Directamente, sin vitrina ni cristal, Las señoritas de Aviñón ofrecen sexo; pero no tabaco. Picasso, erotómano y nicotínico, consumía con avidez ambos excitantes. Fumaba mucho, al principio en pipa; luego, y hasta su muerte, cigarrillos Gauloises; por la mañana padecía la tos del fumador. Era aprensivo y confundió los efectos del tabaquismo con la tuberculosis. Creía que iba a morir muy joven y vivía aterrorizado. Cuando el médico le dijo que tenía la salud de un toro, el artista no lo creyó y adoptó una dieta sobria: agua mineral en lugar de aperitivos; pero nunca dejó de fumar. Sobre todo si estaba ansioso, como a principios de 1907, cuando el desamor asolaba la vida en pareja de Pablo Picasso y Fernande Olivier. Su corazón era un erial sombrío; su cabeza, un saco de gatos. La inminencia de esa ruptura coincidió con el abandono de su complaciente etapa rosa y, durante seis meses, dejó los pinceles para dibujar compulsivamente, como en un exorcismo de la rabia que le corroía los adentros.
Abocetaba con frenesí lascivas figuras femeninas desnudas y reducía a humo un cigarrillo tras otro, como un sucedáneo de su oscura obsesión: incendiar el pasado del arte. Tras una larga fermentación, en julio de 1907, presentó a algunos amigos un óleo provocador y despiadado. Aún no tenía título pero, 13 años después, el crítico André Salmon le daría un nombre definitivo y socarrón: Las señoritas de Aviñón eran cinco putas grotescas en posturas imposibles que, con descarada impudicia, exhibían ante el espectador su carne de cañón y derogaban con un zarpazo bestial todos los mandamientos del arte de la pintura. ¿Quiénes eran esas mujeres procaces? Sólo el eco desvaído del recuerdo de algunas mujeres reales que, por capricho o por dinero, se entregaron al artista adolescente en la Barcelona del cruce de siglos. No pintó sur le motif, sino que las inventó de los pies a la coronilla y a tres de ellas las enmascaró con caretas africanas, ibéricas, primitivas. Muchos años después, conversando con el marchante Khanweiler, le dijo Picasso que una de las mujeres era la abuela de Max Jacob; otra, su pareja de entonces, Fernande Olivier; una tercera, Marie Laurencin, pintora y amante de Apollinaire. Una broma, claro.
El artista tenía 26 años, llevaba tres instalado con Fernande Olivier en el Bateau Lavoir, su taller sucio y maloliente en la colina de Montmartre. Gertrude Stein, poetisa y escritora estadounidense instalada en París, lo comparaba con un pequeño Napoleón, seguido por sus fieles granaderos. También habla del «matador al frente de su cuadrilla». En las veladas del Bateau Lavoir se consumía hachís, Picasso alucinaba y lamentaba estar en un callejón sin salida, condenado una y otra vez a pintar siempre lo mismo. Se le quitaron las ganas de colocarse cuando los atrabiliarios habitantes del Bateau Lavoir encontraron a un pobre pintor alemán llamado Wiegels ahorcado de una viga de su estudio. Picasso decidió interrumpir sus excursiones por la periferia del infierno para no engrosar la lista de los artistas muertos y seguir nutriéndose de la alegría de vivir. Así concibió Las señoritas...: una escena costumbrista que evocaba a las rabizas del burdel del Carrer d´Avinyó que él había frecuentado en Barcelona. De hecho, el primer título que tuvo el cuadro fue El burdel d´Avinyó.
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