Debo reconocer que a veces me equivoco, y mal. Si bien en el caso que voy a exponer se trata de un reconocimiento tardío, creo sin embargo que siempre se está a tiempo para los buenos insights.
Suelo quejarme de nuestra clase media, pero creo que esto proviene del efecto óptico de pertenecer a ella y no tener sino referentes inmediatos para cada suceso diario. Al fin y al cabo es probable que habitantes tanto del Barrio Parque como de las populosas villas porteñas logren juntar igual calidad de prejuicio y cerrada opinión sobre su propio entorno.
Lo concreto es que, a medida de que nos alejamos de los duros años de dictadura y falta de democracia que hostigara nuestro medio entre 1930 y 1982, los argentinos hemos cambiado en un sentido que llegó a ser impensable para nosotros, los de generaciones anteriores.
Toda esta cháchara viene a cuento de la noticia de hoy, en la que se muestra nuestra posición en el ranking mundial de no discriminación de las mujeres. ¡Lucimos por encima de Estados Unidos (una potencia), de Cuba (país socialista), y 40 lugares antes que Chile (país que también detenta presidenta).
Es interesante encontrarse cada tanto con este tipo de espejos. Porque mirado objetivamente, se han superado grandes abismos que impedían que las funciones laborales no fueran selectivamente ocupadas según el género.
Mi madre quedaba boquiabierta frente a los films de países socialistas en los que los autobuses eran conducidos por atentas señoras, y mi padre frente a productos de Hollywood en los que aparecían mujeres “tenientes” con uniformes llenos de estrellitas. Allá por los cincuenta, nuestro país culturalmente seguía siendo un villorrio con espíritu de aldea en el cual las mujeres sólo podían ser empleadas públicas, recepcionistas, enfermeras, docentes o mucamas.
He visto crecer las funciones laborales femeninas no sin dificultad. Hubo brechas importantes, una de las cuales ha sido política: un poco con fórceps se obligó a que las listas de elecciones incluyeran mayor proporcionalidad... Otra fue la fuerza de los hechos: hubo profesiones tradicionalmente reinos masculinos, que de a poco fueron cubriéndose de mujeres. Tal como pasó con las del mundo médico, y en especial la odontología, la ginecología o la clínica.
¿Existe hoy una actividad que sea total y exclusivamente masculina? Se me ocurren pocas, o ninguna. Pienso en la de semental, pero con el avance del clonado es probable que tampoco requiera sólo hombres...
Pero no sólo somos “friendly” en el caso de las mujeres. Argentina es considerada un puerto amigable para los gays, tanto enviados por crucero como en hoteles comunes o aquellos preparados para mimarlos especialmente. Salvo los lamentables ataques a las entidades judías, no tenemos importantes manifestaciones contra comunidades determinadas, tal vez porque la tradición inmigrante es bastante añeja y enraizada.
Las comunidades con culturas demasiado distintas son bastante soportadas, y en general no hay guerras entre subgrupos por mutuas discriminaciones.
A veces por lo experimentado en intolerancias a nivel de lenguaje entre nosotros en foros, discusiones, viajes en taxi o reuniones de consorcio, podría llegar a pensarse que nos soportamos bastante menos de lo que lo hacemos en la realidad.
Pero hay que apostar a los cambios generacionales. Los nuevos chicos que cada vez ocupan más espacios en la política, las organizaciones y organismos en general traen nuevas visiones, prácticas más abiertas, y conceptos menos retrógrados que los nuestros. Y aceptar a todo lo diferente (aceptar quiere decir en este caso soportar, no rechazar y ni siquiera oponerse para esforzarse a colaborar en integrar).
De a poco, aterrizamos en una sociedad bastante abierta, alejada de visiones cerradas, militaristas y rígidas.
Pero si bien es posible ya no asombrarse con el papel de las mujeres en cualquier tipo de función, es interesante tomar nota la utilización cada vez menor de humanos.
Las “telco” (esas multimillonarias compañías privatizadas por María Julia en los 90) han hecho desaparecer el grueso de su atención a millones de clientes, en manos de softwares que copian el look de los menúes de computación, con el inconveniente de que tenés que oír atentamente tratando de retener cuál de los números es el que te interesa digitar. Todo está previamente grabado, previsto y pre-resuelto: sólo tenés que acertar con la combinación de dígitos oprimidos que te haga arribar a la respuesta que necesitabas. No es una novedad: cuando era chico me fascinaba oir la voz grabada de la hora en el 113, preguntándome cómo había hecho la pobre locutora para no hartarse grabando durante 24 horas la monótona repetición de dígitos.