MANUELA, LA ACRÓBATA
Manuela tiene una sonrisa capaz de soltar golondrinas en pleno junio. Cuando mastica sus medialunas, forma remansos de luz astral en sus hoyuelos. A veces, sin que se dé cuenta, se le destapa el ombligo de ciruela madura tratando de escapar, para ir a jugar al parque.
Cuando Manuela hace sus piruetas de saltos cósmicos, su cuerpo de piel de espigas desgrana música de cacerolas en fa menor como un circo viviente, mientras los ojos curiosos dan vueltas acrobáticas para poder aterrizar al mismo tiempo.
Su cabello negro, de acertijos emancipados, trepida junto a ella en cada gota de Manuela que va desparramándose en el aire.
Cuando enrosca su cuerpo como mimbre torneado, se vuelve paloma, langosta y delfín, se desenrosca en el aire sin temor a desmembrarse, se suspende en un hálito de ceibos y sonidos, y por fin cae con el alma transformada en nubes de aplausos.
Más tarde o más temprano, sus pies, como ébanos alegres, levitan sin respeto, y todos creen que se trata de otra pirueta, en cambio, Manuela sabe que es posible volar con las plumas de la esperanza.
En el momento que la oscuridad comienza a envolver el cielo, Manuela guarda las palabras que no dijo en el estuche del silencio, acomoda el último salto que cayó en la colchoneta, esconde el ombligo de ciruela madura que anduvo hamacándose en el parque y, encendiendo aquella sonrisa de sándalo, fluye hacia su casa para que el sueño de pies ligeros y malabares pasionales descansen sobre una acrobacia de cantos homéricos, hasta que la mañana invente otro día.
Hugo Cella
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