Buscando información acerca de alguna campaña “anti caca de perros en las calles”, encontré un foro que discute esta precisa temática. Comparto con ustedes la intervención de un participante del sitio, en la que realizo algunos recortes y por lo que recomiendo pasar por el sitio original para leer la versión completa.
Consulten aquí el diálogo completo en el foro.
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Es interesante mirar la cara de los dueños mientras el perro hace. Miran para otro lado con cara de otra cosa cuando su animal se agacha, en esa actitud en la que cualquier perro pierde su digno porte. Después se van indiferentes, sin mirar atrás, mientras la caquita se enfría.
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Por pura curiosidad, me tomé el trabajo de contar los soretes en una cuadra. Los había frescos, viejos, secos, diarreas; de todos los colores, la inconcebible gama de los marrones, verdes, negros y amarillos, y sus infinitas combinaciones; la mayoría ya habían sido pisados. En algunos casos habían provocado en el pisante una patinada de medio metro. No alcanzaba a notarse si la persona había caído.
Había también inconfundibles, por el tamaño, huellas de niños. En algunos casos la persona (tal vez un anciano, o un ciego) había seguido arrastrando el pié por algunos metros, en una extraña forma de limpiarse, como si en vez de caca se hubiera tratado de alguna especie de pegamento. Son técnicas desesperadas.
En total eran dieciocho evidencias. Claro que esto es un promedio; hay cuadras que, tal vez por el celo higiénico de los encargados o vecinos, permanecen relativamente limpias; pero hay verdaderas cuadras malditas, donde es imposible caminar en línea recta y para andar por ellas hay que tomar las precauciones pertinentes a atravesar un campo minado.
Calculé que una caca de perro, en los momentos de mayor circulación de la gente, no dura intacta más de treinta minutos. Luego pasa a la cadena de distribución.
Y así cada cuadra de las miles y miles que tiene esta ciudad defecada, que, permítaseme la obviedad, se llama Buenos Aires aunque huela a mierda. Deben ser unas cuantas toneladas. Diariamente se renueva la carga. Aquí tienen parasitólogos y epidemiólogos una montaña de material sobre la que trabajar. En un ciclo ininterrumpido, toda esa caca, después de un azaroso camino, que pasa inevitablemente por nuestras ropas, nuestras casas y nuestros pulmones, termina yendo a parar al río, no muy lejos de las tomas de agua de la ciudad. ¡Salud!
Es para preguntarse: ¿será que las conciencias de las gentes no les llegan ni hasta sus propios pies? ¿O, por el contrario, tenemos subliminal conciencia del riesgo inminente y perpetuo y esa es la razón por la que andamos medio cabizbajos?
Dicen que viven en esta ciudad tres perros por cada diez personas. De los tres que tienen perro me consta que a este respecto les importa un comino de los otros siete. De los siete extraña la pasividad que tanto permite. Seguramente se incrementará la cantidad de canes, ya que se ven como cosa común vidrieras con perros en pequeñas jaulas, expuestos como si fueran cualquier mercadería. ¿Está de más decir que la vereda de la veterinaria también está toda cagada? Un sociólogo y un ambientalista ahí, por favor.
No quiero dejar de comentar un caso curioso, el de los que obligan a su perro a bajar el cordón de la vereda para que hagan allí, tal vez pensando que como no es la vereda no es la vía pública. ¡De seguro no piensan en el formidable poder aspersor de las ruedas de los autos cuando arrancan a todo velocidad!
Hay otra gente que pareciera decididamente mala, verbigracia los que dejan cagar a su perro en la puerta de una escuela, de una heladería, de un hospital.
Para que no se crea que sólo me impulsa un espíritu crítico, se me ocurren algunas propuestas, que por claridad resumo en tres estrategias bien diferenciadas:
1- La propuesta de derecha: La ciudad no es para los perros, sino ámbito exclusivamente humano. Prohibamos los perros y se acabó la caca.
2- El sentido común: Que cada dueño de perro se haga responsable de la caca del mismo. Que considere a la ciudad como la casa de todos, y la trate como a tal.
3- Nacional y popular: dejemos todo igual y sigamos pisando.
Como puede notarse, son posiciones extremas. La del medio es francamente revolucionaria.
Quisiera ser justo. Últimamente he visto, con asombro, uno en diez mil, a algún dueño de perro (en rigor han sido siempre dueñas) con la bolsita en la mano, dispuesto a hacerse cargo de las heces de su animal amado. A ellos les agradezco, los considero mis aliados, y son los únicos a quienes no van dirigidas estas palabras. A ellos no los miro mientras limpian, por pudor. Quienes objetan que las bolsitas plásticas son antiecológicas pueden usarlas de papel…
Menciono de paso, para no abrumar, otros aspectos de este tema que merecen consideración por parte de la sociedad; invito a quien quiera a desarrollarlas. Son estas: los interminables ladridos, verdadera cacofonía que se suma al estruendo que hace de nuestra ciudad una de las más ruidosas del mundo; el que anden por ahí sin regulaciones perros capaces de vérselas con un jabalí, de los que cada tanto, en una viaraza, a falta de jabalíes en la ciudad, se las ven con un niño; que tantos perros sean tratados como niños mimados al lado de tantos niños tratados que ni los perros ( pero otros perros ); y tristes etcéteras.
Una última reflexión, para psicólogos: coincidentemente, las bocas de salida del agua de enjuague de la ciudad (las alcantarillas) se encuentran muy cerca en el río de las salidas del verdadero ano de la urbe, las cloacas, de manera que muy pronto sus contenidos se mezclan y ya no se diferencian.
Es decir, se establece un recorrido superior, a cielo abierto, a la vista, olfato y tacto de todos, de la materia fecal de los animales domésticos; y simultáneamente otro inferior, oculto, pudoroso, de la de sus propios dueños.
Si hay completa identidad entre estos dos productos, si se originan de idéntica manera y van a parar al mismo lugar, ¿cuál es el motivo por el que en un caso se toman tantos recaudos para no ver, y en el otro se lo expone crudamente a la opinión pública (y a sus anchos pies)?
Quisiera disculparme por instalar tan desagradable tema. Tenga cuidado, no lo pise.
Diógenes de Buenos Aires.
diogenesdebuenosaires@gmail.com
¿Se les ocurre algo que podamos empezar a implementar desde Igooh?