Por Ignacio Escribano
Entre tanta información que circuló estos días con relación a los Juegos, quería destacar una columna publicada en el diario La Nación, el martes 19 de este mes, titulada: “El espíritu olímpico” y que, a mi entender, es no menos que imperdible, básicamente por dos motivos.
Primero, por la gracia y la calidad de la prosa con que está escrito; segundo, porque además de desplegar un vasto arco iris de datos de color, sumamente interesantes pero superficiales o triviales si se quiere, aporta además una mirada “políticamente incorrecta” que bien da lugar a la reflexión.
El autor, Matthew Engel, cierra el primer párrafo de su texto con una mezcla exquisita -si es que no son casi la misma cosa- de ironía, humor y sagacidad: “El viernes, en el momento en que Michael Phelps ganaba su medalla de oro olímpica número doce, un corredor tongano llamado Aisea Tohi se disponía, al otro lado de la calle, en el estadio principal de Pekín, a correr la prueba eliminatoria para los 100 metros. En la partida, le tocó situarse junto al jamaiquino Asafa Powell a la altura de los bíceps. Y, a diferencia de sus rivales, llevaba puestos unos shorts fuera de moda, de los que no acentúan los genitales.
Más adelante, Engel repara en el antiguo mantra atribuido al barón Pierre de Coubertin (responsable del lema olímpico oficial: citius, altius, fortius -más rápido, más alto, más fuerte-), que reza: “Lo importante no es ganar sino participar”.
“Para los representantes de las islas del Pacífico y otros micropuntos internacionales que ocupan un lugar en el desfile de naciones lo importante no es ganar, sino no quedar como un completo imbécil, él y su país. Tohi lo consiguió”, escribe Engel, con total libertad y sin ningún prurito. E inmediatamente, pregunta: “Entonces, ¿quiénes son los verdaderos olímpicos, los que son como Tohi o los corredores estrellas de los últimos años, que cargan con tests positivos de drogas y persistentes rumores?
Lamentablemente, el artículo no está disponible en la edición online de La Nación. Pero sí, aunque en su idioma original (inglés), puede leerse en el Finantial Times: Living up to the Olympic spirit in out-of-date shorts.
No obstante, y para que no emparejar a los grandes campeones con aquellos que recurren al poder de los químicos, Engel no se olvida de mencionar que “la única mancha relacionada con las drogas en el caso de Michael Phelps es el Ritalin, que le prescribieron de niño para aplacar su hiperactividad”. Y, a continuación, vuelve a rematar con otro latigazo de humor genial: “Su inigualable excelencia en la pileta parece derivar de un físico fenomenal, un temperamento inquebrantable y una dieta diaria de 12.000 calorías. (El punto tres no funciona por sí mismo)”.
En los últimos días, y en especial después de haber leído la nota de Engel, cada vez que sentí volcar la expectativa febril de todo un pueblo sobre los hombros mortales de Messi, Las Leonas, algún Nalbandian y los Ginóbilis (el desfile de atletas con oportunidades es escaso en el país de los cereales donde la mitad de la gente sufre de hambre y desnutrición), también me he preguntado si a fin de cuentas, más importante que ganar, es al menos no quedar -frente a los ojos propios y ajenos-, como un país rebalsado naturalmente de bronces, platas y oros, pero poblado por una manada de imbéciles que ha terminado aislada, pobre, embrutecida y enferma.
Octavio Paz escribió que la mucha luz es como la mucha sombra: no deja ver.
Que el brillo de las medallitas enchapadas -por qué no, dignas de celebración-, que pueda ganar o no ganar la Argentina, mi país, o cualquier país de la Tierra, no sea lo suficientemente incandescente como para enceguecer a su gente con la manipulación nacionalista del medallero olímpico.