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Kilgore | 31/08/2007 | 09:42 hs

Violencia extrema en Iwo Jima

Clint Eastwood ha hecho dos películas para explicar los duros combates que mantuvieron las tropas estadounidenses contra soldados japoneses en la isla de Iwo Jima.

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Cumbre del monte Suribachi. (JOE ROSENTHAL)

Transcurrían febrero de 1945 y la II Guerra Mundial en sus postrimerías. Aquel islote era un lugar estratégico para las dos partes, y los 22.000 hombres que había situado allí el Ejército nipón murieron prácticamente en su totalidad tras una firme resistencia a los intensos bombardeos y al desembarco de 70.000 marines.

El día en que Shozo Nishina se calzó las botas del teniente general Tadamichi Kuribayashi, no imaginaba que aquel hombre "de fuerte presencia y poco hablador", a quien había sido encomendada la defensa de Iwo Jima, moriría como un samurái pocos meses después -y con él la práctica totalidad de sus 22.000 soldados-, en la más encarnizada batalla librada entre Estados Unidos y Japón durante la II Guerra Mundial.

Tampoco sabía Nishina, entonces de 14 años, que cuando días más tarde, el 14 de junio de 1944, fue evacuado de la isla del Pacífico en barco, estaba dejando para siempre el suelo en el que nació, y que nunca volvería a vivir en ese pedazo de tierra volcánica, bañado por un mar azul intenso, que sus 1.164 habitantes llamaban Iwo To.

La batalla que abrió las puertas a la invasión de Japón, y que ha sido recuperada en sendas películas por el director estadounidense Clint Eastwood -Cartas desde Iwo Jima y Banderas de nuestros padres-, ha pasado a la historia no sólo como una de las más cruentas del conflicto mundial, sino como el escenario de una de las más famosas fotografías bélicas jamás realizada: la de los seis soldados norteamericanos izando la bandera de las bandas y las estrellas sobre el monte Suribachi.

El adolescente se probó las botas de Kuribayashi, fascinado por aquel militar "muy alto para ser japonés, que llevaba un sable que le había regalado el emperador ". "Mi familia regentaba el único albergue de la isla, y Kuribayashi y Fujita [su ayudante de campo] se alojaban en él. Le preparábamos la comida y el baño, pero las botas se las limpiaban dos de sus soldados", cuenta Nishina, hoy con 77 años, pelo y bigote níveos, mientras enseña el libro de registros del hostal.

Sobre las hojas amarillentas por el paso del tiempo figuran los nombres de los dos célebres huéspedes escritos con tinta negra. Fecha: 8 de junio de 1944, el día de su llegada a la isla. Y continúa: "Un día me pidió que le mostrara cuál era el mejor lugar para ver aterrizar los aviones. Cada mañana, tras el desayuno, un coche venía a recogerlo. Imaginábamos que iba a inspeccionar los preparativos para la lucha".

Sentado junto a un gran ventanal, en un hotel de Oiso -un delicioso pueblo costero 70 kilómetros al suroeste de Tokio-, este antiguo residente de Iwo To flota en los recuerdos. Al otro lado del cristal hace un día espléndido. El cielo turquesa, el aire limpio. Decenas de niños retozan en las piscinas. Se respira un aire de balneario. Detrás, el mar, y la calma.

Iwo Jima, 20 de febrero de 1945, día siguiente al desembarco estadounidense. "Por todas partes, al amanecer, yacen los muertos, resultado de la mayor de las violencias posibles. En ningún lugar del Pacífico he visto cuerpos tan destrozados. Muchos están seccionados por la mitad. Brazos y piernas, a 15 metros del torso más cercano". Con estas palabras, describió Robert Sherrod, un curtido corresponsal de guerra de la revista Time, lo que vio desde su hoyo en la arena, al llegar la luz tras la primera noche de infierno pasada en Iwo Jima.

Durante las horas previas a la invasión, aviones y navíos habían vomitado miles de toneladas de proyectiles sobre la isla. Pero la estrategia de Kuribayashi de renunciar a una defensa frontal de las playas, y, a cambio, lanzar un ataque masivo desde los búnkeres y las cuevas en las que estaban ocultos sus soldados, una vez que la arena estaba repleta de marines, tuvo un efecto devastador. Fue el prefacio de lo que seguiría durante los 36 días de lucha encarnizada que costó arrancarle el territorio de 20 kilómetros cuadrados. Para ello, fueron necesarios una flota de 800 buques y lanchas de asalto, y el desembarco de 70.000 soldados, de una fuerza total de 100.000.

Los servicios de inteligencia estadounidenses habían vaticinado que Iwo Jima (isla del Azufre), situada 1.200 kilómetros al sur de Tokio, en el archipiélago de las islas Volcanes, caería en cinco días. Pero no contaron con que Kuribayashi había organizado la defensa desde el interior de una extraordinaria red de 26 kilómetros de túneles, y que sus hombres tenían orden de matar a 10 enemigos antes de morir, y de luchar -y así lo harían- hasta el final. El balance de la contienda fue terrible: alrededor de 21.000 muertos del lado japonés, y 6.825 muertos y más de 19.000 heridos del lado norteamericano.

Las playas de arena negra de Iwo Jima quedaron teñidas de rojo y, aún hoy, la isla es una gigantesca tumba. Los restos de 12.000 soldados japoneses siguen bajo su suelo sulfuroso, o en el interior de las cuevas y los túneles, que fueron bombardeados, flameados con lanzallamas o dinamitados por los marines, sepultando vivo al enemigo en muchas ocasiones. Los cadáveres americanos, enterrados inicialmente en fosas comunes, fueron exhumados posteriormente y repatriados. Unos 250 cuerpos nunca fueron encontrados.

La invasión de Iwo Jima había sido calificada de suma importancia por la Junta de Estado Mayor estadounidense. Por un lado, porque el territorio permitía a los japoneses avistar los bombarderos americanos en su ruta desde las islas Marianas hacia Japón y emitir un aviso con dos horas de antelación a su llegada; por otro, porque, gracias a su terreno llano, su captura facilitaría una base para aterrizajes de emergencia para los B-29 que volvían dañados o escasos de combustible de sus misiones sobre las grandes ciudades japonesas.

Para Tokio, se trataba de defender el suelo nacional y retrasar todo lo posible la llegada del enemigo para preparar su defensa. Porque si Iwo caía, caería Japón.

Ésta fue la misión imposible que le fue asignada a Kuribayashi, un hombre culto que conocía el poderío industrial de Estados Unidos, donde había trabajado dos años como viceagregado militar. A pesar de ello, y de que siempre se opuso a la guerra con Washington, asumió la tarea hasta las últimas consecuencias.

Cuando el joven Nishina fue evacuado de Iwo To, como el resto de la población civil, su barco recaló en Chichi Jima, isla 200 kilómetros al norte, que forma parte de las llamadas Bonin, en el archipiélago de Ogasawara. De allí viajó a Tokio y otras ciudades, donde su familia pasaría el resto de la contienda. Japón anunció su rendición el 14 de agosto de 1945, poco después de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Del día que finalizó la guerra, recuerda: "No estaba contento porque Japón había sido derrotado, pero sentí un gran alivio. Por fin había acabado todo".

Estados Unidos ocupó Iwo Jima hasta 1968, cuando fue devuelta a Tokio. Sus antiguos habitantes nunca fueron autorizados a regresar a vivir, y actualmente sólo hay allí una base militar japonesa, con 352 personas. Estados Unidos utiliza su pista, ocasionalmente, para realizar prácticas de aterrizaje nocturno.

Nishina, que tomó el apellido materno para evitar su desaparición, no volvió a pisar la tierra en que nació hasta hace siete años. Luego regresó en 2002 y 2006. "Fui con la asociación de antiguos residentes para buscar restos de los soldados", explica. "La isla había cambiado. Había vegetación y flores que antes no existían. Me dijeron que los estadounidenses habían arrojado semillas desde aviones".

Iwo To, que recuperó oficialmente su antiguo nombre el pasado junio -tanto Jima como To significan isla-, no está abierta a visitas. Tan sólo suele organizarse un viaje en marzo, con ocasión del aniversario del fin de la batalla, en el que participan antiguos soldados y sus familiares, tanto japoneses como norteamericanos, para conmemorar a los fallecidos, y algunas misiones para proseguir la búsqueda de restos.

Las islas Volcanes fueron descubiertas por el español Bernardo de la Torre en 1543. Japón las reclamó formalmente en 1891, cuatro años después de que llegaran los primeros pescadores y mineros japoneses en busca de azufre.

Los antiguos soldados del Imperio del Sol Naciente prefieren el silencio. Quedan muy pocos vivos, y "la mayoría están ingresados en hospitales, por lo que no podrían hablar de la guerra ni de nada", asegura por teléfono Kiyoshi Endo, presidente de la asociación de veteranos de Iwo Jima, que impulsa la recuperación e identificación de los muertos y la devolución de las pertenencias que se llevaron los marines estadounidenses de recuerdo, como cascos, cartas, e incluso cráneos. Endo, de 84 años, que participó en la batalla, se niega a hablar mucho más.

Pero la historia de Iwo Jima late también en Chichi Jima, adonde sólo se puede llegar en barco, ya que carece de aeropuerto. El Ogasawara Maru se aparta suavemente del muelle, y se interna en la bahía de Tokio. A bordo viajan 470 pasajeros, para una capacidad total de 1.043. Navega rumbo al sur. A estribor, desfilan los edificios plateados de la capital. Una gaviota acompaña al buque como si estuviera suspendida del cielo. La mar está rizada.

Al día siguiente, tras 25 horas y media de travesía, el barco llega a Chichi Jima (isla Padre), una sucesión de montañas quebradas y bahías subtropicales donde viven 2.000 personas, gracias al ecoturismo y la pesca. Quienes viajan hasta aquí -tan sólo hay dos barcos a la semana (en 1877 eran tres al año)- llegan para practicar el submarinismo; ver los delfines, ballenas y tortugas que pueblan su mar transparente, o para viajar en el tiempo hasta la II Guerra Mundial, cuando sus estaciones de comunicaciones fueron objetivo de los bombarderos estadounidenses.

Uno de los pilotos encargados de estas misiones fue un joven, entonces de 20 años, llamado George Bush. Su avión fue alcanzado el 2 de septiembre de 1944 por las baterías japonesas durante el ataque a una estación de radio en el monte Asahi. "Tras soltar las bombas, el aparato trazó un arco y se precipitó al mar allí enfrente", explica -asomado a un mirador- Takashi Savory, uno de los habitantes de Chichi que mejor conoce la historia local. Bush saltó en paracaídas y fue recogido en el agua por el submarino USS Finback, pero los otros dos tripulantes del avión murieron.

Takashi Savory, de 49 años, es descendiente de Nathaniel Savory, originario de Massachusetts, quien en 1830 lideró el grupo de una veintena de hombres y mujeres procedentes de Pearl Harbour que pobló por primera vez aquel paraíso para fundar una empresa ballenera. Chichi es la mayor de las islas Bonin, que fueron anexionadas formalmente por Japón en 1876.

George Bush (presidente de Estados Unidos entre 1989 y 1993, y padre del actual mandatario) tuvo suerte aquel día. En otros ataques, los aviadores derribados fueron capturados y ajusticiados. "Mi tío me contó cómo uno fue obligado a cavar su propia tumba y luego fue decapitado", dice Savory. Otros fueron comidos, en parte, en rituales de canibalismo por los que Yoshio Tachibana, el comandante local, fue acusado de crímenes de guerra y colgado en la isla de Guam tras la capitulación de Japón.

En varios lugares de Chichi Jima se yerguen aún las paredes macizas de hormigón armado de refugios y centros de comunicaciones, devorados por la vegetación. También es posible ver los restos del fuselaje de aluminio de un avión; el casco oxidado de un mercante japonés, hundido por un torpedo, en una bahía idílica, y túneles que atraviesan las colinas, con viejos cañones apuntando hacia el mar.

En junio de 2002, Bush regresó al lugar de los hechos, en compañía de James Bradley, autor del libro Banderas de nuestros padres, en el que está basado la película de Eastwood. Y Savory, funcionario del Gobierno de Ogasawara, le condujo en coche por la isla. El ex presidente dio también una vuelta en helicóptero, simulando la ruta de su misión 58 años antes. Previamente, había caminado sobre la arena negra de Iwo To y subido a la cima de Suribachi, el cono volcánico durmiente de 166 metros de altura sobre el que fue plantada la bandera que simbolizó la victoria en la batalla de Iwo Jima.

Pero la enseña no fue levantada al finalizar la lucha el 26 de marzo de 1945, como mucha gente cree, sino el 23 de febrero, al cuarto día del desembarco, tras la toma del promontorio, cuando aún quedaba un mes de combates, durante los cuales murieron tres de los seis soldados que figuran en la imagen. Uno de los tres supervivientes fue John Bradley, padre de James. Además, la foto representa la segunda bandera que fue izada ese día en Suribachi, ya que la primera fue sustituida porque era demasiado pequeña.

¿Seguirá la gente llamando a la isla Iwo Jima tras el cambio de nombre? "Las películas de Clint Eastwood son justas con ambas partes", afirma Kazuo Morishia, de 58 años, alcalde de Ogasawara, de quien depende Iwo To. "Pero los antiguos residentes protestaron porque utilizan el nombre Iwo Jima, y por eso se ha cambiado", explica. Antiguos combatientes como Endo no están de acuerdo con la decisión.

Cuando Kuribayashi aterrizó sobre aquel territorio en medio del Pacífico, en el que la única agua posible era la de la lluvia, sabía dos cosas con total certeza: que la isla acabaría cayendo, y que él y sus hombres morirían en ella. Pero haría pagar al enemigo el precio más alto posible.

"Era la estrategia japonesa, según la cual, pase lo que pase, no puedes abandonar, y tiene que luchar hasta el último hombre", explica John F. Washington, un ex soldado estadounidense, de 59 años, nacido en Chichi Jima, que combatió en la guerra de Vietnam. "El enemigo estaba bajo el suelo, así que la única forma de ganar aquella batalla era desembarcar. El alto mando sabía que iba a costar muchas vidas, pero Estados Unidos necesitaba aquel lugar. El coste fue muy alto. Pero, ¿qué otra cosa se podía hacer?". Algunos militares estadounidenses han puesto en duda, posteriormente, la validez de los argumentos que provocaron la invasión.

El cuerpo de Kuribayashi nunca fue encontrado. Se cree que pudo morir durante una de las cargas finales, para la que se habría quitado los distintivos de su rango, o que se hizo el haraquiri. Tenía 53 años. Aquel descendiente de samuráis, poco hablador, conocía su destino. Y así lo había escrito en una carta a su hijo, Taro: "La vida de tu padre es igual que una vela antes del viento".

 

Fuente: www.elpais.com

 



Violencia extrema en Iwo Jima fue publicada por Kilgore el 31/08/2007 a las 09.42 en Sociedad. Y ha recibido 2 comentarios.

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1 - Oliverio el 31/08/2007

Buena nota.

2 - GuillerMac el 01/09/2007

Como es el hombre,¿no?, escribe cositas tiernas, lacrimosas, que la velita, que la espera, que la angustia, que el dolor, que la esperanza, que la belleza, que la misericordia, que el amor... y mientras tanto planta una mina.

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