Es curioso como los argentinos pueden sentir repulsión por la costumbre de ciertos pueblos latinoamericanos de hacer caca en las calles, pero casi ni se dan cuenta que en todos los barrios chetos de su ciudad tienen que caminar sorteando también caca, claro que canina (¿será mejor?).
Todo porteño que visita pueblos lejanos siente cierto asquito por costumbres exóticas y que consideran poco aceptables, como que las vacas caminen por la calle y ni siquiera se las pueda tocar, o que a los cadáveres se los lave en el mismo río en que la gente va a nadar, o que se coman insectos o animales domésticos. Sin embargo, ninguno hace asco al consumo alimentario de vísceras indiscriminadas de grandes vacunos, algunas de las cuales como los "chinchulines" suelen conservar aromas poco sabrosos para el paladar del gourmet internacional.
Tampoco notamos la acentuada intolerancia que manifestamos hacia los olores corporales, sobre todos los ajenos. Vivimos una cultura perfumada, que ha consagrado al bidet como una especie de escultura doméstica, instalada y lista para su uso en todos los hogares. En cuanto un argentino visita Europa le desagrada la casi inexistencia de tal artefacto y el escaso uso de desodorantes axilares, evidencia que se toma en directo en cada viaje en el metro o hasta por los lugares demasiado poblados.
Estas "taras argentinas" van de lo desagradable a lo placentero con mucha facilidad. Y digo placentero porque el consumo de vísceras suele ser considerado de tan buen gusto, que basta ver el agrado conque los habitantes urbanos consumen las mollejas (glándula timo de los bovinos) o los campesinos las creadillas asadas (es decir los testículos del toro, cocinados a la parrilla).
Aunque estas son características bien de fondo de los argentinos, existen otras taras que aparecen y desaparecen, con tanta facilidad como la inflación, los cambios de moneda subsiguientes, los caos y bonanzas económicas o las tendencias mayoritarias en los procesos electorales.
Pero una muy doméstica, también recurrente y muy molesta es la actual: la falta de monedas. ¿Por qué desaparecen las monedas? Yo cada vez que las coloco en el monedero de un colectivo, siento que colaboro con su total y definitiva desaparición (me pregunto a dónde van) y que quizá un día no vea una moneda nunca más.
Yo en mis intervenciones tiempo atrás divagué que tal vez las monedas se usaran para fertilizar la soja, o para fundirlas y hacer un monumento a Menem, y hasta para plan de marketing de una tarjeta que venden en el subte. Comentaristas algo más realistas que mi modesta imaginación plantearon que el metal cotiza más que el valor real de una moneda, sobre todo las menores, por lo tanto la funden y la transforman en metal mejor cotizado.
¿Será que todo puede ser en Argentilandia?
Pregunto, entonces: ¿VOS SABÉS A DÓNDE VAN LAS MONEDAS QUE FALTAN? (Deliralo, dale...)