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Oliverio | 12/07/2007 | 14:30 hs

Lo natural y lo artificial

Fragmento de un ensayo de clarificación conceptual de Marta Fehér en "Teorema", revista internacional de Filosofía.

Tags: realidad, natural, ficción, artificial, teorema, marta fehér
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La Venus ante la realidad.

Platón defendía que todos los artefactos (incluyendo las obras de arte) son imitaciones de algo natural, de algo genuino u original. Para Platón, decir que algo es "artificial" es decir que esa cosa parece ser, pero no es realmente, aquello que imita. Lo artificial es meramente aparente; lo único que hace es mostrar cómo es alguna otra cosa.

Las flores artificiales no son más que papel, no son flores en absoluto. Cualquiera que las tome por flores está equivocado, engañado por una apariencia, envuelto en una ilusión. Y, al ser imitaciones o simulacros, o sustitutos, son menos valiosas que lo genuino y tienen también un aire moralmente sospechoso a su alrededor. (Por otra parte, para ser más precisos, para Platón los artefactos no son simplemente imitaciones, sino imitaciones de imitaciones ya que --de acuerdo con su teoría de las Ideas o Formas-- todas las cosas del mundo son ya imitaciones de sus respectivas Ideas).

Aristóteles planteaba la cuestión de un modo diferente. Creía que la naturaleza y el arte (lo natural y lo artificial) no tienen nada en común; constituyen dos esferas diferentes de la realidad. En consecuencia, las leyes que gobiernan estos dos tipos de entidades difieren de forma esencial y, por esta razón, el conocimiento de ambas también es distinto. La ciencia natural no incluye el saber-cómo de los instrumentos, las herramientas y las máquinas, y éstas últimas no ofrecen ninguna ayuda para el conocimiento de las entidades naturales. Se trata de dos tipos distintos de conocimiento. Los entes naturales tienen una forma primaria, mientras que los artificiales tienen una forma secundaria que los agentes humanos les imponen. Según Aristóteles (Charlton, 1970), lo natural "tiene en sí mismo la fuente de su propia formación", mientras que en el caso de lo artificial, "la fuente es distinta y externa". Los casos paradigmáticos de lo artificial ya no son (como lo eran para Platón) flores o pájaros artificiales, muñecas y estatuas, sino, e.g., la rueda, que no es algo dado en la naturaleza como medio de transporte. Los artefactos no son imitaciones de algo dado previamente, sino auténticas invenciones; representan algo nuevo, no una simple e imperfecta copia de un prototipo.

Lo que Aristóteles acentúa es el carácter de producto humano de los artefactos como su rasgo común más distintivo. También enfatiza la distinción entre las dos esferas: la natural y la artificial. No son sólo ontológicamente diferentes (formas primarias versus formas secundarias), sino también epistemológicamente (conocimiento teórico versus productivo; epistéme versus techné). “Aristóteles distingue entre ‘saber-cómo’ (el tipo de conocimiento que posee el artesano y el ingeniero) y lo que podríamos llamar ‘saber-por-qué’ o comprensión demostrativa (que sólo posee el científico). Un constructor de barcos, por ejemplo, sabe cómo unir los tablones de madera formando una estructura apropiada para la navegación; pero no tiene ni necesita una demostración causal, silogística, basada en los principios primarios de las primeras causas de las cosas. Lo que necesita saber, entonces, es que la madera convenientemente dispuesta flota; pero no tiene ninguna necesidad de mostrar cuáles son las causas y principios que le proporcionan a la madera la propiedad de la flotación. Por el contrario, el científico se ocupa de lo que Aristóteles denomina ‘hecho razonado’; hasta que no haya mostrado por qué algo se comporta de la forma en que lo hace rastreando sus causas hasta los primeros principios, no tendrá conocimiento científico de ello.” (Laudan, 1983: 113).

La dicotomía básica que separa lo natural de lo artificial para Aristóteles se desplaza, esencialmente, a lo largo de la línea divisoria entre lo espontáneo y lo intencional. La esfera de la interferencia humana, i.e., la de los artefactos, está así separada de un modo muy definido de la de la naturaleza, al ser el producto de los agentes humanos. Ambas esferas, sin embargo, son similares porque están estructuradas teleológicamente. En contraste con la concepción moderna, Aristóteles no defiende que los procesos naturales sean causales (derivados de causas eficientes) mientras que los artificiales son teleológicos (gobernados por causas finales). Como es bien sabido, las cuatro causas de Aristóteles funcionan en ambas esferas.

De este modo, mientras que para Platón las invenciones auténticas son imposibles, para Aristóteles el mundo del arte y la artesanía es el territorio del ingenio humano. Sin embargo, considera las creaciones del homo faber muy inferiores al funcionamiento y los productos de la naturaleza. Es bien sabido que los filósofos de la Grecia antigua despreciaban las artes y sus productos. "En Las Leyes, Platón prohibe al ciudadano ejercer un trabajo mecánico, y cuando señala a Gorgias el gran interés del estado en el trabajo del ingeniero, no olvida subrayar que pese a eso, no cuenta con el respeto social. Aristóteles tampoco está preparado para aceptar al artesano como ciudadano en el estado ideal; y en la Etica a Nicómaco considera la vida contemplativa superior a la más elevada forma de actividad práctica" (Dijksterhius, 1986).

Así, los predicados "natural" y "artificial" eran términos con carga valorativa para los filósofos de la Grecia antigua. Lo natural, i.e., lo producido por la naturaleza, tenía un valor más elevado que lo artificial, i.e., lo fabricado por los hombres. Además, el término "natural" tenía aún otra connotación. Significaba algo orgánico, vivo, autónomo y espontáneo, mientras que "artificial" significaba algo muerto, sin alma y, en general, inferior a las cosas naturales.

Con la llegada de la cristiandad, este antiguo desprecio se conserva durante mucho tiempo. Alrededor del siglo XI, sin embargo, una característica del Dios cristiano que antes se había ignorado empieza a adquirir importancia (en contraste con la anterior concepción neoplatónica), a saber, la de que El es el Creador de este mundo; El es quien ideó y produjo todo lo que hay en el universo, e incluso quien mantiene el orden en el mismo. (Esta idea aparece también en una de las famosas pruebas de la existencia de Dios, la "quinta vía" de Santo Tomás). A partir de la reforma de Cluny, el trabajo físico y la artesanía recuperan valor moral, pero sus productos, los artefactos, parecen carecer más aún de valor epistemológico. No son en absoluto interesantes como objetos de conocimiento para los escolásticos, que, por otra parte, muestran ser auténticos discípulos de Aristóteles al rechazar el método de la experimentación (i.e., la intervención deliberada en el curso natural de los eventos) como un medio legítimo de conocimiento. El punto de vista oficial de la Iglesia era que la experimentación constituía una actividad ilícita, una interferencia en los caminos de Dios, que se cruzaba y quizá se oponía a ellos. Pero esto, se creía, sólo podía llevarse a cabo con la ayuda de los poderes malignos. Este tipo de razonamiento puede verse en funcionamiento en el famoso caso de Roger Bacon aunque, es preciso añadir, su "scientia experimentalis" se situaba en algún lugar de la oscura zona que separa la experimentación propiamente dicha del "ars magica", el arte mágico de producir apariencias escalofriantes. (Aquí encontramos una mezcla de las concepciones platónica y aristotélica de la producción de artefactos).

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Lo natural y lo artificial fue publicada por Oliverio el 12/07/2007 a las 14.30 en Cultura. Ha sido marcada con los tags realidad, natural, ficción, artificial, teorema, marta fehér y recibido 0 comentarios.

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