Todos tuvimos alguna vez nuestra maestra ciruela que nos atormentaba con las faltas de ortografía. Algunos han superado el trauma, mientras que otros todavía reaccionan violentamente cuando irrumpen en sus vidas nuevas maestras ciruelas imponiéndoles la ‘verdadera y correcta’ manera de escribir. En lo personal, como lector me gusta cuando un texto no tiene faltas de ortografía, pero no me enojo si alguno las tiene porque casi en el 100% de los casos igual entiendo el contenido. Y como escribidor, cuando tengo dudas suelo consultar el diccionario, y no me molesta cuando me señalan alguna falta de ortografía salvo que lo hagan para ridiculizarme o burlarse.
Sin embargo, y más allá de las cuestiones emocionales, surge la pregunta acerca de si debemos darle bolilla o no a la ortografía, y la respuesta no es sencilla porque habrá argumentos igualmente sostenibles para defender ambas posiciones.
Empecemos con algunos palos para las reglas de ortografía.
Nadie se preocupará por su ortografía cuando hace una lista de cosas para comprar en el almacén, cuando escribe rápidamente una idea para que no le se pierda, y hasta a veces cuando está chateando o escribiendo un mensaje de texto.
También se justifican los errores de ortografía cuando es un error deliberado y calculado. Por ejemplo cuando uno quiere hacer enojar a la maestra (perdón, aquí me salió el niño travieso), o cuando adopta el error ortográfico como estilo para escribir. De manera que ¡adelante, harpoengels, que le sale muy bien!
Hay quienes argumentan que mayormente no importan las faltas de ortografía porque igual se entiende el contenido. Si tomamos en cuenta el concepto de “valor lingüístico” de De Saussure, el fundador de la moderna lingüística, una palabra se la entiende por el contexto, o sea por la frase u oración donde está incluida. Así por ejemplo no es necesario acentuar la palabra ‘brújula’ para decir “La brujula sirve para orientarse”. Tal vez el único acento que podría llegar a admitirse es el acento diacrítico, es decir, aquel que marca diferentes tipos de palabras: no es lo mismo “el” que “él” porque uno es un artículo y el otro un pronombre.
Asimismo, la regla de la parsimonia siempre será bienvenida: si podemos hacernos entender sin acentos, ¿por qué agregar acentos a las palabras? Los ingleses son bastante prácticos en ese sentido: se entienden perfectamente sin ellos.
Y por si todo esto fuera poco, el lenguaje es algo vivo que evoluciona constantemente, siendo un motor principal de estos cambios el lenguaje hablado. Todo lenguaje tiende a terminar escribiéndose como se habla, de manera que el día de mañana todos escribirán ‘cabayo’ en vez de ‘caballo’ y los caudillos de la Real Academia Española terminarán incorporando la nueva escritura, lo que prueba que las reglas de ortografía no son eternas ni inmutables. La letra ‘hache’ es un ejemplo de remanente inútil de la época en que se pronunciaba como ‘efe’: antes se decía ‘fermosa’ y hoy ‘hermosa’.
Por lo menos en Buenos Aires, caballo se escribe caballo pero se pronuncia cabayo, pero nadie dirá que uno tiene faltas ortográficas porque dice cabayo. De hecho, hasta las maestras ciruelas lo dicen, de manera que la próxima vez échele en cara a su ciruela de turno por qué dice cabayo y no caballo.
Voy ahora a reivindicar las reglas ortográficas, y lo haré únicamente desde el punto de vista de la practicidad, sin meterme en la ortografía como herramienta de dominación política y otras espinosas cuestiones.
Primero: respetar la ortografía puede ser bueno porque te hace quedar como una persona instruida en un currículum, un blog o cualquier otro escrito, porque es la única manera que te aprueben la monografía en el colegio, o porque querés seducir a la maestra ciruela.
Segundo: respetar la ortografía, especialmente en los escritos que pueden ser leídos masivamente, es importante porque proporciona un código común a las personas que hablan el mismo idioma, lo cual a su vez facilita la comunicación entre ellos. Como no podemos reunirnos los millones de hispanoparlantes para convenir cómo deben escribirse las palabras, aceptamos que haya unos pocos con algo de sentido común que establezcan las reglas: léase la Real Academia Española.
Y para concluir, digamos que no existe la ortografía perfecta. Hasta los libros contienen errores, de manera que no nos rasguemos las vestiduras si alguna vez se nos escapa un horror ortográfico. Simplemente, aprendamos de él.
Pablo Cazau. Julio 2008.