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Ignacio | 20/12/2007 | 14:51 hs

Los saqueos de 2001 como imagen especular de la clase dirigente argentina

El ciudadano argentino tiene miedo de expresarse (apenas si sabe cuáles son sus derechos), de soñar en su propia libertad. En verdad, no la conoce porque aún nunca la ha tenido.

Tags: saqueos, ignacio escribano, 2001, de la rúa
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La imagen especular de los ineptos y corruptos que marchitan la esperanza con su necedad y arrogancia.
Corazón apasionado disimula tu tristeza.  Canción popular.

Por Ignacio Escribano

Las imágenes de los saqueos perpetrados en las postrimerías de 2001 permanecerán impregnadas como tatuajes que acaso nunca se borren de nuestras retinas cansadas. Son, y tal vez por esto duelan en el alma todavía más, la cosecha y el reflejo de las incalculables escenas de pillaje, rapiña y vandalismo protagonizadas por la clase dirigente argentina que nunca se renueva, y que va y viene y que vuelve una vez más en oleadas tan misteriosas, nefastas e imprevistas como las de los mismos saqueadores.

El abundante surtido de desamparados, desquiciados e inadaptados a la vida cívica, todos juntos y en el mismo lodo arrasando con lo que podían frente a las cámaras de televisión, no fue más que la imagen especular de los ineptos que marchitan la esperanza con su necedad y arrogancia, la de los tiranos, corruptos y perversos que han forjado -y siguen forjando-, con su horror, el destino de nuestra patria.

En una sociedad erótico-publicitaria que se empeña en avivar hasta grados sofocantes la principal fuente de sufrimiento, odio e infelicidad del ser humano, esto es, el deseo, los marginales y oportunistas corren voraces en pos de esos inalcanzables objetos que empalagan sus fantasías en la vigilia, en las pantallas y hasta en los sueños.

Desean con ahínco un rincón en la sociedad. El celular, algún buen reloj, una campera de cuero o un par de zapatillas de marca quizás los arrimen y, quién sabe, hasta los integren de inmediato, a la tribu de la que han sido excluidos. No pertenecen. No tienen los medios económicos para hacerlo. Y, más grave aún, ni siquiera poseen la educación ni los conocimientos éticos y espirituales que permiten discernir el relativo valor de los objetos materiales. Sólo saben que tener es pertenecer. Esa fue, además de la aserción anestésica que “de ellos será el reino de los cielos”, la única enseñanza que recibieron de nuestro Estado: una entidad cada día más empeñada en tender lazos sociales -que, de tan íntimos, ya se han vuelto carnales-, no con las clases necesitadas, sino con los caprichos de los más poderosos.

“El Eros incontrolado es tan fatal (para una sociedad) como su contrapartida: el instinto de la muerte. Porque el descenso hacia la muerte -señala Octavio Paz en La llama doble- es una huida inconsciente del dolor y la necesidad; una expresión de la eterna lucha contra el sufrimiento y la represión”.

La multitud avanza con fuerza bruta, desmantelando; destruye con saña lo que no puede cargar en su finita osamenta. El daño económico es incalculable; el moral, mucho mayor.

Arrebata televisores, discos compactos, computadoras y otros tantos bienes que el capitalismo salvaje les ha vendido -a ellos también- como el elenco principal de la felicidad moderna.

La imagen especular de los parásitos burocráticos, de los jueces, funcionarios, eclesiásticos y tibios intelectuales que desprecian lo más vital del ser y que, aferrados con uñas y dientes a un poder que anhelan más que a la vida misma, acumulan subrepticiamente más potestad y riquezas.

Saqueos al fin, estos y aquellos, con la sola distancia de que una imagen se ve; la otra, en cambio -salvo la osadía de alguna que otra cámara oculta-, se huele.

Escenas excepcionales muestran que sólo unos pocos de los tantos que sufren hambre se limitan a capturar alimentos básicos: fideos, leche, verduras, una media res. Así como también, en contadas ocasiones, se escabulle entre la clase dirigente alguien preparado, honesto y compasivo; alguno de esos tantos espíritus libres, grandes y creativos que rara vez comulgan con los gobernantes.

En esta época, en la cual se espolea al individualismo a un punto tal que, como advierte el escritor francés Jean Cocteau, “ya no se habla nunca de discípulos, sino de ladrones”, la disgregación de los lazos sociales nos ha mostrado sus consecuencias.

La sociedad de consumo dirigida por reglas de juego tercermundistas -donde básicamente predomina la “ley de la selva”- es una alquimia que termina reduciendo la convivencia a las mismas condiciones que las de un anárquico saqueamiento.

Las comunidades de chimpancés, curiosamente al igual que las sociedades humanas más primitivas, funcionan gracias a un sistema de dominación estricta, vinculado a la fuerza relativa de sus miembros. Las posiciones jerárquicas son determinadas por la fortuna de los combates. Los rangos más elevados, alfa y beta, gozan de ciertos privilegios no desdeñables: alimentarse primero, aparearse a su antojo con las hembras. Los más débiles, u omega, pueden evitar el enfrentamiento adoptando una figurativa postura de sumisión: agacharse y presentar el ano. De tanto en tanto, los subordinados resuelven enfrentarse a sus superiores; saben que en caso de victoria su situación puede mejorar.

El ciudadano argentino tiene miedo de expresarse (apenas si sabe cuáles son sus derechos), de soñar en su propia libertad. En verdad, no la conoce porque aún nunca la ha tenido plenamente. Nuestra cultura ha sido, reiteradamente, una suerte de campo de batalla, de concentración. Lo han vivido aquellos días de 2001, entre otras cosas, con la represalia de Plaza de Mayo, los efusivos pero pacíficos habitantes que salieron de sus trabajos y sus hogares (no todos regresaron) a repudiar la inacción y los groseros desaciertos de las medidas políticas, económicas y sociales.

Tras haberse declarado el estado de sitio, y abrumados también por un país literalmente en llamas, las fuerzas del orden público recibieron la orden de reprimir. Confundieron, o quisieron confundir, a los pasivos manifestantes, todos manoseaos y en el mismo lodo, con los forajidos y activistas partidarios que al compás de un receloso sincronismo destrozaban a la ciudad, y a quienes los mismos ciudadanos bienintencionados terminaron sofrenando en más de una oportunidad.

Mas nada fue casual. Y quizás por eso sea oportuno recordar que, por ejemplo, los ex presidentes Fernando De la Rúa y Juan Domingo Perón, entre otros, pasaron por la rigurosa formación militar: tan amiga de la disciplina aunque ya no tanto de la crítica. O recordar las rígidas convicciones religiosas de Inés Pertiné, la mujer de De la Rúa, que evocan, de algún modo, al tradicional binomio de la Iglesia con el Estado, siempre en oscuro pero efectivo matrimonio.

A varios años ya de los históricos cacerolazos y de los tristes episodios de vandalismo y represión desmedida, quizás sea oportuno que repasemos (vale el esfuerzo) los rostros de quienes nos gobernaron en los tiempos militares, alfonsinistas, delarruistas y menemistas, muchos de ellos una vez más y como si nada por el gobierno.

La imagen especular de nuestra historia tan lamentable. De nuestra tradición autoritaria, intolerante y dogmática, de verdades impuestas por la coerción.

Rostros que con su tan sola presencia siguen sofocando, al inyectar sentimientos de miedo, culpa, violencia, injusticia y opresión, cualquier capacidad activa y creadora que un pueblo entero pueda acunar en algún recodo de su existencia. Rostros que, como lo indica el pasado, el presente (¿y el futuro?) de uno de los países más ricos del mundo, son capaces de devorar hasta la vida misma de los hombres. Hasta el último paquete de esperanza. Como en el más despiadado de los saqueos.



Los saqueos de 2001 como imagen especular de la clase dirigente argentina fue publicada por Ignacio el 20/12/2007 a las 14.51 en Mi lugar. Ha sido marcada con los tags saqueos, ignacio escribano, 2001, de la rúa y recibido 3 comentarios.

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1 - MONICABUGLIONE el 20/12/2007

Ignacio:
La ESPECULACIÓN no es una materia para ser buen político?

O no es especulación Kirchner al lado de Moyano.
O no es especulación el paro de los OBREROS DE LA CONSTRUCCIÓN a Macri .

O no es ESPECULACIÓN la reunion de la CÚPULA ECLESIÁSTICA con Cristina K, cuando en cuatro años jamas se reunieron con su marido. (le llevaron de regalo una imagen de la Virgen Desatanudos!) mejor no emito opinión porque considerarias groseria de mi parte.

O no es especulación hablar en contra de BUSH (que aunque no sea ningún santo) referirse a él , es ponerse al mismo nivel de desaire que el mandatario BOLIVARIANO CHÁVEZ.

Ignacio , de especulaciones ESTAMOS LLENOS, y no creo que los ciudadanos no nos expresemos, sino que estamos CONSCIENTES que todo es un GRAN CAMBALACHE, y que ELLOS SIEMPRE EN UNO U OTRO PARTIDO, son los que tienen, hacen y deshacen sus NEGOCIADOS MÚLTIPLES.

Saludos.
Mónica

2 - Roxs_M el 20/12/2007

¡Cuanta razón hay en tus palabras Ignacio!
Mientras leía la nota me acordé de un refrán que dice así:
“No dejes nunca de soñar, porque sólo en sueños puede ser libre el hombre”.

¡Saludos!

3 - Cassandra el 20/12/2007

En cuanto leí la nota y me pongo a recordar todas las veces que sucedió esto, porque la del 2001 no fue la única, hubo anteriores, estas conductas son como cíclicas, los argentinos tenemos una actitud engreída e infantil, anárquicos hasta el cansancio y con una crisis de gataflorismo constante. Es un entramado tan complejo, me gustaría pensar que tenemos alguna cura que en algún momento vamos a cortar con estas cosas, la conciencia y la memoria ayudan a ver aquello que no se tiene que repetir, pero ¿Seremos capaces de lograrlo? En este momento creo que la única ficha a la que puedo apostar es a la mía, espero que sea un buen principio.
Como siempre Ignacio, muy buenas tus notas

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