Digo que...
He observado que cuando cae la gris lluvia sobre los árboles, éstos se mueven extasiados, como si existiera entre la lluvia y ellos una comunicación superpluvial imposible de resolver con códigos comunes; es sólo entre ellos.
Digo que cuando el gris de las penumbras se evapora como una nube en el pico de la montaña y el sol aprovecha para meter sus extensos y calurosos brazos los árboles terminan un sueño y empiezan otro.
Digo que se les limpia la sangre y después, despabilados por el replicar de los pájaros se despiertan y hablan entre ellos.
Digo que no se de qué hablan, ni se qué les dice la lluvia a ellos o ellos a la lluvia. Sólo sé que ni los pájaros pueden saberlo, que ellos revoltosos se mueven y zarandean entre hojas queriendo meterse en conversaciones suavemente chillonas.
Pero los árboles son indiferentes cuando quieren. Riegan las veredas de charlas ya pasadas, viejas. Se desentienden de esas vegetales conversaciones que el viento se encarga de alejarlas o que nosotros alejamos, pasamos una escoba, envidiosos de no poder saber de qué hablan.
Las veredas, como si fueran papiros, reciben sus letras, y allí mueren secas.
Digo que cuando llueve las veredas son los papeles húmedos y sus tintas se pegan a nuestras suelas. Digo que si anduviéramos descalzos podríamos leer historias de árboles pero como estamos tan acostumbrados a las suelas de gomas borramos las charlas y allí, con todo, queda en el olvido, en la tremenda curiosidad de algo que nunca sabremos qué y por qué.
Otro día volverá a llover y nos sentiremos húmedos.
Ellos y la lluvia están en algo.
¡Qué curiosidad!
Fotografía vista en Flickr