auditorías virtuales que realizan algunos de los participantes estallan en escándalos insostenibles, y… de vuelta a salir a buscar un nuevo administrador.
El Consejo de Administración hace una compulsa y buscan dos, tres, cinco presupuestos… El más bajo triunfa. Alguno podría llegar a pensar que es algo sospechoso que sea tanto más bajo. Pero bueh… ahora vamos a tener nuevo administrador…
Y el ciclo recomienza. Y este nuevo designado durará un año, dos o cinco. Y de nuevo se lo cambiará por otro, también barato.
Pero el medio económico tiene sus reglas. Y sus operadores también.
Los administradores saben que si cobraran lo que deben cobrar en honorarios, NO OBTENDRÍAN NINGÚN CONSORCIO porque lo que los consorcistas reunidos quieren es pagar lo menos posible de expensas mensuales. Esa preocupación económica lleva a una resolución conjunta que es una apariencia falsa que sólo sirve para apaciguar las reuniones de tanta gente opuesta entre sí por el principio de la desconfianza generalizada.
Ahora bien: si el administrador está obligado a cobrar poco para ganar consorcios, ¿de dónde creen que obtendrá la diferencia que remunere realmente su trabajo profesional?
Ya se los digo: de la facilidad con que obtiene plus de las empresas de servicios, de la compras, de los pagos anticipados de los abonos.
¿Se debe considerar corrupción algo impuesto por una práctica comercial del mercado? En virtud de querer mejorar tales prácticas ¿alguien sabe por dónde habría que comenzar a cambiarla?
El caso no es sentirse un justiciero y salir a hacer denuncias destinadas a morir en el tiempo, sino el poder estructurar planteos que terminen con tales prácticas especiales, y –digamos- “sanear” el negocio.
Y como digo siempre que puedo “el que no intervino nunca en prácticas que mejoren su situación, que tire la primera piedra”. Aunque esas prácticas hayan sido simplemente zafar de una multa o conseguir buena ubicación en un espectáculo.