Igooh La libertad de expresarte a tu manera
¿Olvidaste tu contraseña?
¿Querés escribir en Igooh?  ¡Registrate Ahora!
X ¿Tu primera vez aquí? Visita el ¡Código de Honor Igooh!
Igooh / Acerca de Igooh

Acerca de Igooh, donde vos hacés la realidad



· Periodismo
ciudadano o participativo

· Sobre el nombre
· A la gente le gusta contar historias
· Mi historia

Igooh es una comunidad online por medio de la cual podés generar, comentar y proponer noticias y temas de actualidad; dar a conocer tus creaciones personales -textos, fotos, audio, música, dibujo, videos-; exponer, debatir y comparar puntos de vista; desarrollar nuevas tendencias e informarte; hacer reír y divertirte; conectarte con grupos o personas con intereses similares y expandir tu sentido de pertenencia con los demás.
Así, Igooh te permite entrar en diálogo abierto con una audiencia local, regional y global, expresarte, compartir pasiones, creencias y estilos de vida, ganar popularidad, adquirir reconocimiento social, y conocer gente que tal vez no hubieras encontrado de otra forma.
Se calcula que, en líneas generales, sólo el 5 por ciento de la población crea; el resto, al mejor estilo Homero Simpson, ve, lee, escucha, consume...
En Igooh te invitamos a que expreses tus sentimientos, pensamientos, opiniones, experiencias; a que dejes de ser un consumidor pasivo de lo que te "venden" los medios y pases a ser el medio mismo.
En Igooh vos hacés las noticias, vos proponés los temas, vos creas la realidad.

Un lugar para que todos participen

El mayor valor de Igooh radica en el poder de la libre expresión y en el acto mismo de compartir, especialmente para aquellas personas que hasta el momento no habían tenido voz en la sociedad por cuestiones educativas, económicas, socio-culturales o impedimentos físicos o emocionales.
Uno de nuestros principales objetivos es que logremos identificarnos por la inclusión, el respeto, la transparencia y la confianza mutua entre los miembros de esta nueva comunidad virtual, y que todo el mundo, sin distinciones de ningún tipo, pueda participar.
En Igooh, puesto que sos vos el que sube el contenido y la información, se te brinda la posibilidad de recrear una realidad generalmente "invisible", que por diversas razones e intereses no suele verse reflejada en los medios masivos de comunicación (diarios, revistas, radio, televisión, páginas online, publicidades, campañas políticas, estudios científicos, etc.).

Categorías Igooh

Igooh ofrece una amplia lista de categorías y servicios interactivos, que permiten conectarte con los demás de una forma rápida, completa y eficaz: noticias, información local, arte, música, cine, letras, viajes, medio ambiente, lifestyle, salud, espiritualidad, religiones comparadas, astrología, ciencia, deportes, ONG´s, redes de ayuda, guías de salida, críticas de espectáculos, juegos, tecnología, política y economía, foros, entretenimiento, grupos, empleos, eventos, clasificados... Y por supuesto humor. De hecho, la palabra "yoga", actualmente tan difundida en Occidente, que en sánscrito significa "unión", es la que le da origen al término "yugo": ese instrumento de madera al cual, formando yunta, se uncen por el cuello las mulas, o por la cabeza o el cuello los bueyes. O también a "joke", que se traduce del inglés como "broma" o "chiste".
¿Y a qué viene esta aclaración? Sólo tiene como fin reforzar y hacer hincapié en la idea de que el humor se nos presenta aquí también como otra herramienta para unirnos o conectarnos, o, si se quiere, para hacer buenas yuntas.

Compromiso Igooh

Somos seres substancialmente sociales y las relaciones humanas continuarán basándose en el contacto cara a cara, en valores y experiencias compartidos, en actos de generosidad y consideración, en la confianza, en el entendimiento y en la empatía.
"Sin embargo, las tecnologías (de Internet y móviles) tienen el potencial para tener un impacto significativo, fundamental en los tipos de relación que mantenemos, en dónde vivimos y trabajamos, en cuándo y cómo somos educados, en cómo nos entretenemos y gastamos nuestro tiempo libre, en nuestra política, y cómo concebimos el tiempo", de acuerdo con un documento para Groove, el software de colaboración creado por el desarrollador de Lotus Ray Ozzie.
Con plena conciencia de la herramienta que tenemos en nuestras manos, encaramos nuestro proyecto Igooh junto a ustedes, asumiendo el desafío con la mayor de las responsabilidades y entusiasmo: somos concientes del potencial humano que late en el corazón de cada individuo y de las múltiples posibilidades que nos ofrece Internet para recrear una sociedad más amigable, equitativa y atenta a las necesidades propias y ajenas.

Periodismo ciudadano o participativo

En Igooh son los usuarios mismos quienes deciden desde cuáles son las noticias más destacadas, y cómo encararlas, hasta qué temáticas o servicios relevantes para ellos conviene desarrollar.
Creemos que las noticias y, por ende, la visión de los acontecimientos que conforman aquello que llamamos "la realidad", deben ser propuestas y generadas por la gente (periodistas ciudadanos) y no por un reducido grupo de personas. No queremos responder al viejo modelo unidireccional en el cual los medios de comunicación publican y el público simplemente consume.
En este aspecto, tampoco existe aquí, por tratarse de Internet, la clásica tiranía del papel que impone una cantidad finita de caracteres y de imágenes, ni tampoco la limitación del tiempo, como ocurre en radio o televisión.
La tecnología sumada a nuestro propósito nos ofrece un sitio donde ahora hay espacio y tiempo para "todo" y para "todos".

Los medios tradicionales

Sería imposible comprender a los medios de prensa fuera de las reglas de juego del mundo actual, sumido en una incultura imposible de superar y que tiende más a la atomización que a la visión holística, integral, del ser humano y la naturaleza. De hecho, no es inusual ver en los diarios y noticiosos a una serie de especialistas dando su opinión ultra especializada sobre tal o cual cuestión. Pero ese tipo de periodismo, fundado en las opiniones de una elite experta, no necesariamente refleja la realidad tal como la vive o la siente la mayoría de la gente. De ese modo, se termina dejando una sensación de desilusión mayúscula en la audiencia. Por otra parte, muchos periodistas corren el riesgo de transformarse (y, de hecho, ocurre), al cabo de un tiempo, en simples expendedores de noticias insulsas, tibias y aburridas, o simplemente frívolas. Por temerosos y conformistas algunos, o por arrogantes y distantes otros. Claro que también existen la combinación de ambas, por un lado, y las excepciones a la regla, por el otro.
Con respecto al escaso componente humano en las historias que suelen contarse en los medios, nos encontramos básicamente con dos categorías: o pertenecen a la de tragedias/violencia, o a la de las celebridades. El deporte merecería un capítulo aparte.
Como fuere, probablemente pocos periodistas sean concientes del importantísimo rol social que juegan, y del lugar privilegiado que ocupan como comunicadores, educadores y factores de posibles cambios positivos en sus comunidades y en el mundo.
Por suerte, ya han comenzado a vislumbrarse transformaciones alentadoras. En Internet, por ejemplo, con el advenimiento y la proliferación de los weblogs y de cada vez más sitios que invitan a la gente a participar en el quehacer de las noticias y cuestiones de interés público.

Periodismo de comunicación horizontal

En Igooh desarrollamos y fomentamos esa nueva forma de periodismo y comunicación de doble vía; en la cual cualquier ciudadano puede participar activamente escribiendo historias, ofreciendo imágenes, proponiendo ideas, compartiendo sueños. Una suerte de gestión editorial ni piramidal ni vertical, sino horizontal y pluralista; de manera tal que sean los usuarios, en su rol de reporteros y editorialistas, quienes retraten la realidad como la perciben, y como la quieran difundir, expresar, comentar, compartir.
En este sentido, se abren nuevos paradigmas en relación a los conceptos clásicos de información y, por ende, de poder (entendiendo por "poder" aquello que "podemos hacer"). La audiencia ahora puede tomar el rol de editorial, emisor de radio y televisión, editor, creador de contenido (escritor, fotógrafo, videógrafo, caricaturista), comentarista, documentador, administrador del conocimiento, periodista...
Todo el mundo, sin distinción de ninguna índole, aceptando y respetando siempre nuestros términos y condiciones, está invitado a formar parte del equipo de ciudadanos periodistas de Igooh.
La libertad de prensa antes estaba garantizada sólo para aquellos que la poseían; ahora, millones la poseen. Por eso te invitamos a que seas vos el hacedor -y no sólo un consumidor más- de noticias, historias y temas de actualidad, y a que participes activamente en la construcción de una comunidad mejor.

Sobre el nombre

El primer nombre de Igooh fue otro: Wangooh. La palabra nos gustó de inmediato: sonaba bien, tenía personalidad y su significado era contundente y acorde con lo que teníamos para nominar.
Wangooh había surgido de un término taoísta, "Wan-wu", que en chino literalmente quiere decir "los diez mil seres o cosas". Dicho de otro modo, "Wan-wu" es una expresión convencional que intenta abarcar la totalidad del universo, donde "diez mil" simplemente denota "lo innumerable" o "el todo". Como las dos "w" nos parecían algo excesivas (ya con una sola era suficiente), especialmente para un portal en español, "Wan-wu" se transformó en "Wangoo", con "g" y doble "o", en lugar del "wu".
Nunca es fácil poner un nombre (especialmente si se ha leído El Golem, de Borges, ese poema que en la primera estrofa postula que si el nombre es arquetipo de la cosa, entonces en las letras de rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo). Y mucho menos en Internet, donde todo, absolutamente todo está registrado. Y, efectivamente, Wangoo también estaba registrado. ¿Y si le ponemos una "h" al final? Y le pusimos una "h" al final (misteriosamente, Wangooh no había sido registrado por nadie hasta el momento).
Entonces registramos ese nombre.
Pero al muy poco tiempo, cuando ya teníamos el logo, los colores y hablábamos del proyecto "Wangooh" con total familiaridad, los asesores legales nos sugirieron que lo cambiáramos por otro.
"Existe un dominio de características similares cuyo nombre suena bastante parecido al de ustedes -nos dijeron-, por lo que les sugerimos que busquen otro ya que hay bastantes posibilidades de que en el futuro les hagan problemas con la marca".
Al principio nos sentimos tentados de correr el riesgo de salir a la cancha con Wangooh. Pero después coincidimos en que no teníamos ninguna necesidad de aventurarnos con una marca que podía caerse cuando ni siquiera había comenzado a tomar vuelo.
Y así fue como tuvimos que volver a pensar en cómo llamarnos. Alguien propuso en cambiar la primera letra de Wangooh. Xangooh, Cangooh, Bangooh... No nos convencía ninguna de las pocas posibilidades. Hasta que apareció, como de la nada, Igooh (se pronuncia igú). Nos gustó, y enseguida lo adoptamos.

El significado de Igooh

¿Qué significa Igooh? Absolutamente nada. Sin embargo, y volviendo a la idea borgiana de El Golem, quisimos encontrarle un significado o, mejor dicho, inventárselo, para que el nombre fuese aquí también arquetipo de la cosa.
Hurgamos en una enciclopedia de filosofía y religiones orientales. Supusimos que un libro con datos preciosos sobre culturas ancestrales como la india y la china era más que tentador. Nos gusta profundizar en nuestras raíces pero también ampliar nuestra visión del mundo.
Intuimos que en esas páginas daríamos con algo interesante. Y así fue. "I", en chino, significa "cambio, transformación" (el I-Ching, de hecho, suele traducirse como El libro del cambio o de las mutaciones); y "gu", en sánscrito, es oscuridad (de ahí "gurú", que es el disipador de la oscuridad; la raíz "gu" quiere decir "oscuridad", y "ru" "aquello que disipa").
En Igooh tenemos, por fonética, el "I" del chino (transformación, cambio) y "gu", del sánscrito (oscuridad). ¿Conclusión?
En la palabra Igooh resumimos la concepción de un nuevo sitio, en el contexto de una sociedad bastante pacata, conservadora y represiva, donde la gente pueda expresarse, alzar su voz, darse a conocer y opinar libremente, es decir, sacar a la luz y compartir sus talentos, debilidades, producciones, descubrimientos, experiencias, conocimientos, ideas, pensamientos, proyectos... todas aquellas cosas que tal vez llevaban años escondidas en los anaqueles más íntimos (formato átomos), o en los files de una computadora vieja (formato bites).
En Igooh, lo oscuro se transforma en su opuesto: al ser publicado, o posteado, y compartido con los demás, finalmente sale a la luz.

A la gente le gusta contar historias

No es cuento. Nos gusta contar y que nos cuenten parábolas, relatos, anécdotas, fábulas, leyendas. Desde siempre.
Las historias son un placer antiguo y universal, tal vez una necesidad profunda, que nos hechizan y encantan, y que venimos reclamando desde la infancia.
Con unas pocas palabras o imágenes nos transportamos hacia otros mundos oníricos donde imaginamos cosas en lugar de padecerlas, donde dominamos el tiempo y el espacio, donde ponemos en movimiento a personajes imposibles, donde poblamos a voluntad otros planetas y donde los ríos remontan su cauce.
El narrador es ante todo alguien que procede del exterior, que congrega en la plaza de un pueblo a aquellos que no saldrán jamás de él, que les hace ver montañas, otras lunas, otros miedos, otros rostros.
"Es el propagador de las metamorfosis", como expresa el prolífico cineasta, guionista y escritor francés Jean-Claude Carrière, que tiene en su haber una docena de obras de teatro, guiones para más de cincuenta películas (La insoportable levedad del ser, El tambor de hojalata) y también varios libros, todos ellos traducidos a decenas de idiomas (Le Mahabharata, La Force du Bouddhisme, Conversations sur l´invisible).
"Mediante el érase una vez, -observa Carrière-, la posibilidad de trascender el mundo se introduce en la infancia de cada individuo, y acaso también en la de los pueblos, a menudo hasta el punto de hundir una raíz tan profunda que mantendremos nuestras invenciones humanas a lo largo de toda nuestra vida como una realidad incuestionable. Tras la admiración y la entrega, la historia que nos han contado es la base misma de nuestras creencias".

* * *
Ahora, ¿cuál es la ambición del narrador, si es que acaso tiene alguna? Tal vez sea la misma que la de un artesano, un campesino o un panadero: simplemente ser necesario. Como conjetura Carrière, ser útil.
Servirle al otro. Porque las historias nos ayudan a descubrir cualidades de nuestro propio espíritu que de otro modo serían más difíciles de percibir. Claro que existen varias categorías de historias, en el sentido de que según como hayan sido concebidas o contadas ejercen y aspiran a una enseñanza en distintos planos. Como fuere, la belleza de una historia generalmente procede de la oscuridad, ya que no se puede establecer con exactitud quién la vivió o quién la inventó.
¿Quién escribió, por mencionar algunos de los textos más traducidos y comentados de la historia, la Biblia, el Tao Te Ching o los Upanishads? Los grandes autores o son anónimos o van camino de serlo. Visto desde otro ángulo, los grandes autores se hacen verdaderamente grandes cuando su obra se vuelve anónima. Como la gota de mar que se hace inmensa sólo cuando se sabe océano.
Genios como Borges, por ejemplo, acaso no hayan hecho más que repetir viejas historias y reciclarlas, con la vara de un talento, una erudición y una perseverancia impares, en exquisitas joyas literarias. "Cuando no copio a los demás me copio a mí mismo", ironizaba el mismísimo autor de El Aleph, a quien también le gustaba inferir que en un día de un sólo hombre se encierra la historia de toda la humanidad.
Es que venimos desde muy lejos... En palabras de Carrière: "Del mismo modo en que se observa en astrofísica una luz fósil, que centellea a nuestro alrededor desde el comienzo de los tiempos, podemos escuchar, si abrimos bien nuestros oídos, murmullos anteriores a la historia".
El "Había una vez..." evoca el pasado; pero da idea, también, de que eso que ha pasado sigue siendo. Así, los personajes quedan cristalizados; nadie envejece, nada fluye, nada cambia. Al igual que en el cine o en las fotografías: colores, formas y rostros perduran inalterables.
Paul Cézanne advertía: "Si quieres ver algo tienes que apurarte, las cosas están desapareciendo".
El pincel, la cámara, la pluma, el teclado y por qué no, Internet, son herramientas del hombre, todas ellas, en pugna contra la fugacidad.

* * *
Scherazade -la más ilustre representante de "contadores"- permanece con vida gracias a sus conocimientos, elocuencia y creatividad. Si el rey despierta, ella muere.
En "Las mil y una noches", el rey Shahrayar impone, al enterarse del engaño de su esposa, un régimen de terror y venganza, casándose cada día con una virgen que era asesinada al amanecer por su visir.
Scherazade, una joven que había leído crónicas y leyendas de pueblos pasados y remotos, ruega a su padre que la entregue al monarca: "Si no me mata -le promete- seré la causa del rescate de las hijas de los musulmanes". El padre acepta y Scherazade se casa.
Los primeros rayos anuncian el final de la noche de bodas y sorprenden al rey fascinado y sumido en uno de los relatos de la princesa. Absorto con la historia, y como no podía perderse el desenlace, el rey pospone la ejecución de su flamante esposa.
Schehezade, incansable, continúa alimentando la ávida curiosidad de su marido noche tras noche, con historias interminables que daban origen a otras, y estas a otras, y así indefinidamente.
Un día, el rey decidió levantar la condena, y en adelante vivieron felices para siempre.

* * *
Una vez le preguntaron al eminente neurólogo estadounidense Oliver Sacks cómo definiría a una persona normal. Sacks, luego de detenerse a reflexionar unos instantes, contestó: "Una persona normal es aquella que puede contar su propia historia: sabe de dónde viene (tiene un origen, un pasado, una memoria ordenada), sabe dónde está (su identidad), y cree saber adónde va (tiene proyectos y la muerte física al final); es decir, está situado en el curso de un relato, es en sí mismo una historia, y puede contarse".
Un antiguo poeta sufí preguntó retóricamente: "La noche ha terminado, y mi historia no está terminada. ¿Qué culpa tiene la noche?". Absolutamente ninguna.
Cuento entonces mi historia -en construcción, sólo Dios sabe hasta cuando-, la primera que publicamos en Igooh como una invitación abierta a que todos cuenten otras y, si quieren, también la propia.
Como aquel narrador que congregaba gentes en la plaza del pueblo y les hacía ver montañas, otras lunas, otros miedos, otros rostros, otras noches, otros soles, otros mundos. O como la princesa Scherazade, que se termina salvando del régimen de terror y venganza impuesto por el rey gracias a su poder expresivo y a sus fascinantes relatos.

Mi historia

Me llamo Ignacio Manuel Escribano (fotos) y nací en Pergamino, provincia de Buenos Aires, el 10 de marzo de 1969. Y si bien me crié en la Capital Federal, en el centro, al mirar hacia atrás recuerdo ahora tantos días y tantas noches en mi ciudad natal, especialmente durante la infancia y adolescencia, momentos que indudablemente han dejado una huella bien marcada en mi forma de ser, de sentir y de pensar, y hasta en mi forma de hablar.
Mi debilidad por la música folklórica de nuestro país y mi necesidad imperiosa de estar en contacto con la naturaleza seguramente sean un legado de aquellas fértiles llanuras pergamineses. Debo confesar que me siento orgulloso por haber nacido en los mismos pagos que Atahualpa Yupanqui, de quien ya de chico entonaba alguna de sus milongas y zambas.
A los diez años comencé a estudiar guitarra y a desarrollar una especie de compañerismo vital con el canto, ese compañero de horas lerdas que por suerte no me abandonaría jamás. De hecho, en los momentos más duros y sombríos, que los he tenido, la guitarra, el canto, cantar, era todo lo que me quedaba entre los últimos vestigios de esperaza. Como una única luz en medio de un corredor negro de penas.
Sin embargo, postergué la dedicación a la música de manera más entusiasta, metódica y profunda para mucho más adelante, hasta que ya con unos veintitantos años a cuestas, de a poco, fui retomando las clases de música, canto y guitarra y mi actividad de guitarrero y cantor. Para ser franco, siempre me sentí más provinciano que porteño; aunque, por suerte, estos últimos años de mi vida lentamente me fui haciendo más amigo de la ciudad del tango.
De todas formas, y paradójicamente, mi lugar en Buenos Aires es un bolichito que queda en el corazón del barrio chino, en la calle Arribeños, que lleva por nombre "Ta Cha Lo", que se traduce: "Todos Contentos". De ahí soy habitué desde hace tiempo. Ironías de la vida, tal vez, pero la verdad es que a mí me gusta el aire de allí. Y la comida, claro.

* * *
Volviendo a Pergamino, contaba que de allá proviene mi familia materna, en quienes todavía corre una dosis de sangre tana para nada desdeñable. Es tan numerosa, que de tanto en tanto todavía me desayuno con que con tal o cual persona somos parientes.
Un tal Vittorio Modesto Viglierchio, mi bisabuelo, oriundo de la región del Piamonte, fue quien desembarcó en el país y partió a instalarse a aquellas tierras situadas bien al norte de la provincia de Buenos Aires.
Mi familia paterna, en cambio, no podría ser más española.
Unos años atrás, de paso por España, misteriosamente pude encontrar, en medio de una nevada antológica, a los dos pueblitos perdidos en la montaña, cuna de mis antepasados: La Huerce y Valverde de los arroyos, en la Provincia de Guadalajara. Me causó gracia, y se me antojó que se trataba casi de una burla al forastero recién llegado, un cartelito oxidado, tal vez el único del poblado, que me topé al llegar a las deshabitadas callecitas de la Huerce. "Club Social" rezaba el letrero incrustado contra la piedra de una de las contadas casas de aquel poblado de 30 habitantes.

* * *
No puedo dejar de mencionar, como parte de mi breve pero hasta aquí creo que intensa biografía, los inolvidables viajes por la Argentina.
Recorrí infinidad de lugares, pero, muy especialmente, la Patagonia. Con la plata que hubiera a disposición y como fuese. En grupo, o solo con mi alma. A dedo, en colectivo, en auto, en camioneta, en tren, en avión, en bicicleta... Le debo tanto al país, a sus paisajes, a su gente... Y, si me detengo particularmente en el Sur, a su silencio. Allí, a orillas del lago Huechulaufquen, con el volcán Lanín y sus nieves eternas de testigos, volví a vivenciar, por primera vez en muchos años, "ese algo más" que siempre había querido reencontrar y que de algún modo me había sido arrancado de cuajo, entre otras cosas, con las tenazas de la culpa y el miedo empuñadas con vehemencia por la enseñanza católica. Y sí, en esta vida, yo también tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela. Pero quien busca encuentra. Y hasta a veces encontramos sin buscar. Como sea, así fue cómo en la inmensidad del Sur pude volver a sentir a la divinidad: a contemplarla, a escucharla sin oírla, a mirarla sin verla y a comprender que Dios habita en el corazón de todos los seres.
Todavía recuerdo muy bien aquel momento casi místico, de comunión con esa totalidad de la cual fuimos algún día arrancados, y hacia donde tanto añoramos regresar. Era un día de sol, sin viento, el lago azul estaba planchado, y yo tenía dieciocho años. En aquel preciso instante tomé conciencia de qué era lo que buscaba cada verano, al terminar las clases, en mis viajes "casi con lo puesto" a la Patagonia. Y luego otra vez, más intensamente tal vez, al llegar a la cumbre de una montaña en Bahía Lapataia.
Años más tarde, en Cambridge, Inglaterra, escribí un poema, "Amowia", inspirado en las enseñanzas de Buda y en la profunda devoción religiosa de un amigo ghanés; pero estoy seguro de que nunca podría haber volcado esas palabras sin haber tenido previamente una experiencia tan intensa como la aquel día al pie del Lanín, o como las que tuve después en la quebrada de Humahuaca y en Bahía Lapataia.

* * *
A los 24 años me gradué de médico en la Universidad de Buenos Aires.
Fue un 3 de diciembre de 1993: recuerdo la fecha perfectamente porque coincidió con el día del médico y del cumpleaños de mi viejo. Dos semanas después de haberme recibido, mientras mis ex compañeros de la facultad y del Hospital Pirovano, donde había cursado mis prácticas médicas, preparaban en la penumbra sus exámenes para entrar en alguna residencia, yo empacaba mis pocas pertenencias y partía con destino a Boston, sin saber si volvería a vivir en la Argentina. Al final, los inolvidables días por el país del norte se estiraron un año y medio hasta que decidí regresar para ejercer mi profesión de médico y, de algún modo, reencontrarme con mi propia biografía. Algo, dentro de mí, decía que ese viaje a Boston había sido una huída, un escape. Cuando tomé conciencia de que aquella voz estaba bastante en lo cierto, y cuando cobré fuerza y coraje, pegué la vuelta para enfrentarme con mis fantasmas y antiguos miedos. No fue nada fácil confieso, pero ahora doy fe de que valió la pena.
Recuerdo todavía la vista que tenía desde el departamentito que alquilaba en Boston, en pleno North End, más conocido como el barrio italiano. Y hasta todavía tengo grabada en mis retinas, seguramente por la tinta escrita en los sobres de las cartas que llegaban por correo, la dirección exacta del lugar: 1 North Square Ap. #3.
Por uno de los tantos ventanales de aquel departamento me pasaba horas viendo nevar. Una noche, como de la nada, me sorprendí cantando "La arribeña", una zamba de Atahualpa Yupanqui que jamás había tocado en mi vida, y que grabé años más tarde en mi primer disco, "Por el sendero". Esa noche la canté como si fuese mía.



No eran tiempos de e-mails ni Internet. Y entre una carta y otra podía transcurrir tranquilamente un mes. Uno se sentaba a escribir con más empeño que ahora. Con Ubaldo, un viejo amigo uruguayo, nos carteábamos con muchísima frecuencia. Eso sí, había una condición implícita en aquel diálogo epistolar: contásemos lo que contásemos tenía que estar escrito exclusivamente en versos. Cómo olvidarme de aquellos diálogos a la distancia, si había días que se me pasaban volando entreverado entre cuartetas y estrofas. Hasta todavía me acuerdo del comienzo de una de ellas. Decía así: "En un día solitario/como tantos en la vida/los poemas del charrúa/me enllenaron de alegría". No tienen nada del otro mundo esos versos, pero sí, están repletos de cariño.
¿Qué hice en Boston? Absolutamente de todo, entre otras cosas, trabajar como médico voluntario en el Brigham and Women´s Hospital. De todas formas creo que ese capítulo merecería ser contado en otro contexto y por separado.
Lo cierto es que ya por aquel entonces sentía que la medicina no me entusiasmaba demasiado y, además, me sentía completamente ajeno a las reglas de juego del sistema de salud, imposibles de concebir y comprender fuera del consumismo y la deshumanización del mundo actual.
En las postrimerías del siglo XX todavía seguíamos comportándonos como primates en varias ciencias, incluso en aquellas supuestamente humanistas. Creo que en este siglo van a producirse grandes cambios positivos para la humanidad y, de hecho, lentamente ya han comenzado. Es curioso, pero más de una vez, cuando me preguntan de qué trabajo y yo cuento que soy médico de profesión pero que ahora me dedico al periodismo, a escribir y a la música, me devuelven observaciones de la siguiente calaña: "¡Ah!, te volcaste al humanismo". Obviamente, guardo silencio. ¡Como si la medicina tratara con animales! Y aunque se encargara del estudio de las más temibles de las bestias perfectamente podría seguir siendo una disciplina humanista.
Respecto de la gente que le gusta opinar, hace unos años compusimos un tema junto a un amigo con quien tocaba en la misma banda. Se la hicimos en homenaje al baterista de aquella formación, que no paraba de opinar sobre todo y sobre todos. Y como era un fanático del candombe, a la letra se le puso música con aires de candombe. Así nació "El candombe del opinador", que es una sarta de delirios, dictámenes y explicaciones que decía el "homenajeado" batero, recogidos casi literalmente durante unos meses en una libretita alcahuetona.



Cuando volví a Buenos Aires, en 1995, hice un año de residencia en clínica médica en el Hospital Italiano. Al año siguiente me pensaba dedicar a la psiquiatría. Pero ese poco tiempo me bastó para darme cuenta de que yo no tenía nada que hacer en un hospital. Y que con la psiquiatría -herramienta que una vez había creído imprescindible para el conocimiento del alma humana, las causas de su sufrimiento y su eventual cura o alivio-, no haría más que quedar atado a enrosques intelectuales o simples juegos de mente. Ya llevaba muchos años de psicoanálisis y la verdad es que por esa vía no había llegado demasiado lejos. Eso sí, tenía plena conciencia de que aún no había encontrado un método efectivo o un maestro que me enseñara a comprender la naturaleza de mi mente y mis emociones, y a ahondar más profundamente en mi propio ser. Algo que anhelaba intensamente y que de ningún modo había encontrado ni por medio de la religión ni del psicoanálisis. Años más tarde, ese maestro finalmente llegaría.

* * *
Mi último día como médico fue un 31 de enero. Ese mes había dormido casi la mitad de las noches, por causa de las más de 13 guardias que me tocaron hacer en el hospital. Estaba agotado. El primero de febrero partí a Junín de los Andes a reencontrarme con el Lanín, su silencio y sus respuestas. Pasé un mes en total, entre Junín y San Martín de los Andes. Volví renovado. Con la cabeza despejada y el corazón contento.
A principios de marzo de 1996 retomé mi trabajo en el Hospital Italiano. Esa semana me tocó atender en la guardia. Era un día de un calor insoportable. Jueves. Un residente de tercer año se me acercó para darme una orden de muy mala manera. No le contesté una palabra y, sin emitir siquiera un balbuceo, me limité a mirarlo fijamente a los ojos por unos pocos segundos. Ahí comprendí que tenía que dejar la medicina. Alguien me diría después en un viaje a la India que cada vez que uno elige, elige entre mal o peor. De lo contrario, no tiene necesidad de elegir. Un concepto bien taoísta. Cuando las cosas están bien alineadas o encaminadas fluyen espontáneamente. Eso fue lo que me pasó en aquel instante: no tuve necesidad de tomar ninguna decisión. Salí corriendo a buscar a mi jefe de residentes, de quien mantengo unos muy buenos recuerdos, y sin rodeos le dije que a partir de ese momento dejaba la profesión de médico. Busqué mis pertenencias que guardaba en un armario deprimente, y me fui como si nada con la alegría de un niño y la sensación de libertad que puede transmitir un cóndor planeando por los Andes.

* * *
Y así fue como, sin tener idea de qué forma seguiría el cauce de mi vida, de a poco comencé a dedicarme a la escritura y al periodismo. Desde entonces he publicando ya no sé cuántos artículos de opinión, crónicas de viajes, ensayos y entrevistas, en diversos diarios y revistas del país y el exterior. Tal vez la entrevista sea el género que más me gusta y del cual más haya aprendido. También trabajé bastante tiempo en radio y televisión, y conocí qué pasa en aquellos mundos del otro lado del mostrador. ¿La verdad? De todo. Pero, a fin de cuentas, nada que valga demasiado la pena. La radio sí, tiene una magia sumamente especial. Y, si se genera una buena sintonía con los oyentes, la experiencia puede ser apasionante.
A mi oficio de periodista le debo, entre otras cosas, haber viajado por bastantes rincones del mundo y conocido a gente sobresaliente a la que no hubiera tenido acceso de otro modo. Quisiera mencionar al padre Carlos Vallés S. J., a quien entrevisté para un programa de televisión, puesto que él fue tal vez la primera persona en quien pude reconocer una elevación espiritual fuera de lo común. Su rostro, cuando lo vi, me recordó de inmediato al semblante de mi abuela materna: puro sosiego y bondad. Podría mencionar muchísima gente que por algún que otro motivo me cautivó hondamente. La velocidad mental de Carlos Monsiváis, la dureza de Ted Turner, la buena onda de Ivan Lins, la elocuencia de Mario Vargas Llosa... Pero, de todos ellos, hubo una persona en particular que gravitó en mi ser con tal magnitud que, desde aquel encuentro, mi vida cambiaría radicalmente para siempre. Seré breve. En 37 años de existencia, no he conocido otro ser de la talla de Sri Sri Ravi Shankar.

* * *
Eran principios del año 2001, y yo llevaba varios meses sumido en un mar de confusiones, estaba triste y me sentía absolutamente solo; y si bien había conseguido un buen puñado del elenco fundamental que supuestamente hay que acumular para ser feliz, la verdad es que me sentía el ser más desdichado del planeta.
En esa época trabajaba como free lance para varios medios. Recuerdo que me llamaban proponiéndome escribir sobre tal o cual tema, incluso viajar a lugares espectaculares, como cronista. Pero no tenía ni fuerzas ni ganas de hacerlo. Nada me motivaba. "Estoy triste, no puedo escribir", les confesaba a los editores que me llamaban. No podía producir nada. Mis ahorros se hacían todavía más pequeños de lo que eran. Hasta que un día de abril sonó el teléfono; del otro lado, una querida editora del diario La Nación me proponía entrevistar a un líder espiritual y humanitario que venía desde la India. "Sí, yo lo entrevisto", le respondí sin titubear.
Conocer a Sri Sri Ravi Shankar fue uno de los regalos más preciosos que recibí jamás. Desde entonces, seguí de cerca su incansable tarea en pos de la paz mundial, la erradicación del estrés en la sociedad y el respeto por los valores humanos, y confieso que no encuentro palabras para describir su misión, su obra, sus enseñanzas y su compromiso con la vida misma. He tomado varios de los cursos que enseña a través de la fundación El Arte de Vivir. Hoy, el yoga, las técnicas de respiración y la meditación son una parte tan cotidiana de mi vida como comer, caminar o lavarme los dientes.
Jamás en la vida pensé que iba a terminar siguiendo a un maestro espiritual. Vine a este mundo sin instrucciones, bastante desorientado, y la guía espiritual de mi gurú me ha salvado, en más de una ocasión, de caerme en los desfiladeros del camino.
No cabe en este espacio la gratitud que siento por haberlo encontrado. Y no puedo decir menos que me siento verdaderamente bendecido por el hecho de que esto me haya ocurrido.
A principios de este año, invitado generosamente por el gobierno indio a través de su embajada en la Argentina, viajé a Bangalore, en el sur de la India, para participar en la Celebración Mundial por la Paz que organizó El Arte de Vivir. Fue una vivencia única, irrepetible y maravillosa. El mundo, hecho uno, festejó y celebró la vida durante tres días inolvidables, sin distinciones de sexo, credo, religión o nacionalidad.

This album is powered by BubbleShare - Add to my blog

En 2003, gané una beca (Press Fellowship) que otorga el Wolfson College de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, que permite especializarse y profundizar libremente en el tema que los becados deseen. Yo elegí Budismo e Hinduismo.
Por aquel entonces en el país ya se había instalado la inseguridad, la desconfianza y la violencia. Y como no me causaba ninguna gracia volver después de que finalizara la beca, aproveché el viaje a Inglaterra para dejar la Argentina una vez más. Estuve, en total, otro año y medio fuera del país. Pasé gran parte de mi tiempo en Alemania, principalmente en Leipzig y Berlin, y después en Estocolmo y Västerås, en Suecia.
Una tarde de otoño, mientras reparaba una escalera de madera en la casa típicamente nórdica en que vivía, sentí unas intensas ganas de volver a mi tierra. Me acuerdo que había puesto un disco de Mercedes Sosa que me conmovió especialmente por un chamamé de Linares Cardoso: "Peoncito de estancia". Todavía tengo bien presente cada detalle de aquel lugar mágico, y del frondoso bosque por donde me gustaba perderme en caminatas pensativas.

* * *
A principios de 2004, después de unos breves meses de paso por Nueva York, estaba otra vez de vuelta en la Argentina, tomando clases de canto y guitarra, y dedicándome full time a la música.
La imagen de la escalera de madera que arreglaba frente al bosque se me vino a la mente durante un recital en el Auditorio del Centro Armenio, en mayo de 2004, mientras cantaba justamente aquel chamamé que me había acompañado y emocionado tanto, y pensé en las vueltas de la vida. O mejor dicho, en las vueltas que damos nosotros alrededor de ella.



De a poco comencé a cantar en vivo con más frecuencia, acompañado por músicos de primer nivel que jamás pensé que tendría a mi lado en un escenario. Y, casi sin proponérmelo, terminé grabando un disco.

Desde entonces vivo en Buenos Aires donde ejerzo mi oficio de periodista y dedico a la música también una buena parte de mi tiempo y energía.
Unos meses atrás, empecé a rumiar la posibilidad de desarrollar un portal de Internet donde la gente pudiera expresarse abiertamente y donde hubiese lugar para la libre expresión. Sentía que la gente tenía mucho para decir y para hacer por el bien común, e Internet se presentaba como una herramienta ideal para concretar aquella idea.
Con el proyecto bajo el brazo me puse en contacto con un importante grupo editorial del país. Lo evaluaron, les gustó, se entusiasmaron y me dieron su apoyo. Y así fue como nació Igooh.

Ignacio Escribano
Ignacio Escribano
Editor de Igooh.com
21 de septiembre de 2006
Igooh

Contactate
Términos y condiciones | Anunciar en Igooh

Acerca de Igooh

Periodismo ciudadano o participativo | Sobre el nombre
A la gente le gusta contar historias | Mi historia

Copyright 2006-2010 Igooh | Todos los derechos reservados