Por Ignacio Escribano
Es curioso observar el uso que se les da a las palabras en los medios de comunicación.
La semana pasada, hojeando el matutino español El País, me encontré con un título que me sonó a una mezcla de atropello y perogrullada. Decía así: Los "sabios" recuerdan a Zapatero que Europa debe mejorar su competitividad.
¿Los sabios? Sí. Los mismísimos.
Así, al menos, es como aparentemente se le llama a un exquisito grupo de europeístas (tampoco es cuestión de desmerecer) de la talla de Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea entre 1985 a 1995; Pedro Solbes, dos veces ex ministro de Economía español; Felipe González, líder del Grupo de Reflexión sobre el futuro de Europa y ex presidente de España; y Elena Salgrado, vicepresidenta segunda y Ministra de Economía del actual Gobierno español.
Debo reconocer que el primer alivio que sentí al desayunarme con semejante titular fue que aquel término, "sabios", quedaba bastante alivianado, o relativizado, gracias a la formidable tarea del entrecomillado.
Sin embargo, así como cuando se cuenta un chiste en un velorio más vale que sea extremadamente bueno, del mismo modo, cuando se escoge la palabra "sabio" para referirse a un semejante, más vale que este semejante sea digno de recibir tamaña denominación.
Porque convengamos -un poco en línea con la reflexión del poeta y dramaturgo T. S. Eliot, que reza: ¿Dónde está la sabiduría que perdimos con el conocimiento, y dónde el conocimiento que perdimos con la información?- que una cosa es un grupo de expertos en economía y política europea (por más excepcionales que sean), y otra muy distinta, y muy distante, es alguien que ha comprendido en cuerpo y alma todo aquello que ni siquiera cabe en las palabras.
En el diccionario María Moliner, una de las “biblias” que definen las palabras de la lengua española, se enumeran cinco acepciones para el término “sabio” (del latín «sapídus»), que son:
1. Se aplica a la persona que posee conocimientos científicos extensos y profundos o que se dedica al estudio o a la investigación con resultados extraordinarios.
2. Se emplea también irónicamente, con el significado de «sabihondo».
3. Aplicado a personas, así como a su conducta y acciones, *sensato o *prudente: ‘Es de sabios no dar consejos a quien no los desea’.
4. Se aplica a las cosas que contienen sabiduría, en cualquier acepción: ‘Un sabio consejo’.
5. Se aplica a los animales amaestrados, particularmente cuando son capaces de contestar en alguna forma a ciertas preguntas o ejecutar ciertas órdenes complicadas: ‘Un perro sabio’.
En fin… Lo cierto es que el grupo de "sabios" de esta historia había sido citado días atrás en el Palacio de La Moncloa por el presidente español José Luis Zapatero, con el objeto de encontrar la manera de hacerle frente a los Estados Unidos y a las potencias emergentes como Brasil, China e India. Vale aclarar que España -en el contexto de una recesión económica que aún no ha terminado- presidirá la Unión Europea este semestre; y, por tanto, su principal desafío consistirá en ejercer con maestría el liderazgo político e impulsar un gobierno económico común que fortalezca su posición en el mundo.
En las últimas horas, un buen puñado de editorialistas del Viejo Continente se ha estado burlando “de la idea del señor Zapatero de aconsejar a Europa sobre la recuperación económica”, como lo hizo el semanario británico The Economist, en su blog Charlemagne.
En aquel artículo -que lleva por título: “Viejas prácticas españolas”, y, de bajada explicativa, para rematar: “España ahora lidera a la Unión Europea, pero no con el ejemplo”- se juzgan los planes de la presidencia española como “extraordinariamente anodinos”, y se deja bien en claro que el mensaje optimista de sacar a Europa de la crisis económica -España presenta la tasa de desempleo más alta de la eurozona- ha recibido una reacción poco entusiasta entre los editorialistas del The Economist: “Si quieres que le hagan caso a tus consejos, necesitas decir cosas creíbles”.
“El sabio -instruía Lao-tsé- no enseña con palabras, sino con actos”.
Un viejo proverbio sánscrito, por su parte, enseña que “la distorsión es la raíz del habla”.
De hecho, “expresión”, en esa lengua, literalmente significa “distorsión”.
Las palabras no pueden capturar la existencia, pero el silencio sí puede.
Y de ahí que en los antiguos tiempos védicos los rishis (sabios) (y esta es la primera vez en todo el texto que siento que el término se utiliza correctamente) sostenían que esa distorsión es la que da origen al lenguaje; ya que, en el momento en que comienza el habla, la verdad se desfigura; se distorsiona.
No obstante, nos empeñamos en confundir a todos aquellos que sobresalen del resto por dominar algún área específica del vastísimo conocimiento o por tener acceso a tal o cual información, con un sabio, con alguno de esos escasísimos seres de sonrisa incondicional que ha trascendido deseos y aversiones, con alguien establecido en el silencio, con alguien que ha alcanzado lo más elevado a lo que puede aspirar un ser humano.
Un breve pasaje del libro “Autobiografía de un yogi”, escrito por Paramahmasa Yogananda, puede ser más que oportuno con respecto a la primera acepción de “sabio” que se lee en el María Moliner.
Cuando el autor habla de “mi Maestro” se refiere a Sri Yukteswar.
“Sri Yukteswar -escribe Yogananda- comúnmente era gentil y amable con sus visitantes; les daba la bienvenida con una cordialidad encantadora. Sin embargo, los ególatras inverterados sufrían invariablemente un golpe vigorizante. Estos encontraban en mi Maestro una fría indiferencia o una formidable oposición: ¡hielo o hierro!”. Y continúa: “En cierta ocasión, un notable químico cruzó su espada con mi Maestro. El visitante no admitía la presencia de Dios, ya que la ciencia no había encontrado ningún medio para descubrirlo. -¿Así que usted ha fracasado inexplicablemente en aislar el Poder Supremo en sus tubos de ensayo? -Mi maestro lo miró con socarronería-. Yo le recomiendo un nuevo experimento: examine detenidamente sus pensamientos durante veinticuatro horas. Entonces no se asombrará más de la ausencia de Dios”.