La práctica de la infamia como manera de desprestigiar al otro
Apenas si otra vuelta de tuerca del Carly
Fui criado en un pueblo chico, con gente que parecía conocerse “demasiado”. Eso hacía que ser vecino de alguien, te diera chapa de saber todo sobre él.
De tal manera que, mientras fueras amigo, eso servía para que colaboraras en tapar, de una u otra manera, sus defectos e iniquidades. Y hasta que lo defendieras.
Pero guay de que dejaras de ser su amigo. Quedabas así liberado de contar todo lo que sabías, y el pobre quedaba a partir de entonces desguarecido.
Pero aparecía así un componente nuevo. Si dejabas de ser su amigo era por alguna razón impía, que te llevaba a no quererlo más.
Y pasaba a ser tu enemigo.
Dado que los demás sabían que habías sido su gran amigo, tu palabra tenía peso. Todo lo que dijeras sobre él pasaba a ser “tu testificación”.
Y así, a medida de que corría el tiempo, se tejían historias sobre determinada gente, que estaban destinadas a ser creídas a pie juntillas por todo el mundo, por el origen de la información. Lo que en periodismo suele llamarse –aunque no siempre con acierto- como “originado en una fuente confiable”.
Y así nacían y se reproducían hasta el cansancio rumores del que todos creían. Porque, de una u otra manera, el “creer” cumplía alguna función, como en el caso de la utilidad social que conllevan los “chivos expiatorios”.
Eso, que lo viví y sufrí en carne propia mientras viví en aquel maldito lugar, fue mi curso inicial de la vida. Es que yo, ingenuamente pensaba que solo pasaba allí, pero era lo que mi propia historia me tenía preparado como escuela, para darme cuenta de cómo funciona la sociedad.
Les voy a dar el ejemplo que he mencionado más de una vez. Nuestras madres, allá por la década del cincuenta, creían a pie juntillas que sus hijos corrían un peligro latente detrás de cada esquina. Eva Perón, la esposa del presidente, tenía un cáncer que la estaba consumiendo. Y que –según decía el rumor pasado de boca en boca- sólo la podía mantener con vida las transfusiones diarias que le hacían de… sangre de niños. Y según tal horrorizante versión popular, a los chicos los secuestraban un ratito por orden del presidente, los narcotizaban y le extraían medio litro de sangre. Cientos de niños así sometidos a lo largo del día, estaban permitiendo que ella sobreviviera un día más.
Nuestros padres temblaban y nos sobreprotegían. E intentaban por todos los medios cuidarnos las veinticuatro horas del día.
Los que echaban a correr la especie formaban parte de la misma usina de rumores terroríficos que invadían la calle, y que por la noche escribían en las paredes “Viva el Cáncer”, apostando al agente que estaba extinguiendo la vida de una mujer.
Hoy tenemos registro de cientos de versiones que confirman a mucha gente el horror en el que creen que vivimos. Pero hay que prepararse para más: inventarán una y mil cosas para convencer de que estamos siendo gobernados por monstruos de cuyo vampirismo ni Hollywood hubiera imaginado nunca tanto.
(Y eso que todavía desconocen los espantosos efectos que producen a las decorosas caceroleadoras el golpear reiteradamente el metal: el aluminio produce anemia, el acero tuberculosis y el teflón cáncer.) O tal vez sean unas valientes, y posiblemente merezcan que con sus nombres se ennoblezca en el futuro alguna de las autopistas a construir en Puerto Madero.