La constante búsqueda y aspiración del equilibrio en las relaciones, en las labores de formación, en la toma de decisiones..., en la integralidad de la vida, se hace determinante al momento de pensar y poner en acto la educación de las niñas y los niños que son, desde ya, la sociedad del mañana.
Quienes hemos trabajado desde la psicología en el ámbito educativo podemos dar cuenta de que muchos padres acuden asegurando sentirse desbordados por los problemas de sus hijos e hijas. Les resulta difícil educarles y, en algunos casos, el miedo a repetir el modelo autoritario en el que fueron criados deriva en un exceso de permisividad. Como consecuencia, durante la adolescencia son frecuentes los problemas de disciplina, pero no es fácil comenzar a imponer reglas a esta edad tan difícil.
Los niños deben tener unos límites o pautas que les marquen el camino que deben seguir, sin ahogarles en un mundo de imposiciones, tal como aseguran los psicólogos y educadores. Para ello, los padres y madres deben establecer estas normas de manera razonada, adaptarlas a cada edad y ser firmes en sus decisiones. Si no se tiene un proyecto claro, es más fácil claudicar.
La reflexión se inscribe entonces en el autoritarismo versus la permisividad; en cómo establecer marcos de referencia y finalmente en aprender a poner límites. A quienes interese ampliar el tema en cada uno de estos tres aspectos puede dirigirse a Consumer.
En esta línea, y con el ánimo de puntuar algunas sugerencias teniendo en cuenta que hay que partir de la conjunción de tres cosas fundamentales: el SENTIDO COMÚN, la PACIENCIA y la IMAGINACIÓN; desde ahí pueden formularse algunas indicaciones para orientar de alguna manera a quienes ejercen la definitiva responsabilidad de educar, teniendo en cuenta que cada niña y cada niño en cada edad tienen particularidades que han de contextualizar la forma de proceder:
- Aprender a negociar. Hacer un esfuerzo por negociar con los hijos, a pesar de que éstos sean buenos "negociadores". Para ello, el marco de referencia debe ser suficientemente amplio y debe aumentar conforme van creciendo.
- Los adultos deben conocer sus propios límites. Si los padres no tienen límites tampoco sabrán ponerlos. No se puede pedir a un niño que utilice el teléfono celular sólo en momentos de urgencia, si ve que los padres no tienen límite en su uso y lo mantienen permanentemente encendido.
- Saber decir 'no'. El estilo comunicativo de los padres debe estar acorde con sus palabras, es decir, el lenguaje verbal y el lenguaje no verbal no deben contradecirse.
- Ser coherentes. Cuando se niega algo, se tiene que explicar por qué se ha tomado esa decisión, escuchar las argumentaciones de los hijos y actuar de la misma manera que se pide a estos que actúen.
- Escuchar y mirar. Cuando lloran, patalean o gritan, es posible que los niños estén intentando decir algo a los padres. Por ello, hay que aprender a escucharles y mirarles a los ojos.
- Mantener las decisiones. Es importante mantener la coherencia con lo que se hace y se piensa porque de lo contrario se perderá la credibilidad ante los hijos.
- Resaltar lo que se hace bien. El niño debe saber lo que hace mal, pero no se le puede "machacar" con estas actuaciones, también tiene derecho a saber que hay cosas que hace bien.
- Poner límites que tengan valor. "Si hay que decir al niño que no rompa un vaso, no se debe utilizar el chantaje emocional y decirle que mamá se va a poner triste si lo hace, sino que hay que decirle la verdad, que está mal romper un vaso"; el tiempo que se invierta ahora, tendrá muy buenas repercusiones.
En definitiva, poner límites no significa que haya que ser estrictos, sino evitar que los niños y niñas estén consentidos y sean poco "resistentes a la frustración" o "malos perdedores". "El mejor antídoto es decir a los hijos que les queremos y hacer que se sientan queridos y amados, pero sabiendo que lo que hacen no siempre está bien. Pensar que esto ya lo aprenderá en el colegio es una equivocación; la labor educativa ha de ser conjunta, integral y coherente aunque, en todo caso, como sabemos: todo comienza por casa.